Ya en la calle el nº 1039

El Padre Fermín: una larga vida de meditación y lírica

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

ANTONIO FERNÁNDEZ

La calle en Bullas dedicada al Padre FermínMuchos escritores han dicho, menos en las entrevistas y más en sus libros, que la infancia es el paraíso noble y virginal de la literatura donde se va descubriendo el mundo. Donde, en palabras del sociólogo Weber, el mundo aún está encantado. El Padre Fermín, que ha sido considerado por la crítica literaria uno de los grandes poetas místicos del siglo XX, tuvo también esa infancia noble de jugar con sus amigos y una cometa en el parque del Pino de la Multa, escena a la que luego le dedicaría uno de sus entrañables poemas: Gracias, birlocha de papel y caña, / juguete de aquel niño, enteco, / porque me vaciaste de mí mismo / y me desenganchaste de otros sueños…

Pero está también en la infancia el perseguir los sueños de la manera más radical que existe: que es huyendo de casa. El Padre Fermín, allá por el año 1921, cuando era un niño de nueve años y aún se llamaba Francisco García, se escapó de su casa y anduvo una larga caminata, junto a un amigo suyo, don Nicolás Moya, futuro sacerdote de Bullas, hasta llegar al convento de Cehegín. El niño, que luego sería poeta místico, iba descubriendo el mundo, maravillándose y adentrándose en la Creación como un Adán desnudo y muy cerca de su Dios, al que amó siempre. Quería ser fraile. Soñaba con vestir un hábito y cantar música gregoriana. Al niño Francisco lo llamaban “El cantor de Bullas” porque se distinguió de los demás monaguillos por su “preciosa voz de tiple”.

Pero el fraile que recibió a los dos muchachos en la puerta del Convento de Cehegín los despachó pronto. Les dio un trozo de pan y una jícara de chocolate a cada uno y les dijo que volvieran a casa, que aún eran demasiado pequeños para ser frailes. La familia de Francisco García estaba alarmada, sus padres pensaban que el niño se había perdido o que se lo habían llevado, pero enseguida llegó. El Padre Fermín recordó siempre con cariño aquel bofetón que le soltó su padre. Fue el primero y el último.

El mismo franciscano que los despachó del Convento de Cehegín volvió dos años después, cuando Francisco García Sánchez contaba once años y aún conservaba el deseo de ser fraile. Al fin había llegado el día de cumplir el sueño. Esta vez, fuera ya de toda clandestinidad, marchó a Cehegín para estudiar Humanidades. Pronto sería fraile para dedicar toda una vida a Dios, a los demás y a cultivar la poesía. Los frailes y las monjas, en ese deseo que ya predicaba en sus versos Fray Luis de León: Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido, acogen un nombre nuevo para apartarse de cualquier cosa que los siga atando al mundo. Francisco Sánchez García ya era el Padre Fermín María.

Pero poco después estalló la Guerra Civil. Y con ella, el parón, el desconcierto, el existencialismo del que pronto hablaría Sartre. El absurdo. El Padre Fermín tuvo que regresar a Bullas y se trajo un compañero suyo, que era de Zamora, porque pensaba que en el pueblo iban a estar más seguros. España vivía momentos de posicionamientos radicales y las habladurías de que había dos frailes escondidos en una casa del pueblo no gustó a los oficiales republicanos, que fueron en busca donde de los frailes. Ambos huyeron. El Padre Fermín, que se conocía muy bien el pueblo, callejeó, se metió por los bancales y no lo cogieron. Pero su compañero, al intentar escabullirse por un lugar que desconocía, lo cogieron preso y lo fusilaron. El Padre Fermín corría peligro en Bullas. Unos primos suyos, republicanos, lo arrestaron y se lo llevaron a Murcia, le hicieron su juicio, cuya sentencia fue la de: condenado a un año de prisión y un día por “parásito social”, y así fue cómo pudo librarse de la muerte en tiempos de la guerra.

