Pedro Antonio Muñoz Pérez

En el país de la envidia y el odio, hemos llegado a un estado de enajenación colectiva en el que no respetamos ni el luto ajeno. Se nos ha ido una de las escritoras más brillantes y reconocidas del panorama literario y no han tardado en escupir mierda las cloacas de Twitter. Desde el perfil hiperactivo de VOX, escriben: “Con odio has vivido y con odio has muerto”. Un epitafio muy de su estilo. Seguro que han leído todos sus libros y por eso hablan con conocimiento de causa y resumen así su sentimiento ante la pérdida de un ser humano excepcional, al que ellos (sin odio, por supuesto) consideran enemigo por alinearse en el bando equivocado. Curioso que los campeones del panfleto y el libelo acusen a una autora consagrada de hacer propaganda política con sus obras porque les disguste la realidad que destilan. Y es que, Almudena Grandes, a la que otros medios definen como “la voz de los perdedores”, dedicó gran parte de su obra a recuperar, dicen que a la manera galdosiana, episodios de la vida de la posguerra donde unos personajes verídicos, fruto de una rigurosa labor de investigación y documentalismo, someten su desgarro vital a la consideración de los lectores, a la vez que muestran sin remilgos la profunda cutrez y la insania de la dictadura.

En la España del siglo XXI, todavía no se perdona la militancia en favor de los derechos humanos. El activismo político de los intelectuales, su compromiso social, sobre todo cuando son de izquierdas, o progresistas, o simplemente críticos con los privilegios de quienes han detentado el poder por los siglos de los siglos, siempre ha tenido mala prensa. Que se lo pregunten a García Lorca, a Miguel Hernández, a Antonio Machado, a Max Aub, a León Felipe, a María Zambrano, a Alberti, a Cernuda, a Buñuel, a Juan Ramón Jiménez, María Lejárraga, Rosa Chacel, Chaves Nogales, entre la extensa nómina de los literatos, filósofos, científicos y artistas de toda condición que fueron perseguidos, despojados de su notoriedad pública y tuvieron que abandonar España camino del exilio. Una sangría de talento que aún hoy nos sobrecoge (excepto a esos “voxiferantes”).

Pero, atención, por si les han ya saltado las alarmas “antisectarismo”, les anuncio que no me posiciono a favor de Almudena (ni del resto) por sus ideas sino por defender su legado de la manipulación política, venga de donde venga. Esos mismos vientos de intransigencia y oscurantismo, arrastraron también a Ortega y Gasset, a Sánchez Mazas, a Ridruejo, a Claudio Sánchez Albornoz, destituido de sus cátedras por el Frente Popular, a Marañón, Gómez de la Serna, Azorín, Salinas… Pocos escaparon de la infame purga mutua que desató la dicotomía de las dos Españas. La Francia de la preguerra fue el precario refugio de muchos. El exilio llevó a Europa y América la amargura causada por el ostracismo en aquella diáspora del genio español. Durante la guerra civil y la dictadura, como antes y ahora sigue ocurriendo, desde todo tipo de dogmatismo se atacó básicamente al librepensamiento. No pocos de esos intelectuales huyeron de las represalias que las diferentes tendencias del lado rebelde o republicano ejercieron con quienes no se plegaban a difundir en sus obras la propaganda de uno y otro bando. Me viene a las mientes cómo relata Muñoz Molina, en su libro Sefarad, la angustia de Kafka, atrapado en el infierno de los totalitarismos: el nazismo alemán y el estalinismo soviético.

No me importa si Almudena era comunista o del Atleti de Madrid, me interesa el legado humanista de sus páginas donde se debaten las víctimas de la historia en el cieno de sus derrotas personales, adobadas por el miedo y la represión de un régimen autoritario. Llevar su epopeya cotidiana a la literatura es una forma de redimirlos, pero también de invocar la justicia social. Sin embargo, en este país cainita todo se traduce en clave ideológica. Tal vez por eso no asistieron al sepelio ni la indomable octava estrella del universo madrileño, Isabel Díaz Ayuso, ni el conspicuo Martínez Almeida, portavoz nacional de su partido y primer edil de la ciudad donde vivió y que tanto amó Almudena. Como en otros momentos de nuestra historia, las autoridades políticas, con evidente miopía y mala fe, prefirieron no exponerse a perder los votos de los exaltados y los apoyos de sus corifeos en vez de aprovechar la ocasión para dar una lección magistral, ante la ciudadanía de todos los colores, de respeto a la cultura y de homenaje a una figura de primer orden, cuya obra ya forma parte de la historia de la literatura española, lo quieran ellos o no. Con su ausencia no consiguieron desmerecer un ápice los méritos de la finada. Al contrario, se pusieron ellos solicos en evidencia.

Adiós, Almudena, o mejor, hasta luego. Nos mostraste con maestría la virtud intacta de los vencidos y de los desheredados, o sea, la dignidad. Hoy más que nunca, los que te hemos admirado, y sobrevivido, no sabemos por cuánto tiempo, necesitamos rebuscar en tus libros las claves para enfrentarnos de nuevo al mundo donde amenazan con volver los nietos de aquellos totalitarismos genocidas de las falsas utopías. Para advertirnos y señalar, de paso, la mano y la intención que han guiado tu escritura, escogiste unos versos de Cernuda para la entradilla de tu libro “Los pacientes del doctor García”, que hoy sin ti, pero contigo, se revelan clarividentes con toda su rotundidad y su crudeza (donde dice Galdós, podría caber Almudena):

“La real para ti no es esta España obscena y deprimente/en la que regentea hoy la canalla,/sino esta España viva y siempre noble/que Galdós en sus libros ha creado./De aquella nos consuela y cura esta.

Nunca la literatura deja huérfanos. Que la tierra te sea leve, Almudena.