José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz

Entre los aromas y los sonidos propios de la Caravaca del ecuador del pasado S. XX, época a la que asiduamente me refiero, había uno especialmente singular que era el de las carpinterías diseminadas por la superficie urbana de la ciudad. El aroma
a aserrín y el ruido que hacían las sierras mecánicas en el interior de las carpinterías permanece aún en las fosas nasales y en los oídos de las gentes que éramos niños entonces, acostumbrados a un mayor silencio callejero. Era el carpintero hombre con el lápiz siempre en la oreja, manchada su ropa cabeza y cejas de aserrín, y metro plegable de madera en sus manos, a quien encontrábamos afanado en su trabajo en el interior del taller o andando aprisa por la calle, camino de alguna obra en la que andaba enfrascado.

Uno de los carpinteros de la madera, no ebanista ni tallista, sino como ellos afirman con orgullo profesional: de la madera, fue Luis Zarco Martínez, quien tenía la carpintería, heredada de su padre y legada posteriormente a sus hijos, en la actual calle del escritor Gregorio Javier, antes de Ródenas y antes aún de Melgarejo, haciendo esquina con la de Mayrena.

Luis Zarco, quien siempre atendió por su apellido, nació en Caravaca en julio de 1907, en el seno de la familia formada por José Zarco y Francisca Martínez, quienes establecieron su domicilio en la C. de Ródenas 16, en donde siempre vivieron y a donde también se fue a vivir Luís tras su matrimonio con Josefa Martínez Martínez el 6 de agosto de 1944, viniendo al mundo también allí sus seis hijos: Paca, José Luís, Pedro Antonio, Andrés, Mari Carmen y Paquita. La familia ocupaba parte de la planta baja (donde se ubicaba el comedor) y la primera, situándose la carpintería en el resto de la planta baja y, en ocasiones, ocupando parte del ensanche que la citada calle hace frente a aquella y que, popularmente, se conocía como el Rincón de las Notarias.

Durante muchos años tuvo como oficial y hombre de confianza a José Ansón, hijo de los panaderos de la C. Larga, incorporándose paulatinamente al trabajo sus hijos varones: José Luís y Andrés, haciéndolo finalmente Pedro Antonio.

El trabajo del carpintero comenzaba casi siempre en la cafetería Dulcinea, en el Círculo Mercantil, en El Comunicando o en otros bares en donde se les encontraba y se les encargaba la faena a realizar. Zarco era habitual de la primera de ellas a donde también acudían directores de banco y el resto de los oficios cada mañana, a la espera de hacer negocio, cada cual en su ramo, compartiendo café y tabaco.

El horario de la carpintería era similar al del resto del comercio: de 9 a 14 y de 16 a 20; sin embargo había épocas en que se trabajaba de noche, en horas en que la luz eléctrica venía con más fuerza y la maquinaria podía funcionar mejor. Su principal proveedor fue siempre el almacenista de madera murciano Alejandro Delgado, auque a veces, cuando escaseaba el material, había que recurrir a almacenes del puerto de Valencia, para lo que se unían varios carpinteros de la ciudad. Los tablones llegaban a Caravaca a través de la empresa Transportes Navarro, cuyos camiones descargaban el material bloqueando la calle de Ródenas, sin que por ello se produjeran los atascos de tráfico que el lector joven podría llegar a pensar. Eran tiempos a los que me refiero en que apenas había vehículos por las calles de la ciudad.

Fueron innumerables los clientes habituales de Luís Zarco, entre ellos los hermanos Pedro Antonio y Rafael Orrico, para quienes fabricó la marquesina del Cine Gran Vía, inspirada en la del Palacio de la Música de Madrid. También Arturo Rigel a quien le trabajó la obra de carpintería en su finca de La Tercia de Singla. José Manuel Caparrós a quien hizo la obra de sus distintas sastrerías. Pepe Marsilla (el chalet del Camino de Mayrena). Pedro Antonio Melgares, el Conde de Peñalva José Febrel, el primer polideportivo (La Loma) y la Residencia de Ancianos del Camino de Mayrena entre otras muchas cuya nómina excede la extensión de un texto como este.

Aunque hizo muebles por encargo, lo suyo era la madera. Actuó como perito judicial en el caso del robo de la Cruz en 1934 e hizo varios ataúdes para los asesinados en El Castillo durante la matanza ocurrida la noche del 1 al 2 de octubre de 1936, recordando como algunos de los cadáveres a los que tomó medida tenían mutilados los dedos de las manos en los que antes hubo anillos o sortijas de valor.

Aficionado empedernido a la Fiesta Nacional, viajaba a todas las plazas posibles con amigos como Paco Rodríguez, Joaquín López Battú, Pedro Luís Angosto y otros, siguiendo especialmente al torero Antonio Ordoñez. Entre sus amigos de tertulia y barra de bar se recuerda a Amadeo Caparrós, el Rojo Romeral, Perico Peta, Juan Álvarez, Pedro Antonio Moreno, Francisco Capitán España, Juan Firlaque, Bartolo el de los Muebles, Antonio el Ceheginero, Antonio Beltrán, José el Pecas y Julianico el de la Tienda entre otros, gustando de la partida al dominó cada tarde, después de comer, con Higinio Carrascal y Juan Álvarez, en el Circulo Mercantil o en los salones interiores que entonces había en la cafetería Dulcinea.

Siempre se llevó bien con el resto de los colegas de la madera, quienes a veces utilizaban su sierra mecánica para cortar. Entre ellos Agustín Llanas (que tenía su taller en la C. del Colegio), Juan Firlaque (en la C. Nueva), Demetrio Espallardo (en la Carretera de Murcia). Los Mixtas (en la C. de Las Monjas) Pascual el de las Casas Baratas (en el Camino del Huerto) y el Gallico (hermano del anterior).

También siempre se llevó bien con sus vecinos de calle: D. Emilio Sáez, Las Moricas, D. Ezequiel (a quien vendía el aserrín para la estufa doméstica), D. Pedro Antonio Melgares, Paco Guillamón (el Brigada), Orencio Bravo, D. Enrique Richard, las Notarias, Juan el Naranjero; El zapatero Culón, Simón el de la Panza y el Tío Garrampón entre otros habitantes de una calle mucho más poblada entonces que en la actualidad.

Fue colaborador de la Cofradía de la Stma. Cruz con varias de sus juntas representativas, haciéndose cargo del reparto del vino a medio día de cada dos de mayo, tal como entonces se hacía; y con la Semana Santa restaurando imágenes deterioradas durante la Guerra Civil, entre ellas la de Ntro. Padre Jesús de la ermita de Santa Elena.

A Zarco aún se le recuerda como un virtuoso de la madera, perfeccionista en su trabajo y atento y cuidadoso con la clientela. Aquejado de una dolencia lumbar falleció en su casa el 8 de marzo de 1978, con la satisfacción de haber visto trabajar a sus hijos en el oficio que heredó de su padre y sabedor de la prolongación hasta la tercera generación en un trabajo que hoy atienden quienes la forman, con otros conocimientos y otros medios que él no llegó siquiera a intuir.