Francisco Fernández García

Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

La Stma. y Vera Cruz ha tenido desde siempre una especial relevancia, no solo en el ámbito religioso, sino también en el social y político, convirtiéndose en codiciado objeto de deseo, dando origen a pleitos que siempre fueron sentenciados a favor del Ayuntamiento, quien ejerce «el derecho de patronazgo Real questa villa tiene y usa en nonbre de su Magestad», tanto sobre el templo como sobre la reliquia. No es de extrañar pues, que las celebraciones en torno a la Vera Cruz fueran escenario propicio para evidenciar enfrentamientos y fijar posiciones. El que nos ocupa en esta ocasión es el que protagonizó el Vicario de la Orden de Santiago don Diego Menéndez Argüelles y el Ayuntamiento de Caravaca durante los primeros años del siglo XIX.

Menéndez Argüelles fue nombrado Vicario, Juez ordinario eclesiástico y Visitador General de la villa de Caravaca y su partido en 1799, encontrándose a su llegada con una situación contraria a su forma de entender ciertas cosas, ya que pensaba que al ser la Orden de Santiago a quien concernían los asuntos religiosos, la Vicaría debería ser quien ejerciese el derecho de patronato, considerando asimismo al Templo de la Stma. y Vera Cruz como una capilla de la parroquial, por lo que tenía derecho a disponer de todo lo en él contenido, haciendo esto extensivo al resto de iglesias de la población. El Vicario puso todo su empeño y conocimientos, había estudiado Filosofía, Leyes y Cánones y era además abogado de los Reales Consejos desde 1790, en la defensa de sus ideas, ocasionando un notorio enfrentamiento con el gobierno municipal que se manifestó por primera vez en 1800 cuando no quiso reconocer el nombramiento de capellán de la ermita de Nª. Sª. de La Encarnación realizado por el Ayuntamiento; sin embargo, no fue hasta 1801 cuando comenzó sus actuaciones referidas a la Vera Cruz y su Templo.

La primera ocasión tuvo lugar durante las fiestas de mayo, concretamente el día 2 en la ceremonia de la bendición del vino y los purificadores que estaba a cargo del Vicario. Ese día, a la hora acostumbrada, hubo repique y volteo de campanas «para convocar al pueblo y personas que deven concurrir», respondiendo a esta llamada se congregaron en la Plaza del Arco las autoridades municipales «con sus mazeros, acompañamiento de musica y tropa», dirigiéndose todos hasta el Santuario, donde debía estar esperando el Vicario con su acompañamiento para realizar la ceremonia. Pero cuando llegaron no había nadie, por lo que autoridades y fieles estuvieron esperándolo de pié durante mas de media hora, mientras que se le daba nuevo aviso requiriendo su presencia. Como el tiempo pasaba y no presentaba nadie, decidieron que fuera el Capellán de la Cruz, que se encontraba presente, quien oficiara la ceremonia. Pero este, en lugar de obedecer, se marchó en busca del Vicario «y al cavo de algun poco espacio se vio entrar dicho señor vicario, que cercandose al altar se despojo del manto y vistio de los ornamentos acostumbrados y efectuo la referida vendicion». Cuando terminó la ceremonia, justificó su tardanza en el tiempo que había tardado el barbero en afeitarlo. Este comportamiento molestó mucho al Ayuntamiento que presentó la correspondiente queja ante el Real Consejo de Ordenes por este desaire público «siendo esto una escusa o pretexto frivolo al mismo tiempo que viendo esta villa que no queda cosa en que dicho señor vicario no procure incomodarla introduciendo novedades contra la practica y costumbre que tiene en ellas, es mas presumible que la referida tardanza la haya hecho de yntento con animo de molestar a esta villa en esta accion causandole el desaire y la molestia de tenerla esperando tanto tiempo de pie derecho hechos todos unos achos, sin poderse sentar por el concurso de las gentes, y que tambien haya concurrido a ella la ambicion que se le nota de querer mandarlo todo y la elacion de espiritu que igualmente manifiesta en obstentarse superior a todo, y que sin el o su ausencia no hay facultades para executar nada».

La cosa no quedó aquí, ya que al día siguiente para la misa mayor de la festividad de la Cruz ordenó cambiar de lugar las sillas donde debían sentarse algunas de las autoridades. Al observar la novedad, el alcalde ordenó que volvieran a ponerse en su lugar, a lo que Menéndez Argüelles se negó reiteradamente, provocando una tensa situación ya que la iglesia estaba repleta de fieles, finalmente y tras nuevos requerimientos el Vicario ordenó la retirada de las sillas con lo que pudo dar comienzo la ceremonia, ordenándose redactar los oportunos testimonios para dejar constancia de lo sucedido, aunque sin emprender acción legal ninguna pues finalmente la misa se había celebrado sin contravenir el protocolo establecido.

