Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

En septiembre volvíamos a la escuela, algunos más convencidos que otros, la verdad. Ahora pienso que muchos lo pasaron fatal, que la escuela no fue para ellos un lugar fácil ni cómodo como no lo fue para mí el patio de gimnasia. En realidad, he pensado mucho en ellos en estos últimos treintaicinco años de profesor, porque los he tenido a mi lado, frente a mí y no he tenido más remedio que imaginarlos en aquel tiempo de penuria escolar, de exceso de disciplina y de continuos errores pedagógicos. Ahora puedo decir que nunca me pegó ni me castigó un profesor de un modo severo, y en cambio yo veía que eran casi siempre los mismos quienes se la cargaban, no por ningún tipo de animadversión personal del docente, sino porque en cualquier aula había un grupo de inadaptados, despistados, hiperactivos, con problemas de atención, con niveles intelectuales bajos, que hoy se tienen en cuenta, pero que entonces engrosaban lo que de una manera burda y cruel  se denominaba el pelotón de los torpes. No era culpa solo de los maestros, era parte de una ideología social y política que solo premiaba a los más fuertes y que abandonaba a su suerte al resto, en el fondo a la mayoría, porque cuando uno tiene experiencia en estas lides, sabe que solo unos pocos de cada curso sobresalen verdaderamente.

Entonces padecíamos todos en la escuela, pero padecían mucho más los que no se desenvolvían del todo entre números, reglas de la tilde, ríos de España y nombres de reyes, los que recibían siempre el castigo ejemplar para que los otros atendieran a la clase por puro miedo. Yo era incapaz de regatear al contrario con el balón en mis pies, chutar a puerta y meter un gol, pero atendía las explicaciones del maestro en clase, entendía muy pronto sus razonamientos, llevaba la lección aprendida cada jornada y realizaba el examen con corrección y aprovechamiento.

Mi primer maestro había sido mi padre y mi padre, créanme, no era un maestro complaciente, aunque no me pegara jamás. Por eso, cuando llegué a la escuela, ya sabía que aquello iba en serio y, de alguna manera remota, que todo revertiría en mi beneficio, en mi vida futura, pero sobre todo poseía las armas para sobrevivir en el ambiente más hostil de aquellos días, la escuela, regentada por un maestro hosco o por una maestra avinagrada, con demasiadas reglas de convivencia que nunca tranquilizaban el ambiente, más bien al contrario, predisponían a los más díscolos  en contra de los maestros más nobles y sensatos, y creaban una atmósfera bélica irrespirable.

Ahora los observo sentados en sus pupitres y cada año me digo que no son mis enemigos, que deben estar bien en el aula o no van a aprender nada, por eso no solo imparto la lección pertinente, pido los ejercicios y realizo los exámenes que tocan,  alguna vez, si podemos, salimos al patio a leer El Quijote en el día del libro, contamos algún chiste, o si alguien sabe cantar o rapear, en alguna fecha señalada, van a la pizarra y lo hacen delante de sus compañeros.

Siento que mi misión es enseñarles algo de la vida, pero que también soy responsable de que no lo pasen mal en mis clases, de que aprendan a respetar sus opiniones, sus credos, su condición sexual y sus ideas, y muchas veces los miro fijamente y me pregunto cómo recordarán estos días de formación en el instituto, qué se les quedará para siempre, ¿los sonetos de Garcilaso o el ambiente de tolerancia y educación que he pretendido transmitirles en estas últimas tres décadas?

En la respuesta a esta pregunta reside nuestro porvenir.