Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Escribir fue en el fondo un refugio en el que me guarecía desde muy pequeño, como entraba en el universo insólito de un libro, mientras el frío, la tristeza y la monotonía de la vida quedaban fuera, en el otro lado del mundo.

Antes de nada escribir fue un sueño y no podría asegurar en qué instante, a qué edad, se fraguó en mi cabeza esta rara vocación de reunir palabras para convocar su magia. Tuvo que ser algo parecido a esto, ahora que lo pienso. Un niño que imagina argumentos, relatos ficticios, mentiras de la imaginación es un niño un tanto solitario que juega consigo mismo.

No tuve más opción que jugar solo hasta que me fue permitido salir a la calle y hacer amigos en aquellos inviernos feroces de Las Torres y el Castellar. Mi padre andaba de tratante de ganado por el campo durante la semana y mi madre atendía la casa y cuidaba de mí sin cesar de vigilarme. No puedo reprocharle a ninguno que no me dejaran salir con absoluta libertad por un barrio de áspera y peligrosa orografía, aunque poblado de buena gente. En aquellos años los padres no jugaban con sus hijos porque ni tenían tiempo ni les parecía importante.

Concebí innumerables narraciones con aquella media docena de indios y vaqueros que me habían traído los Reyes Magos una Navidad. Hablaban entre ellos, se batían a duelo, corrían arriesgadas peripecias, llevaban a cabo misiones de suprema importancia, montaban a caballo, se salvaban o morían en el espacio inconmensurable de la cocina de mi casa, debajo de la mesa y de las sillas, en los rincones más intrincados. Fue mi teatro particular, mi primer gran entretenimiento antes de que la lectura y los juegos con mis vecinos en la calle ocuparan mi tiempo libre.

Jugar con aquellas figuras de plástico constituyó el principio de mi carrera, precaria aún, de escritor. Adquirí la pasión por contar historias, por inventarlas y acabé por vivir en ellas como el pobre Alonso Quijano vivió su lamentable peripecia de caballero andante sólo porque había leído demasiados libros de caballerías. En fin, yo jugué mucho solo y terminé escribiendo solo, porque es lo que tiene esta tarea de creador. Desdeña la compañía, los ruidos, la muchedumbre e incluso la luz. Miguel Espinosa solía escribir en un cuarto con las ventanas cerradas, aunque fuera agosto, para que no entrara el sol de la calle y en el magistral relato de Henry James, La lección del maestro, el escritor mayor muestra al joven su lugar de creación en un sótano aislado del mundo entero y le explica lo que ha de sacrificar para llegar a ser uno de los grandes.

Miguel Delibes en uno de sus discursos, con motivo de alguno de los importantes premios que recibió, se refería a la vida que había perdido, consumida en atender la vida de sus personajes. Al escritor se le va el tiempo, mientras centra su interés en el tiempo de sus criaturas. Y, sin embargo, una fuerza misteriosa y potente te arrastra al folio en blanco o a la pantalla negra del ordenador. No es tu voluntad del todo, es un mandato que viene de más arriba y al que no hay más remedio que obedecer. Yo lo hice desde muy pequeño, a ciegas, sin saber qué podía salir de aquel deseo, con la precariedad de un escritor novato, que leía mucho pero que no había vivido apenas nada, con la inmadurez de los instrumentos indispensables para afrontar la redacción de una novela o pergeñar un libro de versos.

«La claridad viene del cielo», escribía con esa clarividencia entusiasta el poeta zamorano Claudio Rodríguez. Ignoro todavía hoy de dónde me vino a mí la orden de emborronar hojas en blanco y dar a la imprenta una decena de libros. Pero de lo que sí estoy seguro, ahora que ha pasado lo peor, la incertidumbre de la adolescencia y la fragilidad de una juventud que no acertaba con la ruta conveniente, es que desde mis primeros años tuve la absoluta convicción de que se me había encomendado la incómoda labor de observar el mundo y a los hombres desde una perspectiva distinta para contar los enigmas que los otros desconocían.

Ésta y no otra ha de ser la faena de un escritor que se precie, en verso o en prosa. Meter las manos en la hondura humana, mancharse con la verdad de nuestra compleja y a veces turbia condición, no retirar el rostro de la tristeza o del mal, arrostrar el destino que se nos ha impuesto como una maldición. Y contarlo todo, lo que gusta y lo que repugna, la comedia o la tragedia, el amor y la muerte. No es un cometido fácil. Lo sé. Nadie dijo nunca que lo fuera.