TANIA ROS SÁNCHEZ/Presidenta Comite Regional JSRM

Has quedado para cenar con dos amigas. Quedáis y pactáis: “¿quién se lleva el coche esta noche? No nos vamos a recoger andando y solas”. Porque hay ganas, sí, pero también hay miedo. “Y a ver dónde vamos, a quién vemos, a quién nos encontramos”, porque suele pasar que te reencuentras con alguien que te ha insultado por actuar con libertad. Que si golfa, que si zorra, que si puta. O mala madre, o mala hija, o mala novia. Mala, en suma. Mala, con “m” de “mujer”.

Tania Ros en un foro de debate de la Escuela Feminista

¿A qué mujer no le ha pasado por la cabeza? Que antes de salir estamos pensando ya en recogernos. Que cuando estamos fuera, deseamos que alguien nos acompañe a casa. Y ese alguien no puede ser cualquiera, que tiene que ser alguien de confianza. Que tenemos pánico. Que nos da vergüenza vestirnos con libertad, porque lo que opinan los demás nunca ha estado de más. Que si mucha ropa: “eres una monja”. Y si te atreves un poco más: “va provocando”. Porque no nos engañemos, romper con los estereotipos de género implica “atreverse”, como si nos estuviésemos enfrentando a algo desde una posición defensiva. Como cuando sales y está lloviendo, y te atreves a mojarte. O si tomas una cuchara de un cocido recién hecho, y te atreves a quemarte. Pues de igual forma si salimos/decidimos/actuamos/hablamos con libertad: te atreves a que te juzguen.

De esas tres amigas que se sientan a cenar, una al menos ha sufrido violencia psicológica o sexual por un hombre, especialmente por una pareja sentimental. Y no lo digo yo, lo dice la ONU, y la cifra es mundial. De igual forma, cuando se sientan tu madre, tu abuela y tu tía. O tus dos hermanas y tu madre. O tus tres hijas. La cifra es aterradora: una de cada tres mujeres sufre abuso por ser mujer.

Nacemos y automáticamente se nos impone un rol estereotipado. Sufrimos la discriminación desde la cuna. Afrontamos la vida desde la sumisión. La desventaja que evidenciamos no nos parece ya tan rara. Todo lo que nos pasa siempre tiene una explicación. Porque si te controla, te quiere. Porque si te cela, te ama. Porque si quiere que no te pongas esa ropa, te protege. Y si te pega, es porque no está bien. ¿Y si te mata? ¿Qué pasa si te mata? Y que ahora digan que la violencia no tiene género. No solo sí lo tiene, sino que lo usa para torturar, explotar, persuadir, humillar, ridiculizar, abusar, violar, extorsionar, prostituir y matar. Esa es la realidad. Una realidad que nos asola, nos atormenta. La realidad de que por el hecho de ser mujer nos están discriminando. Que nuestros pasos están limitados, que nuestro futuro está en el aire porque no todo va de “vocación”. Que no alcanzamos los puestos que merecemos. Y salir de nuestras casas nos genera culpabilidad. Y cuando alcanzamos responsabilidades profesionales, nos sentimos impostoras y no creemos merecerlo, ni creemos ser líderes. No nos vale con nuestros triunfos porque quien abajo firma siempre ha sido “anónimo” y “¿dónde voy yo ahora?”.

Esas tres amigas que quedan a cenar sufren en sus carnes la carga de ser juzgadas y de ser discriminadas por el hecho de ser tres mujeres. Y mientras las usan de reclamo, entrando gratis en la discoteca, se sienten mercancía. Y tienen miedo. Tenemos pánico, porque sentimos que nuestras vidas no tienen sentido por sí mismas, sino por el sentido que les da el resto. Porque somos “seres para los otros”, mujeres al servicio del mundo. Que hemos construido el estado de bienestar a base de cuidar del resto. Trabajando gratis, o como se dice aquí: “ni pagado ni agradecido”.

Esas tres amigas se acompañan esta noche a casa. Blindadas en un coche con el miedo de que algo les pase. Preparando las llaves de casa antes de salir disparadas al frenar. Con la invasión de terror en su piel por lo que pueda pasar. Y entran en sus casas soportando el peso del machismo, y la violencia que produce. Y se dan la enhorabuena por llegar sanas y salvas a casa. Y mientras la última amiga no llega a su hogar, las dos se desesperan en sus camas. Pero todo el miedo cede, todo el miedo acaba, cuando reciben el mensaje tan esperando: “ya estoy en casa”.