Francisco Fernández García/(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Los corrales o patios de comedias constituyen un antecedente de los actuales teatros. Se originaron en el siglo XVI y tuvieron un extraordinario desarrollo en la centuria siguiente coincidiendo con el llamado Siglo de Oro. Inspirados en las representaciones teatrales que se realizaban en los patios de casas y posadas donde se improvisaba un escenario en uno de los lados, mantuvieron ese esquema aprovechando los tres lados restantes para galerías o palcos que eran utilizados por el público mas acaudalado en tanto que el resto presenciaban el espectáculo de pie frente al escenario, donde a veces también existían gradas o se colocaban sillas. A partir de principios del siglo XVII la construcción de patios de comedias fue algo habitual en las principales villas y ciudades; en Caravaca, que pugnaba por mantener su condición de población importante, se edificó uno en 1603, vinculado con uno de los hospitales existentes en aquel entonces y con los religiosos de la Orden de San Pablo.

Desde finales de la Edad Media existía en Caravaca un hospital para cuidado de los enfermos pobres y transeúntes, que estaba administrado por el concejo y se ubicaba cerca de la entrada a la villa y sus murallas. A principios del siglo XVII se encontraba muy necesitado de reparos, situación que coincidió con la solicitud presentada por la Orden de San Pablo para hacerse cargo del mismo. El 20 de noviembre de 1603, fray Asensio Gu­tiérrez expuso a las autoridades municipales los motivos por los que deseaban hacerse cargo del mismo, poniendo como única condición el no percibir paga alguna, tan sólo la concesión de la licencia que les permitiera el pedir limosna pa­ra su mantenimiento y el del hospital, dando cuenta de las entradas y sali­das de dinero que hubiese. El concejo comisio­nó a dos regidores para que estudiasen la propuesta, que finalmente fue aceptada tras deliberar entre sí, consultar con perso­nas religiosas e influyentes y analizar las ventajas que su presencia reportaría al hospi­tal, acordando asimismo la construcción de un patio de comedias, cuyos ingresos ayudarían al sostenimiento del hospital: «se a de hazer quarto comodo donde se puedan representar comedias y otros regocijos porque con la limosna que diesen los que entrasen a oyrlas el dicho ospital e bienes del vran en aumento como se be por experiençia que lo hazen muchas ciudades y billas destos rey­nos».

Terminada la sesión concejil, el alcalde mayor, licenciado San­guino de Arce, y gran parte de los regidores acompañaron a fray Asensio al hos­pital para que tomase posesión, siendo nombrado este religioso hermano mayor del mismo, cargo que ocupó hasta 1608, año en que dejaron su administración y abandonaron la villa de Caravaca. Desde esta época la calle donde se ubicaban estos inmuebles pasó a conocerse con el nombre de calle del Corral del Concejo, denominación que mantuvo durante varios siglos; uniéndose a ellos algunos años mas tarde una ermita bajo la advocación de Nuestra Señora del Buen Suceso.

La existencia del patio de comedias siempre estuvo ligada a la del hospital. El concejo concedía licencia a las compañías de comediantes que lo solicitaban exigiéndoles a cambio una determinada compensación económica que destinaba al hospital, generalmente de un cuarto por espectador oscilando el precio de la entrada entre cuatro y ocho cuartos según el caso, no incluyéndose los balcones o palcos, cuya explotación se reservaba directamente, uno para su propio uso y el resto para alquilarlos, aunque en ocasiones los entregaba a determinadas personas, como en 1769 en que concedió el balcón situado a la izquierda del de la villa a Dª. Josefa Ruiz como agradecimiento a la labor desempeñada por su difunto marido. Otras veces se señalaba un alquiler diario, en 1766 la compañía de cómicos de Ignacio Morante tenía que entregar 16 reales cada día que actuasen pudiendo solamente cobrar la entrada a los ocupantes del patio al precio de cinco cuartos. Esto en lo referente a las representaciones teatrales ya que las condiciones variaban según el espectáculo: «los demas dias durante la temporada se cobre a solo siete cuartos, seis para la compañia y el otro restante para la Virgen; a menos que no sea Comedia de teatro en cuio caso atendidas las circustancias y gastos que ocurra a la Compañia los Srs. Governador y Comisarios daran el precio que estimen proporcionado».En algunos casos a las tasas exigidas se unían los donativos que voluntariamente entregaban los cómicos, ejemplo de ello lo encontramos en 1725: «zien reales que han dado de limosnalos que han ocupado el patio mencionado con títeres que en el se han tenido».

Otras de las cuestiones controladas por el concejo eran las referidas a la moralidad y cumplimiento de los horarios llegando incluso a imponer penas a los transgresores de las normas, como en 1797 en que se ordenóbajo multa de 20 ducados que las representaciones comenzasen a las 5 de la tarde y finalizasen antes de las 8, hay que tener en cuenta que en esa época empezaban a las 7 y terminaban a las 10, contraviniendo la costumbre mantenida hasta entonces de que concluyeran antes de anochecer. La ultima compañía que se conoce que actuó en este patio de comedias fue la de Leoncio Corona que estuvo representando comedias durante la navidad de 1804, sin embargo debió de seguir en funcionamiento durante varios años mas ya que se tiene noticia de que el 27 de abril de 1834 por la noche se representó una pieza cómica con motivo de la celebración del cumpleaños de la reina Isabel II.

El ayuntamiento se encargaba igualmente de las obras reparación del inmueble, que fueron muchas a lo largo de su historia. En 1730, estando casi arruinado se pensó en instalar en él un cuartel con capacidad para 70 caballos y los correspondientes soldados, pero el proyecto no llegó a ejecutarse; seis años después se estudió la posibilidad de derribarlo y construir en su solar la carnicería pública, también se desechó esta posibilidad y se optó por repararlo. A mediados de 1782 el mal estado en que encontraba amenazando algún accidente determinó una nueva y obligada rehabilitación, en el informe realizado por el maestro de obras encontramos una breve descripción del mismo: «La cubierta que parece que se halla conpocas vertientes y que los puentes de madera que forman una especie de cuarto ochabo acia los pies del coliseo, acia cuio parage esta el aposento de la villa indicaban desunion o tiro que dimanaba dela irregular figura de la hobra».

En 1843 todo el inmueble volvía a estar en estado ruinoso por lo que el ayuntamiento decidió el cierre de la ermita del Buen Suceso, trasladando sus imágenes y ornamentos a la Parroquial, y agregar su solar «al Teatro, con el qual está coolindante». Así se mantuvo hasta que en 1846 su estado llegó a ser tan lamentable que elregidor D. Luciano Martínez Iglesias solicitó de manera urgente su renovación, haciéndolo de forma tan elocuente las obras comenzaron de inmediato: «el lastimoso estado de deterioro casi absoluto en que se encuentra aquel local, centro y escuela de la civilizacion y buenas costumbres. Doloroso es que una Poblacion como Caravaca que ha ribalizado siempre con todas las demas de la provincia y distinguendose entre ellas por su buen gusto y ornato publico, veamos impasibles que la sobrepugen en el ramo teatral otras que en tiempos fueron miserables aldeas sugetas a su basta jurisdiccion; y mas sensible aun, que se mire con fria indiferencia la proxima destruccion de un predio tan util y del que tantos momentos se placer e instruccion a prodigado a estos vecinos». Durante el trascurso de estas obras se derrumbó parte del edificio por lo que se procedió a la demolición total del mismo y a la construcción de uno nuevo, que es el que ha llegado hasta nuestros días, conociéndose desde 1903 con el nombre de Teatro Thuillier.