El siguiente encontronazo fue durante la festividad de la exaltación de la Cruz el 14 de septiembre, adelantando los horarios de las ceremonias sin previo aviso, provocando así la llegada con retraso de las autoridades. Gracias a las campanas que existían en la villa los habitantes de Caravaca controlaban el paso del tiempo, utilizándose asimismo para avisar del comienzo de las ceremonias. Su horario, regido por la costumbre, era del conocimiento de todos los vecinos por lo que el simple tañido de la campana era suficiente para avisarlos: «que siendo conveniente que el Pueblo para su concurrencia a las misas maiores y oficios dibinos tenga asignada hora fija, y estando esta por costumbre ymmemorial establecida con dibersidad de tiempos a saver: el verano desde la Cruz de mayo hasta la de septiembre repicando las campanas a las ocho de la mañana para la misa maior, á las tres de la tarde para las Visperas, y tocando a Animas a las nueve de la noche; y en el Ynvierno, variando estas horas desde la Cruz de septiembre hasta la de mayo, repicando a las nueve de la mañana para misa mayor, a las dos de la tarde para Visperas y tocando á Animas a las ocho de la noche, sin dever tener mas alterazion que quando por alguna funcion particular que ocurre u otra grave manifiesta causa que la haga justa para adelantar algo la misa mayor».

Lo que se acostumbraba a hacer en esta festividad era reunirse en primer lugar todos los miembros del ayuntamiento en la casa consistorial y de allí partir escoltados por los maceros hasta la parroquial donde se incorporaban a las autoridades religiosas y clerecía para posteriormente trasladarse todos al Santuario para celebrar en él la misa solemne. Pero ese año el toque de campana tuvo lugar a otra hora diferente provocando el retraso de las autoridades en llegar a la parroquial; el teniente de vicario en lugar se esperar dio orden de partir, dando lugar al penoso espectáculo de contemplar al alcalde mayor con los regidores y los maceros dirigirse a toda prisa hasta el castillo intentando alcanzar a la clerecía sin finalmente conseguirlo. Los hechos aparecen descritos con todo detalle en el testimonio redactado por el ayuntamiento para manifestar su malestar ante lo ocurrido: «En el dia presente se principió a repicar como a hora de las ocho y media, con cuio motibo concurrió el señor governador con algunos capitulares a la Casa de Cavildo a esperar la hora y a los demas regidores, para en observancia de la costumbre establecida, pasar la Villa formada con sus maceros a la Yglesia mayor, y desde alli con el clero a dicho Real Templo. Pero habiendo observado que sonaba la campanilla que precede á la parroquia quando va á semejante funcion, temiendo que yntrodujese otra novedad contra dicha practica, al punto se formó la Villa y partiendo para la Yglesia, al llegar cerca, se les expuso como ya la parroquia havia salido para el Castillo. Con esta noticia partieron acelerados por si podian alcanzar a yncorporarse con ella antes de llegar a dicho Templo de la Santisima Cruz por escusar la nota que pudiera causar al publico la novedad de ver entrar en dicho Templo los dos Cuerpos separados, quando siempre han ydo juntos; lo que no se pudo conseguir, pues lo mas que pudieron abanzar solo alcanzó a ver los clerigos que presididos de Don Alfonso Vibiente, teniente de cura, subian la Cuesta y con efecto entraron en dicha Yglesia de la Santisima Cruz algun tiempo antes que llegase la Villa, siendo de notar que llegando esta a la placeta de la portada del Templo dio las nueve el relox de Santa Maria la Real, y estando dentro de el, dio tambien las nueve en el de la Villa y el de la torre de Don Diego Melgarexo. Y recelando que este evento no sea hijo de acaso ni ignorancia, y si meditado por dicho teniente de cura en desaire de la Villa, acalorado de algun resentimiento, pues ya en otras ocasiones se le ha notado bastante falta de politica».

Sucesos similares siguieron produciéndose hasta 1804 en que el Real Consejo de Ordenes dictó una Real Provisión declarando nulos las actuaciones del Vicario y ordenándole que no introdujera ninguna innovación en el culto y ceremonias de la Vera Cruz.