ANTONIO F. JIMÉNEZ

En el Bazar del Tebeo de Murcia pregunté por Onetti y en la web no aparecía nada, pero luego de inspeccionar las estanterías me topé con tres títulos del escritor uruguayo. Iba en busca de El pozo y otros relatos, que no encontré. Entonces me desvanecí un poco porque eché el viaje a Murcia exclusivamente por ese libro. Venían dos amigos conmigo, que nunca habían estado en el Bazar del Tebeo, y se nos hizo de noche en la librería. Un poco mareados después de unas horas forzando la vista para leer las letras de los lomos, subiendo y bajando la mirada, acuclillándose, levantándose de golpe, cada uno llegó finalmente al mostrador con un pilar de libros viejos sobre las palmas de sus manos. Al salir, dijeron de quedarnos a cenar por el centro porque el gasto en literatura no había sido en absoluto desmesurado. Me gustó verles felices, caminando por el Jardín de Floridablanca, deteniendo sus pasos para sacar de nuevo todo lo que se habían recién mercado, diciendo cuántas ganas tenían de comprarse esa obra, o de leer a ese autor. En mi bolsa, menos pesada, estaba Sefarad de Muñoz Molina, y El Horla y otros cuentos fantásticos de Maupassant. Del primero me sedujeron muchísimo las primeras palabras: Nos hemos hecho la vida lejos de nuestra pequeña ciudad, pero no nos acostumbramos a estar ausentes de ella […], que recité de inmediato a mis dos amigos, porque desde hace unos años ellos están haciéndose sus vidas lejos de nuestro pequeño pueblo. De Maupassant había oído hablar bastante en los últimos meses y pensé que ya había llegado la hora de leerle. Los libros nos acompañaron a La Levantina. La camarera nos trajo los tercios tímidamente. Entonces recordé sonriente las palabras de un crítico: «A un libro, como cuando miramos a una mujer, le concedemos todo nuestro silencio».