PASCUAL GARCÍA

Llamo último verano a aquel ya remoto de 1986, cuando vine de Madrid en mitad de julio, concretamente el último día de las Fiestas de la Vaca, con las oposiciones aprobadas, y lo llamo último, porque fue el término de un estado de cosas, de una cierta provisionalidad, de una etapa de carencias y precariedades económicas que se resolvieron para bien en aquellas fechas. En primer lugar, ya no impartí clases particulares durante el verano, como lo había hecho los cinco anteriores, porque no me parecía ético y porque con sinceridad  me encontraba cansado y con ganas de no hacer nada por una vez en la vida. No tenía ni un duro (entonces eran duros lo que no se tenía) pero en Navidad a más tardar llegaría la recompensa de una nómina segura y mensual y todo cambiaría.

Fue un verano extraño, de despedidas y de celebraciones; invité a mis amigos, paseé mi alegría por el pueblo, me pilló la célebre crecida de La Puerta en la misma Puerta, alimenté algún idilio secreto y me fui haciendo a la idea poco a poco de que estaba llegando a un lugar insólito, pero no por ello menos deseado, al espacio de una aula que yo debería gobernar para la educación y el conocimiento de mis alumnos, pero también me ilusionaba todo lo que esto traía consigo, una vida futura posible con la persona que había elegido para compartirla, tiempo para escribir de una forma  seria y constante, porque nada ni nadie me lo iba a entorpecer ya,  y un montón de proyectos que se arracimaban en mi cabeza y que me fueron llenando aquel verano fausto y remoto de esperanzas sin número.

Han pasado más de treinta años   desde entonces y no he olvidado nunca la sensación fabulosa de esa nueva libertad que me traía mi primer y definitivo gran trabajo. Todo lo que tengo se lo debo a él, no solo en lo material, las casas, los coches, las vacaciones y los viajes, sino también en lo humano, pues nada de lo que soy tendría sentido  sin aquella pequeña hazaña   después de un año inaudito, en el que leí mucho, eché mucho de menos a la muchacha que entonces quería, jugué al subastado cada noche, no estudié ni un solo día las omnipresentes oposiciones, me enrolé en la lucha contra la Otan y acabé en Izquierda Unida, conocí a personas extraordinarias como Eduardo, profesor de Literatura y mi tutor de prácticas en el instituto, a la sazón, y Enrique, médico  y amigo al que no veo desde entonces.

Fue un verano inolvidable, porque por vez primera me sentí liberado, absuelto de todas mis culpas, de mis deberes, de mis obligaciones y de mis problemas. Era como si de repente pudiera limpiarlo todo de incertidumbres e inseguridades, empezar de nuevo pero sin prisas y sin agobios, inaugurar una existencia nueva que me conduciría a un futuro soñado, mientras se aproximaba septiembre y me iba haciendo a la idea de que ya era un profesor de verdad, aunque tenía la sensación de que lo había sido siempre de alguna manera; lo había sido mientras estudiaba con mis amigos y mis amigas y les explicaba algunos extremos de los apuntes; lo fui cada verano de cada curso durante mi carrera, porque impartí latín y otras asignaturas para ganarme unas perras y lo sería otra vez al término de aquel curso que todavía no había empezado cuando me reclutaran para el servicio militar y desempeñara la función de coordinador general de educación de la Base militar de Bétera, en Valencia, donde realicé uno de los trabajos más satisfactorios en el ámbito personal: ayudar a algunos soldados a aprobar el Título de Certificado y el de Graduado escolar, que eran básicos para enfrentarse a la vida civil.

Pero aquel último verano al que me vengo refiriendo en este artículo no podré olvidarlo nunca, y ya sé que me repito, porque a partir de ese momento todo sería diferente, fácil y halagüeño, intenso y satisfactorio, prometedor y sólido.