Francisco Fernández García

(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

El 7 de julio es un día muy taurino, Pamplona y sus encierros son un referente para todos, pero en nuestra particular historia taurina esta fecha nos sirve para recordar a Julián Medina, novillero caravaqueño nacido en 1907, que a finales de los años veinte y principios de los treinta del siglo pasado intentó hacerse un hueco en el difícil y complicado mundo de los toros. Su trayectoria fue más bien modesta, no pasó nunca del escalafón novilleril, pero se mantuvo en él durante más de una década, alcanzado cierto prestigio y disfrutando del respeto y reconocimiento de cuantos lo conocieron.

Recomponer su carrera profesional resulta bastante difícil, ya que no existen reseñas de muchos de los festejos en los que participó, pese a ello a lo largo del tiempo he podido reunir alrededor de un centenar de noticias de prensa que suministran una valiosa información sobre la misma. Además cuento con el propio testimonio de nuestro protagonista contenido en dos cartas dirigidas a mi padre en las que recuerda su gran amistad con mi abuelo, con quien compartió cartel el día de su presentación, le acompañó a varios tentaderos y también como subalterno en alguna que otra ocasión, y que incluyen ciertas referencias a su paso por el mundo de los toros: «Estuve toreando catorce temporadas, buen número de corridas cada año en festejos de mas o menos, donde se pudo y como pudo ser. En aquella época la fiesta era hermosa y trágica…».

La reinauguración de la Plaza de Toros de Caravaca en la feria de 1926, tras varios años cerrada, trajo consigo un importante aumento de la afición taurina propiciando al mismo tiempo la aparición de un grupo de jóvenes de la localidad que intentaron dedicarse profesionalmente a los toros. Conviene aclarar que en el mundo taurino no siempre han sido las cosas igual, antes no había escuelas ni aportaciones económicas públicas, etc., por lo que las dificultades para introducirse en él eran enormes, no solo a la hora de conseguir contratos, sino también para poder aprender la técnica necesaria, familiarizarse con los toros y mantenerse en condiciones de torear en público. Precisamente la primera noticia que encontramos sobre Julián Medina se refiere a su participación en las tientas de las ganaderías de Ruiz Dayestén y López Chicheri en Nerpio, cuando preparaba su presentación en Caravaca. Ya entonces apuntaba buenas maneras y la afición caravaqueña lo esperaba con expectación: «Julián Medina, joven y con unas condiciones pasmosas. Caravaca también quiere un torero y el joven Medina será el agraciado porque vale y puede llegar». No defraudó y su debut, el 8 de diciembre de 1926, se saldó con un rotundo éxito: «se reveló como un consumado maestro; sus verónicas llamaron poderosamente la atención, todas ellas llenas de estilo y sabiduría, terminó con una serpentina, y el delirio en el público fue tan grande que estalló una ensordecedora ovación en honor del futuro artista; con el trapo rojo volvió a entusiasmar a las masas al ligar un natural soberbio con uno de pecho escalofriante».

Aunque no le faltaron actuaciones, los primeros tiempos fueron complicados, «una dura lucha de dificultades y desengaños», pero Medina no dejó de intentarlo esforzándose siempre al máximo, lo que permitió mantenerse en activo durante más de una década: «Estuve trece temporadas toreando sobre unos veinte festejos por año, de la clase que fuera y donde fueran. En mí época, una gran época del toro grande de verdad, en todos los festejos de la categoría que fueran, siempre el ganado era mas grande que en si le podría corresponder a estos festejos. Maté muchas vacas, muchos novillos y muchos toros y sin caballos casi siempre, actué con ocho rejoneadores y les maté quince toros, en puntas como entonces eran todos y en todos sitios».

A comienzos de 1927 el Club Taurino Niño de la Palma y el empresario Juan Picón deciden subvencionar su preparación, dándola la posibilidad de viajar a Salamanca para que participe en varios tentaderos. De este año conocemos su presencia en los tentaderos de Samuel Flores y actuaciones en Caravaca, Jódar y tres en Puebla de Don Fadrique, en la segunda de estas últimas obtuvo un gran éxito cortándole las dos orejas y el rabo a «un buen mozo de Herreros Manjón, que había estado de semental en la vacada», tras haber sido volteado de manera muy espectacular.

