Pedro Antonio Martínez Robles

Había en mi casa un reloj de péndulo y pared que debió comprar mi abuelo Rufino a principios de los años 30, en la inauguración del Hotel España, y que colocó en la campana de la chimenea de piedra artificial que ocupaba la pared del fondo de lo que entonces era el salón de huéspedes. Con el tiempo, la casa dejó de cumplir las funciones para las que había sido concebida, pero conservó su estructura original y el reloj permaneció durante muchos años sobre la ménsula de la chimenea. Aquel reloj desgranaba unas campanadas hondas, profundas, casi tenebrosas, a las que nosotros, sin embargo, estábamos absolutamente habituados, pero que producían en algunas personas una sensación casi pavorosa. Eso lo supe años más tarde, cuando una amiga mía me confesó que en una ocasión salió de mi casa sobrecogida, casi espantada, al escuchar en un atardecer de invierno sus campanadas, nada más entrar en la solitaria penumbra del salón.

Con las campanadas de aquel reloj que durante tantos años nos acompañó, con sus cuartos, sus medias y sus horas que ya casi no oíamos, nos tomábamos las uvas la noche del 31 de diciembre de cada año, cuando todavía no había televisión en mi casa y, prácticamente, en ninguna casa del pueblo y el tiempo transcurría más despacio, mucho más despacio y mucho más compartido, y tampoco se había establecido todavía la costumbre de tomarse las uvas al pie de la torre del reloj de la villa. Yo era entonces un crío y recuerdo aquellos años envueltos en esa pátina ambarina que mi memoria se empeña en ponerle, pero cuyas imágenes permanecen en mí con absoluta nitidez.

Pero aquel reloj de péndulo y pared y campanadas profundas que durante tanto tiempo desgranó el sonido de sus horas en mi casa, en 1970 dejó de sonar en el salón y por expreso deseo de mi abuela, fallecida unos años antes, viajó a Aranjuez, a la casa de mi tía Esperanza. A esa mudez repentina de campanadas horarias en el salón también nos habituamos pronto, pero aquella Nochevieja en que mirábamos por primera vez la sombra de la ausencia del reloj sobre la chimenea, sentimos más que nunca el peso de su silencio, y a medida que se aproximaban las 12 de la noche una triste desazón nos fue invadiendo, hasta que mi padre tuvo la ocurrencia, ya muy cercana la hora, de tomar de la cocina una sartén y un viejo cucharón de alpaca, y con el brazo en alto, mirando el segundero de su reloj de pulsera, dio sobre el culo de aquella sartén los doce golpes con que entramos en el Año Nuevo y en la nueva década. Lo que no recuerdo es cómo pudo tomarse las uvas con las dos manos ocupadas.

 

 

 

Calasparra, 13 de diciembre de 2019