Francisco Fernández García

(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

La navidad se ha festejado de diferentes formas a lo largo del tiempo. Establecida oficialmente por la iglesia cristiana en el siglo IV de nuestra era no suponía, sin embargo, novedad alguna ya que la costumbre de realizar fiestas en esta época del calendario natural era anterior, teniendo su origen en la celebración del solsticio de invierno. Cuando se quiso señalar la fecha precisa del nacimiento de Cristo se recurrió al 25 de diciembre por influencia de otros cultos anteriores y también porque este solsticio marcaba el principio de la actividad regeneradora de la naturaleza.

Aunque no contamos con testimonios directos acerca de su desarrollo y contenidos durante la edad media en nuestra población, existe un documento que nos permite conocer parcialmente algunos de los juegos y diversiones con las que los caravaqueños de entonces tenían costumbre de realizar en estas fechas. Se trata de una carta conservada en el Archivo Histórico Nacional fechada el 28 de noviembre de 1480 otorgada por los visitadores de la Orden de Santiago Fernando de Pineda y Juan Martínez a petición del concejo de Cehegín, confirmando ciertos privilegios y mercedes y rectificando algunos agravios que soportaban sus vecinos. Aunque el documento está concedido a la villa de Cehegín parte de su contenido, incluyendo el tema que hoy nos ocupa, afecta al total de la encomienda de Caravaca y por tanto a todas las villas y lugares que la componían.

Antes de entrar en detalles acerca del contenido del documento, hemos de considerar la existencia de celebraciones propiamente religiosas para solemnizar el nacimiento de Cristo, cuyos actos primordiales serían las ceremonias litúrgicas para conmemorar el nacimiento de Cristo y que en Caravaca tendrían lugar en la antigua parroquial del Salvador, situada intramuros de la villa en el lugar donde actualmente se halla la de Nuestra Señora de la Soledad, cuya descripción más antigua, realizada dos décadas más tarde a al episodio que hoy se relata, puntualiza que estaba “vien fecha e reparada” y que era “de dos naves y esta sobre arcos de cal y canto e cubierta de madera de pyno”.

Junto a estas solemnidades existían otras de carácter más popular y festivo cuyo contenido no podemos precisar ya que los primeros testimonios al respecto datan de algunos siglos más tarde, posiblemente las rondas y los villancicos populares formarían parte de ellos así como alguna que otra comilona por aquellos cuya economía podía permitírselo. Pero no son estas amables y tranquilas celebraciones las que nos refiere el documento sino otras mucho más problemáticas cuyos repetidos conflictos y complicaciones determinó la prohibición de las mismas.

Corría el año de 1480 cuando, como ya se ha dicho, la Orden de Santiago a través de sus visitadores Fernando de Pineda y Juan Martínez decidió solventar algunos problemas originados en la encomienda caravaqueña remitiendo a la villa de Cehegín (no sabemos si sucedió lo mismo con Caravaca) una carta con las ordenes y disposiciones necesarias para ello y así, entre otros asuntos, refieren que “Visytando las villas de la encomienda de Caravaca avemos hallado que a cavsa de las alegrias e solenidad que se suele hazer en la fiesta de la Natividad de nuestro redentor e salvador Ihesuchristo en el rey paxaro e conde e correr de pendones”. El desarrollo de estos juegos era tan apasionado y la rivalidad entre los participantes y espectadores tan manifiesta que solían producirse diversos altercados y enfrentamientos violentos hasta el punto que en más de una ocasión llegaron a producirse “muertes de ombres e discordias grandes de que Dios nuestro señor es deseruido e el diablo nuestro adversario se sirue” por lo que los referidos visitadores prohibieron su realización, especialmente el correr de pendones, bajo pena de diez mil maravedís a quienes incumplieran dicho mandamiento: “nos por evitar los tales escandalos e discordias de lo qual el maestre nuestro señor ansymismo es deseruido estrechamente defendemos e mandamos al conçejo, alcaldes e regidores que agora son e seran de aqui adelante en la dicha villa que non consientan de aqui adelante con el rey paxaro que se faga conde nin menos por ninguna manera consyentan se corran pendones porque de alli se cavsen las discordias”.

De estos juegos el más curioso es el de Rey Pájaro, que consistía en la formación de cuadrillas de individuos pertenecientes a las clases sociales más inferiores que disfrazados y profiriendo gritos se dedicaban a recorrer las calles de la villa gastando bromas y burlas a cuantos se encontraban en su camino, a quienes también exigían una especie de aguinaldo o contribución, bien en dinero o en especie, que destinaban a la compra de la comida y sobre todo de la bebida que consumían en esos días. Al frente de la cuadrilla se situaba un jefe que recibía el apelativo de rey pájaro y que generalmente se disfrazaba de tal. Este tipo de juego fue muy popular en todo el sur de Europa ya que por algunos días se podía subvertir el orden social establecido, de manera que los más humildes podían tratar como inferiores a los que durante el resto del año ocupaban un lugar social más elevado. Algunos señalan un origen pagano a las mismas, compartiendo idénticas características a otras más conocidas como “la fiesta de los locos” o el carnaval.

Por su parte, el correr de pendones era una competición en la que se valoraba la fuerza y destreza de los participantes para hacerse con el mayor número de una especie de pequeños estandartes o banderolas arrebatándoselos a los contrarios. Era un juego de a pie como indica el término “correr”.

Junto a estos actos existió durante la época bajomedieval la costumbre de realizar el primer día del año un alarde en el cual todos los caballeros tenían que presentarse con sus caballos y armas para ser revistados y manifestar estar “prestos e aparejados para quando por sus altezas sean mandados llamar” o la propia orden de Santiago. Se realizaban dos al año: “el dia de año nuevo y el otro en el dia de san Juan de junio” siendo las armas exigidas a cada caballero las “coraças e capaçete e babera e falda e gozetes, lança y espada y adarga”. Testimonio de uno de estos alardes lo encontramos en la Visita realizada a la encomienda de Caravaca por la Orden de Santiago en 1480, en la que se reseña el alarde celebrado el 24 de junio de ese año en la villa de Caravaca “por mandado de los honrrados Alfonso de Robres e Pero Ferrandez Butya, alcaldes hordinarios en la dicha villa” en el que se presentaron 53 caballeros.