En 1928 se hizo cargo de su apoderamiento Juan Manuel Oñate, que le llevó a prestigiosos tentaderos; en uno de ellos, en Cadarso de los Vidrios, compartió labores con Vicente Barrera y Marcial Lalanda, que elogió su buen hacer, pero al no cumplirse sus expectativas Medina rescindió el contrato, pasando a ser representado por Vicente Montes, que le consiguió un buen número de actuaciones, entre ellas su ansiada presentación en Madrid, que tuvo lugar en una novillada nocturna el 23 de agosto «en la desparecida Plaza de Toros de la Carretera de Aragón, donde está ahora el Palacio de Deportes»; no tuvo suerte, aunque «cumplió, que es todo lo que se puede pedir a un principiante». Esa temporada toreó que sepamos también en Vélez Rubio, Lorca, Alcoy, Torralba y dos veces en Caravaca.

La actividad de Medina continuó «dentro de la modestia que me tocó desenvolverme». En 1929 le tenemos anotadas actuaciones en Caravaca y Cehegín, aunque toreó bastante mas, y en 1930 en Caravaca, Pontones, Santiago de la Espada y Blanca, «tres tardes de apoteosis, en las cuales se ha desbordado el entusiasmo del público, aplaudiendo las maravillosas faenas de Medina.En las tres funciones ha sido sacado en hombros de los entusiastas aficionados, y en la calle se sucedían los aplausos al héroe de la fiesta».

La carrera de Medina se fue consolidando poco a poco. En 1931 intervino en la desgraciada novillada celebrada en Calasparra en la que fue herido mortalmente Vaquerín; al año siguiente toreó 18 festejos, entre ellos el celebrado en Caravaca el 4 de mayo en conmemoración del 700 aniversario de la aparición de la Stma. y Vera Cruz. También en Calasparra, Totana, Elche de la Sierra y Santiago de la Espada.

En 1933 encargó su apoderamiento a Juan de Dios Martínez, participando en 14 novilladas y matando 27 toros, consiguiendo por fin hacer el paseíllo en el murciano coso de la Condomina; también obtuvo grandes éxitos en Totana, Huércal Overa, Vélez Rubio, Villena, Blanca, Jumilla, Santiago de la Espada, Abanilla, Segura de la Sierra y Lorca. Son sus años de mayor actividad, pero se encuentra atrapado en un circuito de plazas pequeñas del que le resulta muy difícil salir. En 1934 toreó 16 novilladas, destacando las célebres organizadas en Caravaca durante el verano por la empresa AS en las que compartió cartel con Pedro Barrera; en la segunda de ellas fue corneado en la axila derecha, perdiendo por ese motivo cinco novilladas más que tenía contratadas. Otras actuaciones de este año fueron Abanilla, Archena, Mula, Laujar y Pinoso, donde el 6 de agosto inauguró su plaza con gran éxito.

En 1935 se le presentó nuevamente la oportunidad de actuar en Madrid, en la Plaza de las Ventas, como sobresaliente y matador de los novillos del rejoneador portuguésSimao da Veiga, completaban el cartel Eduardo Solórzano, Pepe Bienvenida y Luís Gómez “El Estudiante”. Tampoco este día hubo suerte, estuvo voluntarioso pero poco acertado; esta misma temporada se presentó con éxito en Albacete y Elche. Siempre con el deseo de progresar, a comienzos de 1936 cambió nuevamente de apoderado, pasando a serlo José López Valle, que le prometió nuevas actuaciones en Madrid (Tetuán de las Victorias) y Albacete. Medina, por su parte, se ejercitó en los tentaderos de Bautista Fernández, en Jaén, y de Ruiz Dayestén, pero sobrevino la guerra civil teniendo que interrumpir su carrera para alistarse en el ejército. De todas formas, durante esos años toreó cuantas veces pudo, teniéndole registradas 12 actuaciones: 7 en 1936 (Murcia, Lorca, Hellín, Vélez Blanco, Vélez Rubio y dos en Caravaca), 4 en 1937 (Caravaca, Cehegín, Murcia y Orihuela) y 1 en 1938 (Murcia). La fiesta de los toros se puso a servicio del pueblo, destinándose los ingresos de las corridas a las milicias populares, hospitales de sangre, socorro rojo, refugiados de guerra, guarderías infantiles, etc.

Concluida la guerra se puso a prueba toreando con Pedro Barrera algunos novillos en las septembrinas fiestas de Santiago de la Espada; pero tras hacer balance y reflexionar, decidió finalmente abandonar los ruedos y dedicarse a otras labores. Nunca más volvió a torear. Julián Medina falleció en Caravaca el 10 de agosto del año 2000.