JOSÉ ANTONIO MELGARES GUERRERO/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Al referirnos a los más importantes hitos de la popularidad local del ecuador y la segunda mitad del pasado S. XX no sería justo pasar por alto a Alfonso Álvarez Romero, a quien muy pocos conocieron por su nombre y apellidos y sí con el cariñoso apodo de El Potito, cuya explicación es inverosímil pues viene de su poca afición a la comida durante su niñez, apeteciéndole sólo un poquito o potito en su media lengua infantil, de lo que su madre se empeñaba en darle como alimento.

Alfonso Álvarez Romero

Alfonso Álvarez Romero

Nació en 1927, en el denominado Molino Ramoncico de la Glorieta, donde vivían sus padres: Juan Álvarez y Viviana Romero, pues aquel trabajaba como molinero en el mismo.

Aprendió con el maestro D. Basilio Sáez no sólo las primeras letras sino todo lo que le serviría en adelante para desenvolverse en la vida. Se inició en la vida laboral, con su padre, en el citado molino que posteriormente siguió en la C. del pintor Rafael Tejeocuando aquel se hizo cargo, en propiedad, del molino frente a la ferretería de D. Liberato Díaz, y cumplió el servicio militar en la Academia General del Aire de San Javier donde, cincuenta años después, cuando renovó voluntariamente el juramento a la bandera, aún se le recordaba.

De regreso de la milise incorporó a la recién creada fábrica de calzado que su padre montó en la ya citada calle del pintor Rafael Tejeo, sobre el almacén del hielo que regentaban en aquella calle los hermanos Robles, fábrica que, con el tiempo, cambiaría su ubicación a la C. Vidrieray más tarde al lugar de Las Cantarerías, frente al actual parque de bomberos.

En diciembre de 1953 contrajo matrimonio con María Dolores Martínez-Reina Corbalán, en ceremonia celebrada en El Salvador y oficiada por el Rvdo. D. Tomás Hervás, estableciendo el domicilio familiar en la entonces calle del general Queipo de Llano(hoy Dr. Alfonso Zamora), donde vino al mundo su único hijo: Juan. Luego, la familia trasladaría el domicilio a la C. Vidrieray, finalmente a la Gran Vía,donde Alfonso se jubiló y acabó sus días.

Tras heredar de su padre la industria de fabricación de calzado y separarse en el negocio de sus hermanos Juan (el futbolista Nito) y Jesús, quienes marcharon a Elche, el Potito amplió el negocio hasta el extremo de distribuir su producción no sólo por toda España, sino también en Nueva York y gran parte de Europa, abriendo almacén propio en Génova, almacén que fue el culpable del declive del esplendor de la industria. La fábrica del Potito, pudo considerarse escuela de futuros fabricantes como Salmolía, Fuma, Leandro y otros que con el tiempo fueron su competencia. Allí trabajaron Pedro el Charras, Pedro Martínez, Adolfo el Colorao, Manolo Caranegra, Gil y el Nerpioentre otros.

Sin embargo, la actividad industrial del Potito no fue sino un aspecto más de su polifacetismo humano. Su afición a los toros le llevó incluso a vestirse de luces en la Plaza de Toros de Cehegín. Como paracaidista hizo un curso a los 56 años, lanzándose en múltiples ocasiones y hasta fracturarse algún hueso en una caída libre que la grabó, en Super 8, su amigo el farmacéutico Joaquín López Battú.

Melómano empedernido, siendo muy joven tocó  el saxofón en la banda de música municipal bajo la dirección del maestro Jesús Fernández. Cantó zarzuela en compañías locales de aficionados, compró un órgano que tocaba a su manera en su propio domicilio y acumuló cientos de discos de zarzuela y ópera. También solía cantar saetas desde uno de los balcones de su casa, en la C. Vidriera, al paso de las imágenes de Cristo y la Virgen durante las procesiones de semana santa.

Amigo desde la infancia de Javier y Pepe Elbal, de Ángel Medina, Antonio Ródenas, Pedrín Moreno, Paco Rodríguez y Juan el Naranjero entre otros, con alguno de quienes, de adolescente, iba de capeas nocturnas y de espontáneo en festejos taurinos de aficionados, regresando siempre con el cuerpo maltrecho por culpa de los revolcones proporcionados por vaquillas y novillos indómitos. De todo lo dicho se deduce que su pasión fueron los toros y que sus ídolos en el arte de Cúchares fueron Curro Romero y Antonio Ordoñez.

Aunque no aficionado al automovilismo, cambió con frecuencia y por motivos laborales de coche, pasando por un Renaul 5, un Citröen AX y un SEAT Malagaque simultaneaba con una moto Vespay una Guzy que aún conserva la familia, aunque siempre se negó a usar el casco de protección, lo que le proporcionó algún que otro disgusto con la policía local.

Su jubilación laboral, tras competir inicialmente con industriales del calzado local como el Chairo, el Tubos, Mariano Martínez-Reina, Ángel Papao, el Firma, y después con El Nino, Pedro José Salcedo y Manuel Campos  entre otros, tuvo lugar a los 65 años, comenzando desde entonces a sufrir frecuentes ataques epilépticos que le condujeron a la muerte, ocurrida por un paro cardiaco, de manera repentina, el 17 de junio de 2005, cuando contaba con 78 años.

Recordar al Potito supone recordar a un hombre vitalista, alegre, entrometido y extrovertido. Aventurero, audaz, simpático; que vivió intensamente todos los días de su existencia. Junto a quien nunca hubo penas. Amante de la lectura de todo cuanto caía en sus manos y del patinaje sobre ruedas. Amante y defensor empedernido de la siesta de dos horas, de los puros Farias y de un güisqui nocturno antes de partir a la cama. Cofrade del Silencio cada Jueves Santo. Moro Abul-Khatar. Jugador de Chamelocada tarde en el Círculo Mercantil. Que chapurreaba, se entendía y se hacía entender en Alemán, francés e italiano. Que llegó a cantar la célebre melodía Angelitos Negros en el barrio neoyorkino de Harlem,y que siempre fue fiel a sus ideales políticos, sin menospreciar a quienes no pensaban como él.