Los mejores años que pasó el Padre Fermín fueron en el mar, sobre el barco insignia “Almirante Cervera”, ejerciendo de capellán de la marina. Después de tanta muerte en una guerra, el mar es la única escapada para volver a sentir la libertad y la inspiración. Al Padre Fermín le vino la inspiración cuando estaba diciendo misa en la proa del barco. Alzaba la hostia y al dejarla, ya consagrada, sobre la patena, un brío de viento arrastró la forma hasta caer al mar. La primera comunión del mar, una de sus obras más bellas, tuvo su origen en esta escena.

También una posguerra es una desesperación. Y Padre Fermín, que vivió en la España de la posguerra, se marchó, no huyendo de una España pobre, sino ahondando aún más en la pobreza. Se marchó de misiones a Sudamérica. Juan Sánchez Pérez, Cronista Oficial de Bullas y La Copa, que ha estado muy unido al Padre Fermín desde su juventud, expresa que el autor de Llanto general por Guatemala fue un excelente misionero y un hombre enamorado de Dios. «No llegó a recibir el título de doctor en Sagrada Teología porque no leyó su tesis, aunque ya la tuviera escrita y algunos profesores, leída. Se entregó a los demás en las misiones antes que a los méritos».

Cuando llegó a Sudamérica no decayó su ímpetu e ilusión por ayudar a los demás, pero fue muy duro entre tanta calamidad. Contaba con mucho dolor el Padre Fermín que una vez, yendo por la calle, resbaló con una corteza de plátano y cayó al suelo. La gente pasaba y nadie se acercó a ayudarle. «El Padre Fermín vio en ese momento cómo se iba deshumanizando el hombre», cuenta el cronista.

Pero allí escribió y leyó mucho, predicó y ayudó a la gente. Una vez, en Argentina, el Padre Fermín acudió a un teatro y una actriz declamó con gran poderío unos versos de La Primera Comunión del mar. El franciscano se levantó de súbito y aplaudió enfervorecido. Pero enseguida volvió en sí al darse cuenta de que eran sus versos los que había escuchado. Se sentó rápidamente y dejó de aplaudir.Los actores y el público le pidieron que subiera al escenario, pero él, en su butaca, en su silencio y recogimiento de fraile, no quiso decir ningunas palabras y prefirió dejar en el ambiente la belleza lírica que todos acababan de escuchar.

Era un místico. Aunque él no lo reconociera como tal. Juan Sánchez insistía en que el Padre Fermín le diese una respuesta de valoración sobre todo lo que los críticos decían de él, que sus poesías eran tan elevadas y espirituales como las de Santa Teresa, San Juan de la Cruz y Fray Luis de León. Pero el Padre Fermín definía al místico como aquel humano que tenía una relación constante con Dios. Y decía: «Todos somos místicos». El periodista y poeta José Mª Pemán, íntimo del Padre Fermín, escribió que la obra Momentos era «uno de los libros más bellos, de mejor andadura clásica, poética y doctrina de la literatura ascética contemporánea».

Viajó por todo el mundo. Estuvo en Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Alemania, Austria… En su celda de 20 metros cuadrados oraba, leía, descansaba; luego cogía la pluma y lentamente iba decorando la hoja, llenándola de lírica. Pero por algún motivo el Padre Fermín, aquel que en los años sesenta predicaba que a la muerte hay que darle buen paso y no temerla, fue entrando en edad y le decía a su sobrino Ramón García: «Tengo miedo a la muerte». En 1951 el Padre Fermín escribía en su libro Corazones y Rosas: ¡Hermano, cuando me entierres, / ata un ruiseñor al hierro / de la Cruz de mi sepulcro… / por si acaso me despierto!… / Porque es tanto lo que ansío, / escucharlo en Silencio / universal, no turbado / ni por mi pulso ni aliento, / que si tan sólo en la tumba / podré saciar este anhelo, / quisiera estar allí vivo / por oírlo…y verme muerto. Ese anhelo de verse muerto, de escuchar el silencio universal sin turbaciones quizá seducía menos al Padre Fermín cuando la muerte le acechaba. Murió en paz, el 5 de noviembre de 2011, con 99 años, percatándose quizá de que él era ese ruiseñor atado al hierro de la cruz y no el muerto del sepulcro.

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