MANUELA SEVILLA
Calasparra tuvo y tiene saleros, que hoy en día no están en explotación. Ha sido el pueblo con más salinas de interior de la Región de Murcia, una fuente de riqueza durante los siglos XVI al XVIII, cuando se consideraba a las salinas el principal motor económDon José Sola Muñoz, el último salineroico de la villa, incluso por encima de la seda y el arroz. Añadir que su producción siempre fue la más elevada de toda la comarca del Noroeste.
La sal ha sido un elemento de importancia vital a lo largo de la Historia. Es el condimento más antiguo usado por el ser humano, ha servido como elemento de trueque o intercambio y como unidad monetaria. De su nombre deriva la palabra «salario»: el pago por el trabajo muchas veces se efectuaba con sal, dada la importancia que tenía en la conservación de alimentos. Ya los musulmanes explotaron minas de sal blanca en la Península y, aunque se carece de datos, es de suponer que durante la denominación del Al-Ándalus se abastecieron igualmente de las salinas del noroeste murciano como las del Zacatín (Moratalla), Periago (Caravaca)… y un poco más allá las Salinas de la Rosa (Jumilla).
Se diferencia entre salinas costeras, por ejemplo, en San Pedro del Pinatar, donde la sal es extraída del agua del mar, y las de interior, en las que se utilizan manantiales de agua salada debido a que atraviesan depósitos de sal subterráneos, que permiten crear la salmuera. Ambas salinas utilizan el mismo proceso para la obtención de sal: la evaporación.
Calasparra, como camino de la Mesta, cerca pasa la Cañada Real Manchega, acogía el ganado trashumante que se dirigía en verano hacia las sierras, buscando los pastos, y en invierno a la huerta murciana, desarrolló un considerable número de explotaciones salineras para dar sal a los ganaderos que la utilizaban en la alimentación de la cabaña, de ahí la importancia de estas explotaciones.
Las primeras referencias sobre las salinas de Calasparra se remontan al año 1412, cuando la Orden de San Juan de Jerusalén concede carta de población a los habitantes de la villa. En 1564 pasan a la corona por un Real Decreto todas las salinas excepto las andaluzas, siendo tasadas e indemnizados sus legítimos propietarios. En octubre de 1564, el juez visitador y administrador de las Salinas del Reino de Murcia, Antonio de Torres, toma posesión de todas las Salinas del Noroeste, entre ellas las de Calasparra, en cuyo acto realiza una descripción aproximada de El salero del Quípar, Salinas del Pino de la Asomada y Salinas del Vado de Mula, y además procede al nombramiento de los oficiales de estas salinas. Propiedad que se mantiene hasta finales del s. XIX que pasan a manos privadas. En el término municipal de Calasparra han existido cuatro saleros:
SALINAS DE LA RAMONA
Las Salinas del Río Quípar, llamadas al principio de la Encomienda y en los últimos tiempos de «La Ramona» (coge el nombre del Caserío de La Ramona, hoy en día inundado por el Pantano del Quípar), se encuentran en el paraje de la Fuente del Llano, seco y desolado, salpicado de cárcavas y areniscas. Se trata de un manantial de agua salada situado en el inicio de la rambla del Barranco del Salero, en la que se han construido estanques de evaporación y cristalización. Cuando las salinas se encontraban en funcionamiento el agua se captaba a través de varias minas que la conducían por conductos subterráneos, en una galería de más de un kilómetro de longitud, hasta una pequeña acequia. El agua de las balsas pasaba a las eras o tablados, donde se evapora más fácilmente. El enlucido de las balsas está realizado con un material local denominado «espejuelo», extraído en las inmediaciones, que es una mezcla de arcilla y yeso. Se aplicaba esparciéndolo y machacándolo con una herramienta de mano denominada «pisón», que era un rulete de madera con el que se daban golpes para compactar y adquirir dureza, y de allí se recogía la sal, que tardaba 21 días en ser producida, distribuidos estos en tres tandas de riego de 10 cm de altura. Esto sólo ocurría si la temperatura era propicia, entre 35 – 40°C (a los 36º cuaja la sal), por eso solo se trabajaba en verano y solo por las mañanas, ya que a partir del mediodía era imposible estar cerca de la sal. La sal se recogía con rastros de madera o hierro y se cargaba en sacos, primero se llevaban al almacén en unas vagonetas sobre unas vías de hierro y posteriormente en burras con sus serones cargados de sal. Después se llevaba al alfolí (almacén de una sola planta, cubierta de cañizo y rollizos sustentada por tres grandes arcos adosados en las paredes). Hoy en día se encuentra en estado ruinoso pudiéndose ver las marcas a lápiz que hacían los salineros e incluso restos de sal entre sus colañas. El alfolí estaba situado junto a la vivienda principal del salinero, en una zona alta. Por la importancia de la casa se podría deducir que sirvió como posible guarnición militar al igual que ocurrió en otros saleros. A principios de 1900 vivía en esta casa el «tío Hermenegildo» de la familia de «Los Gildos». La sal de Calasparra se vendía a las fábricas que elaboran piensos para los cerdos y a explotaciones pecuarias. También se destinaban pequeñas cantidades para alimentación humana, para lo cual se molía la sal previamente y se vendía en una casa de la calle Lavador, antaño todas las casas poseían el cajón de salar los jamones que se situaba en las «falsas» para su secado.
