PASCUAL GARCÍA

Aquellos días de lluvia en Moratalla eran días de fiesta y de algazara, como si el ser humano, todos nosotros recibiéramos la noticia del agua como se recibe un mensaje de un amor lejano que, sin embargo, no hemos olvidado, y no solo porque éramos hombres de campo y la lluvia constituía la mayor riqueza, sino también porque nuestro ánimo se esponjaba y gozábamos con un placer animal del ruido manso o estridente de las canaleras que regaban las calles hasta convertirlas en pequeños riachuelos y arrastraban la hojarasca, los escombros y la tierra del Cerro hasta cegar en ocasiones el Goterón, porque todo en Moratalla iba hacia abajo o hacia arriba, estaba en pendiente como en proceso de llegar a alguna parte, un pueblo en marcha nacido en la Edad Media que en realidad no había avanzado demasiado, aunque sus calles iban atestadas de coches, motocarros y pequeñas camionetas para el trasporte y no quedaba demasiado sitio para los peatones.

Recuerdo que mi abuelo o mi padre se asomaban a la ventana de la cocina y miraban el cielo con la actitud serie de sabios meteorólogos que conocían a la perfección los signos del cielo. El tiempo está entrado en aguas, decían, me animaban para que siguiera durmiendo porque era domingo o sábado y hacía frío, regresaban a la chimenea y encendían sendos cigarros de picadura, porque no se podía hacer otra cosa, decían en voz alta, salvo tener paciencia y aguardar a que escampara, aunque yo desde mi cama me regocijaba con ese constante golpeteo de la lluvia y con el descubrimiento repentino  de que no tenía que ir a la escuela, era invierno, hacía frío y mi madre me prepararía la leche con galletas para el desayuno.

Durante todo el día se respiraba el aire de una jornada de asueto y aprovechaban la ocasión para rememorar viejas historias que el fuego traía a la memoria de los mayores de la casa. Mi abuelo seguía fumando, atizaba la lumbre, se congratulaba por la leche que había cortado en el monte, acarreado en la burra hasta la vasa y almacenado en la leñera. Yo lo veía feliz como un hombre del campo, porque mi abuela se había provisto de comida y porque el fuego no faltaría, ni el tabaco. Eran días de placeres sencillos pero intensos, días de recogimiento en los que yo notaba la familia protegiendo a sus vástagos y disfrutando de la compañía; a veces llegaba mi tío Jesús y se incorporaba a la escena entrañable de la cocina y el fuego, contaba algún chascarrillo, me pellizcaba la mejilla y probaba siempre la comida que había sobre la mesa, un rollo de anís, una patata asada, un vaso de vino, la primera cucharada de unas migas que casi estaban hechas, porque mi padre no perdía ocasión cada vez que el cielo amenazaba lluvia o simplemente estaba gris el día, para hacer él mismo las migas con las que comería toda la familia porque la tradición dictaba que las migas las hacían los hombres. Mi madre, por su parte cocinaba un caldo con pimentón, ajos, pimientos y aceite que tanto nos gustaba, y mi abuelo golpeaba una cebolla, traía unos ajos tiernos y los arrimaba a las ascuas con una pericia campesina de hombre hecho a todo.

La pitanza se servía sobre un cernacho para no manchar el suelo y toda la familia se sentaba alrededor  e iba comiendo mientras se hablaba de todo un poco. Mi padre hacía las migas muy buenas, suaves, blandas y cremosas y las acompañaba muy bien aquel caldo refrito de mi madre, la cebolla y los ajos dulces de mi abuelo y la charla animada de todos.

Aquellos días de lluvia y de invierno no volverán nunca, pero mi memoria los guarda como una reliquia del pasado.