José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la región de Murcia, de Caravaca y de la Vera Cruz.
En el número 34 de la C. Mayor y ensanche de la misma que los PP. de la Compañía de Jesús propiciaron, adquiriendo unas casas allí situadas para crear un espacio a manera de plaza frente a su antigua iglesia, aún sigue abriendo sus puertas un emblemático comercio de alimentación con el nombre de Casa Alonso, regentado por la tercera generación de la misma familia durante casi ochenta años.


En los años veinte del pasado siglo, Alonso Rodríguez López, natural de Moratalla donde era dueño de una bodega y una almazara, se desplazaba periódicamente a Caravaca a suministrar vino y aceite a granel a las casas adineradas de la ciudad, con posibilidades de almacenaje de ambos elementos. Aquel primer Alonso casó con Dolores Sánchez López y, entre ambos, trajeron al mundo a Alonso Rodríguez Sánchez el 29 de noviembre de 1925 quien, de niño acompañaba a su padre en el menester mencionado.
La familia acabó viniéndose a Caravaca en 1930, estableciendo el domicilio familiar en la C. Iglesias y alquilando a D. Pedro Hervás el bajo de su casa para abrir negocio de ultramarinos y coloniales. El bajo es el mismo en que hoy se encuentra Casa Alonso, por el que comenzó pagando 25 pts. mensuales.
abuelo Alonso invirtió el dinero ahorrado en comprar el lugar conocido como El Rincón de Guitarra, en la huerta, a cuyo cultivo se dedicó en adelante, dejando en manos de su hijo la tienda de comestibles pues el muchacho ya apuntaba cualidades a pesar de su poca formación intelectual ya que sólo había asistido a clase en una escuela que por entonces había en la plaza de la Iglesia de Moratalla.
Alonso Rodríguez Sánchez nació predestinado para el trabajo desde su más tierna infancia. Entró a trabajar, muy joven, como aprendiz de mecánico en el Garaje Reinón, donde coincidió con Los Bolillas, el Maestro Andréu y el padre de Los Legones, pero su delicada salud visual le impidió seguir en el camino de la mecánica en el que se movía muy bien. En aquel tiempo de su vida compatibilizaba el trabajo con el aprendizaje nocturno en el aula particular de un maestro local, y bien pronto sustituyó a su padre al frente del negocio de plátanos y ultramarinos de la C. Mayor.
Se libró de la mili por sus problemas visuales y, en 1949 contrajo matrimonio con Josefa Rivero Buendía (a quien en adelante siempre se la conoció como Pepa la de Alonso), estableciendo el domicilio familiar en el mismo lugar que ocupaba el comercio, donde nació, al año siguiente, su hijo Alonso, y desde donde marchó la familia a la C. Ballesta donde vinieron al mundo sus hijas Loli y Conchi.
En 1969 compro la casa a los herederos de D. Pedro Hervás (Pepe Gómez y su hermana), en 600.000 pts, casa que obró y transformó y donde nació el último de sus hijos: José Manuel.
El cariñoso y popular apodo de Diez Reales viene de muy atrás en el tiempo, cuando su abuelo, hombre de fuerte complexión física, cobraba como jornal diario en el campo esa cantidad, mientras el resto de compañeros percibían ocho. Y es que Alonso rendía en el trabajo del campo más que el resto de sus colegas.
La tienda de la C. Mayor, frente a la entonces Posada de la Compañía, se abasteció inicialmente de almacenistas de Murcia como Antolín Díaz, Antonio Alemán y Luís Arroniz. Luego hicieron sus aparición los representantes  o agentes comerciales locales como Rafael Orrico, Vacas y los Rosique, entre otros, quienes lo abastecieron de los alimentos y bebidas allí dispensados, tales como el queso El Gallo, el vino Marqués de Riscal, las especies para las matanzas y la mojama de almadraba entre otros muchos productos.
Nunca se llevó mal con los colegas de profesión: entonces Alfonso Supremo en la C. Mayor, Los Elías en Rafael Tejeo, Carricos en la C. de las Monjas, José Izquierdo en la Glorieta, Romera en la Pl. Nueva y Luis el Bacalao en el Cabecico.
La tienda de Diez Reales, como las demás del ramo, tenía su propio aroma, que delataba a distancia su presencia urbana. El olor a bacalao, especies, sardinas de cuba y cereales, azúcar y arroz a granel, que se envolvían en papel de estraza, era la tarjeta de identidad sensual de las mismas. Aromas que, en vísperas de Navidad se mezclaban con los de la almendra y avellana tostadas que servían almacenistas de Reus, para la elaboración doméstica del alfajor, manteca para hacer mantecados y salazones, especies y tripas de buey para envolver los embutidos de las matanzas llevadas a cabo en los domicilios particulares.
Durante mucho tiempo, además de la clientela personal, fueron muy buenos clientes los bares de la ciudad y de la comarca, a los que se les proporcionaba la almendra tostada y frita, las anchoas Ortiz y la mojama de almadraba. También los cargueros del campo y pueblos del entorno, como Navarro de Pedro Andrés, Luís Lacal de Nerpio, Felipe de El Moral y los Requiriores de La Encarnación, entre otros, quienes venían a la ciudad en carros que aparcaban en la vecina Posada de Vila.
Nunca necesitó Alonso en la tienda ayuda de nadie que no fueran su mujer y sus hijos, empleando todo el día en el trabajo, incluso los domingos por la mañana al principio, y siempre que la clientela lo necesitara, dentro y fuera del horario comercial, en un tiempo en que se hacía la compra a diario pues no habían llegado aún al mercado las cámaras y los frigoríficos.
Alonso, con 88 años a la espalda y sin su mujer desde febrero de 2005 en que falleció, sigue presente en la tienda aunque de manera testimonial pues la regentan sus hijos. En su mente permanecen recuerdos como los de los vehículos de que se valió para la distribución del género: primero una moto Montesa  Mu-18107, luego un SEAT 1500 ranchera MU-46145, que compró en su día a Luís el de la SEAT y que sustituyó con el tiempo por otros vehículos industriales. También recuerda a vecinos del entorno como la Telefónica, Correos, la mencionada Posada de Vila, la Papirusa, Nestor, la farmacia de D. Luís Sánchez Caparrós y el zapatero Luís Tacón; el Casino y Auxilio Social, todos desaparecidos. Y como no, a los amigos Ángel Reinón, Los Bolillas, Juan Rosique y Bernardo Vila.
En el otoño de la vida, con mucho aprendido y mucho más vivido, aconseja a los hijos y se deja mimar por los nietos, mientras se siente más que orgulloso por lo que deja, tras pensar en lo que recibió y en lo que ha ido creando, con muchos sudores, a lo largo del tiempo.