Francisco Fernández García (Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

La costumbre de regalar Cruces de Caravaca por los caravaqueños ha sido una constante al menos desde el siglo XVII, época a que corresponden los documentos más antiguos que se conservan al respecto. De esta forma las autoridades municipales han agradecido favores y buscado influencias, los ejemplos de ello son numerosísimos, no hace mucho relataba en estas mismas páginas el regalo de Cruces de Caravaca efectuado a la reina Isabel en 1862 con motivo de su viaje a Murcia. En esta ocasión voy a referir el que se hizo algunas décadas mas tarde al rey Alfonso XII con motivo de su boda.

Tras la desaparición de la I República en España se restauró nuevamente la monarquía a finales de 1874 mediante el pronunciamiento del general Martínez Campos a favor del príncipe Alfonso, hijo de Isabel II y de Francisco de Asís (apoyándose en la promiscuidad de la reina y la homosexualidad del rey consorte llegó a circular la noticia de que su verdadero padre era el ingeniero Enrique Puigmoltó), que se encontraba en esos momentos en el exilio. Previamente el príncipe había manifestado su deseo de ocupar la corona haciendo públicas sus intenciones en el conocido como Manifiesto de Sandhurst fechado el 1 de diciembre de 1874 en el que se presentaba como «un príncipe católico, español, constitucionalista, liberal y deseoso de servir a la nación». Regresó a España a comienzos del año siguiente e inmediatamente fue proclamado rey ante las Cortes con el nombre de Alfonso XII.

Tres años después, el 23 de enero de 1878, contrajo matrimonio con su prima la infanta Dª. María de las Mercedes de Orleans y Borbón en una solemne ceremonia oficiada por el Cardenal Patriarca de las Indias que tuvo lugar en la Basílica de Atocha de Madrid. El acontecimiento despertó una gran expectación en todo el reino, no solo por ser la primera boda real en mas de tres décadas sino también por la enorme cantidad de literatura romántica que originó, ya que contó inicialmente tanto con la oposición de la reina Isabel, que sentía una granenemistad hacia su cuñado el Duque de Montpensier, padre de la novia, como de varios miembros del gobierno partidarios de que el enlace se efectuase con una princesa europea para asentar más la monarquía en España. El asunto adquirió el carácter de problema nacional llegando a debatirse en las Cortes, el rey manifestó su deseo de casarse por amor y su firmeza en no consentir otra cosa. Poco a poco fue cambiando la opinión de los ministros, uno de los cuales salió en defensa de la pretensión real con la cursi frase: «La infanta doña Mercedes está fuera de toda discusión: los ángeles no se discuten»; finalmente la cuestión quedó zanjada con un discurso pronunciado por el monarca en las Cortes: «Señores diputados:el enlace que voy a contraer, inspirado al propio tiempo que por los más puros afectos del corazón por el conocimiento de las altas prendas que adornan a la que ha de compartir conmigo el Trono de San Fernando y de la Católica Isabel, del mismo modo que motiva vuestros entusiastas plácemes, alcanza sin duda los del país, a quien legítimamente representáis, y merece la unánime felicitación de las potencias amigas».

La boda se organizó con todo lujo y muchas diputaciones provinciales decidieron realizar diversas obras y mejoras con motivo del enlace real. Unos días antes de que se celebrara este, el Ayuntamiento de Caravaca acordó ofrecerles un regalo en tan destacado día. El objeto elegido fue, como no, algo característico y tradicional en nuestra ciudad, varias cruces de Caravaca, organizándose una suscripción popular para costear los gastos del referido obsequio, cuya confección se encargó al taller de joyería mas prestigioso de Caravaca en aquellos momentos que no era otro que el que regentaban los hermanos Ruiz, heredado de su padre el también platero Dionisio Ruiz, y que estaba ubicado en la calle de don Fernando (actualmente Poeta Ibáñez).

El diario La Paz de Murciaen su número correspondiente al día 19 de enero de 1875 publicó así la noticia: «El Excmo. Ayuntamiento de Caravaca ha regalado a S.M. el rey un estuche de palosanto, con cifras y cantoneras de plata, conteniendo una cruz de oro, imitación a la del célebre Santuario, y 24 purificadores con 24 cruces de oro hechas, como aquella, por el platero D. Antonio Ruiz González». La mayoría de los regalos llegados desde todos los puntos de España se reunieron en las oficinas del periódico “La Correspondencia de España” en el número 120 de la madrileña Calle Mayor, en cuyas páginas se publicó durante cierto tiempo una relación detallada de los mismos «por orden de presentación de los objetos». En su edición correspondiente al 6 de febrero de ese año con el nº 277 figura «El Ayuntamiento de Caravaca. Un estuche con la Cruz de Caravaca de oro macizo» y con el nº 279 «El Ayuntamiento de Caravaca. Veinte y cuatro purificadores y dos cruces bordadas», sin reseñar las 24 cruces de oro pequeñas mencionadas en el periódico murciano.

La prensa nacional publicaba el día 11 de febrero de ese mismo año la concesión al pueblo caravaqueño, en la persona de su alcalde D. Juan de Dios de Mata y Lozano, de las Grandes Cruces de Isabel la Católica y de Carlos III. El motivo de esta distinción lo podemos encontrar en el agradecimiento a tan singular regalo, pero no cabe duda que en la concesión también se tuvo en cuenta la lealtad de nuestra ciudad al nuevo rey, pues en la noche del 31 de diciembre de 1874, tan solo dos días después del pronunciamiento del general Martínez Campos, Caravaca «secundó el movimiento nacional con entusiasmo y júvilo general», redactando un acta que diera testimonio del suceso e igualmente el 14 de enero del año siguiente ordenó la celebración de la entrada del rey en Madrid con repiques, volteo de campanas, colgaduras e iluminación general, el día 15 restableció el escudo de la monarquía y el 20 ordenó la restitución de la lápida con la Corona Real nuevamente en la fachada del ayuntamiento, añadiéndole en esta ocasión la inscripción «Alfonso XII. Rey Constitucional. Año 1875». La lápida aún se puede observar sobre la ventana central de este edificio aunque no así el texto que fue picado durante la II República.

Dª. María de las Mercedes falleció de tifus el 26 de junio, cinco meses después de la celebración de la boda, apenas recién cumplidos 18 años; mientras que Alfonso XII, que contrajo nuevo matrimonio el 29 de noviembre del año siguiente con María Cristina de Habsburgo-Lorena, falleció de tuberculosis el 25 de noviembre de 1885, tres días antes de cumplir 28 años.