Presenta seis grupos: Salero de las Cuadras, El Bancal, La Estaca, El Puente, El Aljibe y la Rambla. La producción no sobrepasaba los 100.000 kg.
SALINAS DEL PINO DE LA ASOMADA
Situadas cerca del Acueducto de La Rambla, en la visita de Antonio de Torres las describe así: las salinas constaban de un grupo de tres cocederos y treinta y dos eras, y algo más abajo existía otro cocedero con un conjunto de diez eras.
El estado de conservación es desigual, pues se abandonaron hace varias décadas. El elemento mejor conservado son los recocederos o balsas almacenadoras. Se pueden apreciar la distribución y disposición de las eras. El elemento peor conservado es el pozo de captación y el canal de distribución a balsas y charcas. En el año 2007 el Club de Alpinismo propuso una serie de actividades de recuperación del paisaje de estas salinas.
SALAICO DEL «SANGRES» O DEL VADO DE MULA
Antiguamente estas Salinas eran conocidas como las Salinas del Vado o Paso de Mula cuando pertenecían a la Encomienda y al Concejo. También son conocidas en Calasparra como «Salero Viejo» y, posteriormente cuando pasaron a manos privadas, con el apodo de la familia que las tuvo «El Sangres», Fernando García padre y José García hijo, apodo calasparreño de la familia. Estas salinas se abandonaron en los años 40. La tipología, materiales y manejo eran muy similares al resto de las salinas de Calasparra. Se encuentran a la entrada de Calasparra desde la carretera de Mula, poco antes de cruzar el cauce del río Argos, en el paraje del Cabezo Blanco. Aunque su estado es ruinoso aún se aprecian los restos de una balsa y unas ocho eras y almacén. La Fuente que proporcionaba el agua salobre se llama del Llano de las Oraciones según nos ha informado su antiguo propietario Pedro «Periquín».
POZO DE GILICO
Se trataba de un pozo de donde se sacaba el agua y se procedía a su evaporación mediante el calentamiento acelerado con fuego para evaporarla más rápidamente.
No conocemos con precisión la ubicación de los pozos de Gilico. Según D. José Sola, salinero de la Ramona, están en la Rambla de los Postes, afluente del Río Quípar. Existen referencias antiguas que señalan que esta salmuera era calentada en pequeñas calderas para obtener sal, sin embargo se señala que la producción obtenida no revestía importancia. En mi opinión estas salinas podrían situarse en los Baños de San José, y utilizarse este mismo manantial de agua fría y salobre, donde también habrían unas calderas para calentar el agua.
Éste es el relato de un oficio que se perderá en Calasparra en la figura de D. José Sola Muñoz, al que agradecemos la información ofrecida, quien lo heredó de su abuelo Francisco Muñoz Piñero. Será el último salinero de un pueblo que aparte de su fama por su coto arrocero también la tuvo por su coto salinero antes, creando un buen hacer entre sus habitantes como lo demuestra que, a lo largo de la historia, los salineros calasparreños se desplazaran poe todas las salinas de la región como trabajadores cualificados.