PASCUAL GARCÍA

Mis abuelos no sabían leer ni escribir, mi padre leía un poco, lo que le permitía disfrutar de mis libros y de mis artículos, y escribía mal, y mi madre leía y escribía con cierta soltura. En aquellos años resultaba normal el analfabetismo como un precipitado de la posguerra, no como un insulto indeseable, sino como una realidad emanada de un periodo de nuestra historia muy difícil, en el que bastaba con mantenerse en pie y sobrevivir. Esto provocó que haber pasado hambre y no tener cultura, porque no habían tenido ni pan ni escuela, fuese una noble dignidad de los hombres y de las mujeres de aquella época, pero eso no quiere decir que reivindicaran en ningún caso esta carencia involuntaria y que no apreciaran el valor indefectible de la cultura y de los libros. Recuerdo haberles leído de crío a toda mi familia en repetidas ocasiones y recuerdo sus rostros de asombro, porque leer en voz alta, clara y con sentido era un logro inusitado entonces, cercano a la sabiduría absoluta.

Ninguno de ellos se hubiese atrevido a proclamar a los cuatro vientos su inepcia, y menos aún con orgullo, porque su sabiduría consistía en saber que no habían podido tener acceso al conocimiento pero que no lo rechazaban, sino todo lo contrario y, sobre todo, admiraban a los que habían tenido la suerte de formarse. La educación y la cultura eran fundamentales para ellos.

No he visto unos ojos mirando con tanto amor y tanta fascinación al que demostraba su saber que los de mi abuelo Pascual y los de mi madre. Es posible que hoy hayamos perdido en parte esa estima, quizás porque ya nos parezca normal entre los jóvenes de las nuevas generaciones, pero es posible, y esto es lo peor, porque hayamos perdido la conciencia de ese mérito, hayamos invertido la escala y estemos volviendo hacia posiciones de ignorancia manifiesta y de barbarie pregonada.

Jamás presumí de saber injertar un árbol o podarlo porque nunca tuve esos saberes y ni siquiera mostré aptitudes, facultades o interés por ellos. Mi padre era el que se encargaba de esos menesteres y yo acataba con respeto su magisterio. Era el dios de la tierra y de los animales y yo, un simple peón. No me duelen prendas en confesar este extremo, pero no me envanezco de ello porque pude haber aprendido más de esos asuntos.

De unos años a esta parte se han puesto de moda los escritores iletrados, ramplones, mostrencos y sin demasiadas luces, pero es que además van presumiendo de ello como si se tratara de un activo de la inteligencia, de la sensibilidad o de su propia biografía.

Entonces me acuerdo de mi padre y de tantos hombres de su época y me pregunto por lo que me diría si me dedicase a comprar ovejas, a calcular la cosecha de albaricoques de una finca para comprarla o a injertar melocotoneros, si me viera en medio de una discusión acerca de la siembra y el cuidado de las patatas o de la verdura, si me atreviera a rectificar al hombre que poda sus oliveras o riega su hortaliza con el agua de la comunidad.

Mete tu cabeza en tus libros, hijo, escribe tus poemas y tus novelas, imparte tus clases cada curso y deja trabajar a los que saben en lo suyo, zapatero a tus zapatos, algo así me diría para evitar que metiera la pata, hiciera el ridículo o perdiera el dinero. Si me lo dijera mi padre o cualquier hombre de su tiempo y de su condición todo estaría bien, pero si yo se lo dijera a una persona que escribe y publica un libro a todas luces mediocre, que se fotografía en Internet con unos versos lamentables o que hace gala en público de su incultura manifiesta, me contestarían que eso no me importa, que tienen derecho a expresarse y que en su caso el analfabetismo es una virtud y no un desdoro.

Y así nos va