Pedro Antonio Martínez Robles

Cuando éramos unos críos, y aun bien entrada nuestra adolescencia, mi padre tenía la costumbre de cortar unos trozos de una caña licera para hacernos con ellos unas castañetas. Yo lo veía hendir con la navaja el tallo grueso y curado en un corte longitudinal por el centro del anillo y vaciar luego con mucha paciencia una de las mitades del cuerpo de la caña entre dos nudos para hacer la lengüeta de la caja de resonancia. Él nos enseñó a fabricarlas y él nos enseñó a tocar ese instrumento rudimentario que sólo lo hacíamos sonar por Navidad. Yo, con más o menos fortuna, también me aventuré en la construcción de alguna castañeta, pero ha sido mi hijo Eliezer quien ha demostrado mayor pericia en su elaboración. Guardo un canasto lleno de ellas, casi todas fechadas; la más antigua lleva marcada en el interior la inscripción 24-12-1979, y la guardo como una reliquia, como guardaba mi padre aquella carrasca de madera muy tostada y vieja, muy pulida, en cuya lengüeta figura la fecha de 1937. No sé por qué guardo tantas castañetas; es como si con ellas quisiera retener un tiempo tan breve, tan fugaz como el de una sola noche: la de Nochebuena de cada año. Cualquier día, como casi todas las reliquias sin utilidad alguna, todas esas cañas han de acabar en la hoguera del olvido.

La castañeta es un instrumento muy delicado, muy frágil, y basta con tocarla en sentido contrario para que la lengüeta acabe partida y el instrumento en la lumbre. El día 24 de diciembre de 2010, celebramos, como era costumbre, la cena de Navidad en la casa de mis padres, y también como era costumbre, después de la cena mi padre sacó su vieja zambomba y sobre la mesa, abastecida de aguardiente y dulces navideños, surgieron las castañetas. Hubo un momento en que mi padre dejó a un lado la zambomba y tomó una de las castañetas para tocarla, y ante el asombro de los que estábamos muy cerca de él, lo hizo en sentido contrario. Mi hermano Juan Carlos no pudo ocultar la contrariedad que aquel gesto le produjo; <<¡Pero cómo estás!>>, le dijo, tomando la castañeta de sus manos y colocándola en el sentido correcto, y yo vi en los ojos de mi padre una especie de incomprensión, una triste lejanía.

Aquella noche mi padre no nos acompañó en la acostumbrada ronda de villancicos a casa de los vecinos; dejó a un lado la zambomba y salió hasta la puerta de la calle, pero no vino con nosotros. Cuando salimos de mi casa llevábamos la emoción contenida y silenciosa de una Nochebuena más y él se nos quedó mirando mientras nos alejábamos; no sé qué pensamientos ocuparían su cabeza en ese instante en que nos vio partir –ahora sé que por última vez– aquella Nochebuena de 2010, ni sé si aquel modo equivocado de tomar la castañeta de quien nos enseñó a construirlas y tocarlas fue una señal de lo que inevitablemente había de venir: un ictus lo apartó para siempre de nosotros apenas dos meses después de aquella noche. Entre el canasto de castañetas que guardo, y sólo alcanzo de año en año de la parte superior de un armario, no he encontrado ni una sola fechada después de aquella Nochebuena, y tengo también la sensación, de que ninguna de ellas suena ya igual.

 

11 de diciembre de 2021