Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

No puedo explicar por qué me gustaron tanto siempre los materiales pesados como los metales, qué fascinación entrañaban las herramientas, las tuberías de plomo, los viejos mecheros o los pedazos de hierro o acero para aquel niño, que apenas tenía juguetes o libertad suficiente para echarse a la calle en los inviernos inmisericordes de su infancia. Yo mismo me construía algunas piezas estrambóticas con tuercas y tornillos o armas con desechos de derribo o de restos de bicicletas abandonadas en aquel inmenso vertedero de Las Torres. Llevaba en mi cartera de párvulos siempre un huevo de madera maciza que utilizaba mi abuela para zurcir calcetines y que yo hurté para mi propio disfrute, porque era compacto y pesado; recuerdo que mi vecino me hizo de pequeño un regalo inesperado y feliz, una tuerca   y un tornillo que a mí me parecieron el colmo de la ingeniería y con los que concebí todo tipo de armas, herramientas o artilugios de una modernidad prevista ya por aquel entonces. Con aquel artefacto, original y único, jugué buena parte de mis primeros años, pero también me hice de espadas, puñales y armas varias con los despojos metálicos que iba encontrándome de vez en cuando.

De aquella pasión por la materia pesada y fría recuerdo en especial el descubrimiento mágico del imán, como años más tarde leería en una de mis novelas predilectas, Cien años de soledad, que tendría Aureliano Buendía cuando llega a Macondo Melquiades con su sorprendente ingenio de gitano errático y aventurero. Para un crío como yo, que podía pasarse los días enteros absorto en el fenómeno extraordinario de la luz del sol entrando por la ventana de la cocina y destapando un universo de partículas en movimiento, el descubrimiento del imán fue portentoso. Con aquel pedacito de magia metálica, misterioso y casi sobrenatural, que atraía y se quedaba pegado en cualquier superficie ferruginosa parecía investirme yo de un poder fabuloso que excitaba mi imaginación, ya suficientemente alterada entonces, y me empujaba a vivir experiencias imaginarias y fantásticas como si de un dios con poderes sobrenaturales se tratara.

No necesito añadir que por aquellos días mi deseo laboral más acendrado era el de mecánico, porque ingeniero era una palabra que yo no alcanzaba a entender del todo, pero aquellos hombres que usaban llaves, abrían los motores de los coches y de las motos, extraían las piezas averiadas con cuidado, las sustituían por recambios nuevos y volvían a colocarlas en su sitio, me parecían seres escogidos, diestros y dotados de una ciencia única, magos del metal a los que yo deseaba parecerme con fruición. Así transcurrió mi primera etapa, con el deseo unos días de ser alguna vez un buen mecánico, y otros, un heroico y abnegado conductor de camiones.

Con mis alumnos bromeo acerca de estas ilusiones infantiles y siempre les digo que no pude llegar más que a ser un humilde catedrático de literatura. Algunos, los más avispados, sonríen y celebran la ironía, pero en el fondo de mi alma yo continúo con aquellos afanes artesanos, más propios de un muchacho del barrio del Castillo, donde casi nadie leía, mientras que empuñar un martillo, manejar unas tenazas, maniobrar con un destornillador o una llave inglesa y hacerlo con la maestría de un auténtico menestral tenía bastante más sentido en el futuro de aquel muchacho perspicaz de fogosa imaginación que vivía en el número 8 de la calle Castellar.

Reconozco que nunca he sido una persona en especial habilidosa con las manos y que las faenas domésticas a las que no he tenido más remedio que enfrentarme las he llevado a cabo con un alto sentido de la responsabilidad y del sacrificio personal pero con una torpeza indudable. Nunca he renunciado, sin embargo, a ese extraño fetichismo táctil de un encendedor, un bolígrafo o un móvil con peso.

Quién sabe si en un futuro, y a pesar de mis años, el destino me estará reservando un taller o una fragua. ¡Cosas más raras se han visto!