Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Entre las primeras sorpresas ingratas que sufrí al llegar a Murcia a principios de la década de los ochenta, la más desasosegante y desagradable fue el espectáculo frecuente de la mendicidad. Uno venía del pueblo y no estaba hecho a determinadas escenas, que parecían extraídas de alguna novela de Pérez Galdós como la magistral Misericordia. Te encontrabas a ancianas, mujeres y tullidos nada más descender del autobús en la estación o a la salida del edificio, con las manos extendidas y desgranando una salmodia de compasión y picaresca a la vez. Después, conforme te acercabas al centro, proseguía la sucesión de pedigüeños varios, apostados en los umbrales de los bancos o bajo los aleros de los edificios, empeñados en rebañar unas monedas, cuyo fin no tenía por qué ser honorable. Con los años comprendí que el clima bonancible de la ciudad daba cobijo e invitaba a un buen número de marginados sociales a los que reconozco no haberme acostumbrado todavía. Por principio y por un sentido social de la honradez nunca doy limosna. Me avergüenza incluso que un ser humano como yo se rebaje ante mí para pedir algo que debería poseer por sus propios medios en un país libre, moderno y desarrollado.

Sé que a estas alturas del siglo no falta el trabajo para el que lo desea y que la mendicidad en las calles es una lacra que deberíamos desterrar. Pudiera parecer una idea excesivamente estricta, pero yo creo, en cambio, que es una postura humanitaria, en la que se aúnan la solidaridad y la justicia.

En mi infancia me enseñaron que el trabajo dignifica a la persona y en Moratalla no se mendigaba por las calles, a pesar de la pobreza o de la estrechez en la que vivíamos la mayoría, porque hombres y mujeres no renunciaban nunca al trabajo y se ajustaban a los escasos ingresos en los malos tiempos. Evitábamos vivir del cuento, acaso porque nuestros mayores habían conocido una época atroz de hambre, penurias y persecuciones políticas y su único legado había sido un conjunto de relatos, anécdotas y crónicas en el que se daba buena cuenta de un país miserable azotado por casi todas las plagas bíblicas.

Ahondando en la Historia descubrías que España había sido todo un Imperio durante un par de siglos, que nos habíamos traído toneladas de oro y plata de las Colonias en barcos que terminaban naufragando por el peso del metal o por los ataques calculados de los piratas a sueldo de la Gran Bretaña. Y, sin embargo, ejércitos de pordioseros harapientos y desahuciados cruzaban la península cada día en busca de un acomodo, una prebenda o unos maravedíes a cambio de sus muchos servicios a la Patria en las guerras contra todos los infieles del mundo. El poco dinero que llegaba al puerto de Sevilla, era embarcado de nuevo en dirección a Flandes o a Venecia donde debíamos pagar a los banqueros europeos nuestras muchas deudas.

Novelas como Lazarillo de Tormes,Don Quijote de La Manchao El Capitán Alatristeinforman bastante bien al respecto. Por lo demás, todo lo que cuento pertenece a la Historia de España y está en los libros.

En 1980 yo no estaba habituado a que alguien se me acercara para suplicarme unas monedas. Era como volver a un pasado que ni siquiera yo había vivido más que en las crónicas orales de mi familia. Sin embargo, no deduje de este estado de cosas que la ciudad de Murcia fuese más pobre que Moratalla, el pueblo de donde venía. Era otra cosa, la sensación de que en las ciudades (luego lo he ido confirmando en mis viajes) se percibe con más intensidad la marginación y la miseria, pues junto a ellas se levantan edificios luminosos, opulentas avenidas y grandes plazas. La belleza y la elegancia conviven con la mugre y la basura y este contraste nos perturba de un modo radical.

En mi infancia y en mi juventud no había pobres de solemnidad en las calles de mi pueblo. Había trabajadores humildes decididos a ganarse el jornal todos los días, mujeres capaces de hacer el milagro de los peces y los panes cada amanecer, muchachos que arrimaban el hombro a la economía familiar en la medida de sus posibilidades, abuelos que ayudaban con sus escasas fuerzas y sus exiguas rentas al devenir de la casa común, en la que convivían con los hijos y con los nietos.

Moratalla no era la Arcadia Feliz ni el Paraíso Perdido, pero cuando yo pisé la ciudad de Murcia por primera vez, constituía el único referente de una inocencia que el tiempo, ese sicario implacable, se encargaría de arrebatarme muy pronto.