Francisco Fernández García
(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

La muerte de Fernando VII en septiembre de 1833 supuso el inicio de una etapa conflictiva, con la población española divida en dosCarlos María Isidro grupos: por un lado los partidarios de que el trono fuese ocupado por Isabel II, hija del rey fallecido, y por otro los que, amparados en la Ley Sálica que impedía reinar a las mujeres y que el propio Fernando VII había derogado promulgando la Pragmática Sanción, querían que fuese su tío el infante Carlos María Isidro el que lo ocupase. Confrontación que motivó el inicio de la Primera Guerra Carlista.
El 27 de octubre de 1834 se declaró la exclusión del infante y de toda su línea del derecho de suceder en la corona española, así como la prohibición de regresar a España ya que en esos momentos residía en Gran Bretaña; ordenando igualmente que este decreto se diese a conocer a todos los habitantes de la nación mediante actos públicos para que ninguno pudiera alegar ignorancia del mismo.
A Caravaca, cuya población era en su gran mayoría partidaria de la reina, la noticia llegó el 14 de diciembre. El ayuntamiento se reunió inmediatamente señalando el domingo 21 para dar cumplimiento a lo contenido en la real orden, aprovechando que ese día se iba a celebrar en la capilla de la Vera Cruz una ceremonia de acción de gracias con misa cantada, sermón y Te Deum por haber librado a la villa de la epidemia de cólera morbo y que a la misma estaban convocadas todas las autoridades civiles, militares y religiosas que también tenían que asistir a la publicación del decreto de exclusión del infante y su familia del derecho de sucesión a la corona.
El sábado 20 se iluminó la villa para dar «mayor fausto y lustre a una función tan digna» y el domingo 21 por la mañana hubo repique general de campanas para anunciar el suceso. El acto se desarrolló de la manera siguiente: en la puerta de la casa consistorial se reunieron el alcalde mayor, los regidores e individuos del ayuntamiento, el administrador de la encomienda y el de correos con sus respectivos dependientes, el vicario con el clero y las comunidades religiosas, el comandante de las armas con los oficiales a su mando, la compañía de milicia urbana de infantería, un tercio del arma de caballería, la banda de música marcial, las personas distinguidas de la población y cuantos vecinos quisieron sumarse a ella, acompañados del escribano para dar fe de cuanto sucediese. Todos juntos marcharon en comitiva hasta el castillo donde se celebró la referida ceremonia religiosa «con mucho concurso de toda clase de gentes», a su conclusión regresaron a la Plaza Real (Plaza del Arco) donde el escribano, en presencia de todos los mencionados y de una gran cantidad de publico leyó en voz alta las dos leyes sancionadas por la Reina gobernadora, la del exclusión del infante y su familia del derecho de sucesión a la corona y la de abolición del voto de la Orden de Santiago. Con esto se dio fin al acto aunque el escribano acompañado por los oficiales del ayuntamiento continuó leyendo públicamente en los demás sitios acostumbrados de la población para que los vecinos que no habían acudido a la Plaza tuvieran conocimiento de los reales decretos.