Jesús López García

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El «Álamo» está en el campo de San Juan, en una estribación de la poderosa serranía de Villafuerte, en la ladera del cerro de Perona, camino de Gibarroya y de la casa de los Frailes.

Es uno de tantos parajes repetidos en nuestras sierras. Una expresión amable de sus vertientes escarpadas y de dura climatología, consistente en un pequeño manantial y un sorprendente árbol de gran porte dependiente de aguas subálveas. En este caso es un paraje mínimo, que aprovecha una pequeña ruptura de la pendiente de la arriscada ladera del cerro de Perona. Es además peculiar porque en torno suyo no se desarrolló una pequeña huerta o un cortijo, como es común en estas tierras. Está sólo, despreciando a lo que le rodea, presumiendo de su color diferente, de su porte provocador.
Además de sus valores naturales, el Álamo, como otros lugares similares, es un trozo del alma de los que tenemos algo que ver con estas tierras. Allí íbamos de merienda, a pasar un día, una tarde o, simplemente, a beber un trago de agua fresca al pasar por ahí cerca. Entre el recuerdo y el olvido conservo imágenes de mi infancia, correteando por la ladera, junto a mis padres, mis hermanos, mis primas. Mi padre echando una manta a la sombra generosa del Álamo, para dormir la siesta, si el día elegido no era demasiado frío, que muchas veces lo era en esos domingos de Pascua del mes de Abril.
El Álamo es un jirón de un tiempo desaparecido, en el que disfrutar no dependía de los objetos, de los viajes, de los espacios sofisticados o de los espectáculos diseñados al afecto, sino de la voluntad de las personas y de las pocas veces que la naturaleza se mostraba generosa. Recuerdo más cosas, pero pasado el tiempo aludo a mi padre porque era un hombre de acción en aquellos tiempos y más bien alejado de su origen rural, al que sin embargo los actos sencillos lo seguían vinculando. Cosas simples, como una partida de truque, una siesta debajo de un árbol, un trago de agua fresca, un conejo frito con tomate, un vaso de vino con melocotón o una expresión vieja, como llamarle zape al gato. Sentado en una silla, con la camisa remangada, el cielo azul limpio y a veces con nubes algodonosas y pequeñas punzadas de viento frío. Mi madre navegando con nosotros o hablando con mis primas. A mi madre le gustaba mucho hablar con mis primas.

II
Seguramente mis imágenes de los recuerdos no serán ajustadas a lo que realmente sucedía y estarán alteradas por los hálitos de melancolía con que adornamos los recuerdos. Así que es probable que esa idea del «Álamo», como regalo de la naturaleza en aquellos tiempos en que la naturaleza era el enemigo, sea una ficción de mi imaginario, como una ficción fuesen los momentos felices de tantas personas que lo disfrutaron. El caso es que estos tiempos crueles han derrotado también a la memoria, a nuestra capacidad para transmitir a las generaciones lo que las generaciones construyeron.
Y es que, como tantas otras cosas, el Álamo ya no existe, ni tampoco existe el pequeño manantial, ni el tornajo, ni se puede meter el melón en el agua fresca porque no fluye agua por la ladera, ni por el arroyo. Tampoco existen las meriendas familiares en el monte. Ni existe nada de aquello. En su lugar hay una goma negra del tamaño de la muñeca. Algunos brotes de álamo junto al brutal tronco muerto del viejo, un sauce y algunos endrinos, expresan un desgarrador testimonio que el destino nos muestra a los pocos que tenemos una parte de nuestra memoria atrapada en estos campos y montes.