Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Cae el verano sobre los atardeceres más cortos y más bellos de unos días de tráfago y vuelta a la realidad, en unas semanas llegarán los contratos para la vendimia en Francia y tendremos que dejárnoslo todo para marcharnos muy lejos, el primer día de clase, tan bullanguero y tan prometedor y a esa chica con la que nos hemos estado viendo cada domingo durante todo el verano, y a los amigos que no van a la vendimia y que no volveremos a ver hasta principios de  noviembre, por los Santos, cuando notemos las primeras mordeduras del invierno, tampoco este curso estaremos el primer día en el aula, ni presenciaremos  el creciente bullicio parvulario en la  entrada y en  la salida de las clases, mientras los ancianos prosiguen con su costumbre inalterable de tomar el sol a última hora de la tarde y de meterse en casa cuando comienzan a notar el leve escozor  del otoño en sus articulaciones desgastadas por la vida y por los muchos trabajos.

Se nos echa encima septiembre, su aroma de fruta y de ramas quemadas, su congoja de tarde cercana y sin luz, su fragancia reconfortante pese a todo, porque hace semanas que estamos sintiendo la nostalgia del frío y del invierno, no en vano somos de Moratalla y nos encontramos a nosotros mismos en el lánguido tañido ya  de las campanas, en el olor dulce de las almendras que ya hemos recogido, hemos pelado y hemos envasado en los sacos de mi padre, de manera que un día de estos vendrá     un motocarro o un camión pequeño, pesaremos todos los sacos y los cargaremos, después de haber acordado un precio que siempre será una cantidad insuficiente  e injusta, una cantidad que no alcanza para los gastos del año, para los jornales y los cuidados que han sido necesarios hasta recolectar con mucho esfuerzo  unos centenares de kilos que siempre se pagan por debajo de su verdadero valor.

Nos enredamos en el último libro del verano y nos damos de plazo para leerlo hasta el día en que nos marchemos; a veces pergeñamos unas líneas que pretenden ser un boceto de relato, de poema sin música o de diario melancólico, porque los días pasan al ritmo de una música barroca, de unos paisajes bañados por la luz caravaggiana y dulce de ese presagio de otoño que nos aproxima sin tocarlo a San Miguel, pues para esas fechas ya estaremos en el otro mundo, pasando penalidades, con el molesto sol francés o los temporales intempestivos de lluvias y de vientos, agotados por las horas en la viña y las camas precarias,  nos acordaremos, rendidos por la miel espesa y dulce de la añoranza, de los olores francos de nuestro pueblo, de las anécdotas en la recogida de los guísanos, del sol de los domingos y el fresco de las primeras horas de la noche, de la cerveza que nos bebíamos en la Plaza de la Iglesia mientras departíamos sobre todo, pero principalmente sobre mujeres, sobre las mujeres de Moratalla, a las que tanto echamos de menos.

Saldríamos todas las tardes si nos hubiéramos quedado, iríamos a la Glorieta y nos sentaríamos en los poyos para matar el tiempo, para compartir nuestras soledades diferentes, pero estamos a centenares de kilómetros y notamos un hueco perceptible en el corazón, la cerveza es cara y mala, el tabaco, caro y peor, y todo ello acrecienta nuestro deseo de volver, de que pasen los días y llegue esa última jornada casi festiva de la vuelta a casa.

Rara vez nos hemos sentido tan felices como en esa  hora en la que tomamos un tren o un autobús de la ciudad francesa más cercana en dirección al pueblo, cargados con la delicada mercancía del dinero que hemos conseguido con todo nuestro esfuerzo.

El aroma de septiembre ha de guiarnos hasta Moratalla de nuevo.