Jesús López García

Estos días pasados se ha hablado mucho de trenes con motivo del primer viaje del AVE de Murcia a Madrid. Se ha opinado mucho también.

Pero a mí no me importa demasiado el AVE de Murcia a Madrid, y quizás eso te suceda también a ti. A los de esta pequeña porción de mundo que nos ha tocado habitar nos dejaron sin tren hace unas décadas. Y para colmo recientemente remataron nuestro aislamiento ferroviario, eliminando la estación de Calasparra, cosa que se veía venir y nadie evitó.

O sea que este asunto del AVE se sustancia para nosotros en que para ir a Madrid en tren (AVE o no AVE) nuestra estación tendrá que ser la de Albacete, puesto que para la de Murcia hay que ir hacia atrás, como los cangrejos.

Sin embargo, para los que nacimos de los años sesenta del pasado siglo hacia atrás, cuando sale a la palestra el asunto de los trenes retorna lo del tren perdido, que sirva la expresión como realidad y como metáfora. Al menos para mí, que me pilló tan cerca todo aquello.

Yo viví mi infancia unos metros más arriba de la estación del tren de Caravaca, donde nací, calle Estación, sin número. Así creo que decía la dirección de correos. En el año 1966 me fui a vivir a la Gran Vía, junto a mi familia. Tenía 10 años.

En la estación jugué en el andén, vi a los fogoneros cargar el carbón en la locomotora de vapor, a los ferroviarios verter el agua en el monumental depósito, cuyo soporte de excelente albañilería y diseño aún se contempla, junto a las demás ruinas, que continúan declarando su persistencia.

Pude ver también el ceremonial de maniobras conjuntas con el intercambiador de vías para dar la vuelta a la locomotora, puesto que Caravaca era final de trayecto, aunque el objetivo fuese continuar con el camino de hierro hacia Andalucía. Futuro soñado.

Todo esto lo recuerdo de manera remota. Me parece algo tan lejano… como un sueño.  Como si sueño fuesen el sonido de la campana de estación, el miedo a cruzar las vías, el trasiego de gente en el andén, o los restos de carburo que entraban en nuestros juegos. Y también el respeto cerval al jefe de estación, porque los niños siempre temen a los jefes, a los directores, y a gente así.

Y también recuerdo la camioneta de Cantó, que daba la pauta del transcurrir diario, tanto o más que el reloj, porque su trasiego era un ritual.

Y el ferrobús, un tren más moderno que estuvo funcionando unos años en nuestra estación. En el ferrobús hice uno de mis primeros viajes a Murcia, cuando eso de ir a Murcia un niño era inusual y casi siempre para cosas poco agradables.

Seguramente, en mi sentir de niño, yo pensaba que lo del tren era algo inamovible, eterno. Y el caso es que el tren de Caravaca solo tenía entonces una treintena de años, más o menos. Pero yo no controlaba el tiempo porque era un niño, ni siquiera tenía en mi cabeza que las cosas pudieran terminarse. Por eso, porque era un niño.

Cuando ya adolescente empezaron a finiquitar el ferrocarril de Caravaca y yo ya vivía en la Gran Vía, quizás tampoco era consciente de la trascendencia de aquello.  No cabía en mi cabeza. Y sin embargo, por lo que después he ido palpando, creo que los mayores lo veían como una especie de fatalidad, como algo inexorable en aquellos tiempos del final de la dictadura. Se decía que los propietarios de la Alsina querían tener la exclusividad de los viajes a Murcia, y otras cosas sobre gente pudiente. El caso es que el desmantelamiento fue galopante. Primero eliminaron el transporte de pasajeros, el ferrobús. Luego el de mercancías. Después arrancaron las vías. Finalmente, vino el abandono de los edificios y su lenta demolición por la intemperie.

Recuerdo a mi padre lamentar todo aquello, pero especialmente le indignó que levantaran las vías, por la dosis de alevosía que contenía ese acto.

Pasados los años he pensado mucho en todas esas cosas del tren de Caravaca. Algunas veces en clave de añoranza, por qué no decirlo. Pero también en los efectos de esos hechos. Y es que aquellos años representaron el mayor declive demográfico de Caravaca y de todas estas anchas y torturadas tierras. Miles de vecinos emigraron por entonces. Por primera vez, Caravaca bajó de los veinte mil habitantes, desde que alcanzó esa cifra décadas antes.

Y a quienes gobernaban entonces no se les ocurrió otra cosa que ir dando carpetazo a aquello que pillaban de los pueblos de esa España que decían amar. Como si lo estuvieran deseando. Seguramente estaban instalados en la soberbia, cosa tan común en los dirigentes, sobre todo cuando dicen que sus decisiones “son técnicas”, que es como decir que son propias de gente lista y que quienes no las subscriben son lerdos y atrasados. Y el caso es que, seguramente, los equivocados fueron ellos, sometidos a la miseria y a la cortedad de la mirada estrecha, del cortoplacismo.

Pero así fueron las cosas, aquellos tecnócratas emparejaron contra todo lo que no fueran industrias, y barrios y más barrios en las ciudades, y en las playas. A los demás nos tocó la china. Para siempre, porque lo del tren fue todo un símbolo. Las poblaciones a las que sirvió ese tren -tanto las de Murcia como las de las provincias vecinas- fueron retrocediendo, por esa y otras razones. Sirva como ejemplo el propio municipio de Caravaca, que en el último siglo ha pasado de ser el cuarto o quinto en población de toda la provincia de Murcia al catorceavo, o yo qué sé ya a cuál. A los demás, incluso les fue peor.

Y claro, al AVE ni lo esperamos. Nuestra esperanza ferroviaria quedó enterrada en aquellos tristes años del gran éxodo. Porque después el vacío cada vez ha sido mayor. Y lo será. Sólo hay que ver los mapas de la red de ferrocarriles actuales y los proyectos que vienen. Aquí, nada. Ni AVE, ni nada. Bueno, la Vía Verde…el premio de consolación.