PASCUAL GARCÍA

España ha cambiado tanto en unas pocas décadas que apenas si reconocemos ya ciertos modos sociales de otra época, sobre todo cuando los vemos reflejados en viejas películas de valor más antropológico que puramente estético. A Moratalla le ha pasado otro tanto como a todos los pueblos.

En mi infancia una mujer daba la talla, cumplía con el modelo femenino establecido si era en toda la extensión del término una mujer de su casa, es decir, si sabía cocinar, realizaba las tareas del hogar, estaba dispuesta a tener hijos y a criarlos, ayudaba al marido en el trabajo y se comportaba con la discreción y el recato de una buena esposa,  a la que no se le toleraba tomar demasiadas iniciativas, llevar la voz cantante en algún asunto o decidir sobre un tema crucial; de hecho casi siempre era el marido el que la proveía de dinero para los gastos de la semana, el que llevaba a cabo los negocios fundamentales, como comprar una casa, adquirir tierras o disponer sobre los hijos. Por supuesto que la realidad, en muchos casos, era otra cosa bien distinta, pero de pequeños todos sabíamos que el arquetipo de mujer eran nuestras madres y aunque por ellas no sentíamos más que ternura y un inmenso cariño, al resto de las chicas las juzgábamos según aquel patrón.

A la mujer de su casa debía corresponderle un hombre trabajador, a ser posible honrado y bueno, pero al menos que no bebiera en exceso, que no jugara, que no maltratara a su compañera y que se levantara cada amanecer para afrontar las tareas del día, los trabajos en la huerta, la siega del tallo en el monte, el cuidado de los animales, o esos jornales que de vez en cuando le iban saliendo y con los que acrecentaba los ingresos de la casa, pues aunque no ganaba demasiado, le acompañaba una mujer decente y ahorrativa, que miraba la peseta, que gastaba lo imprescindible, y  nunca en ella misma, que no salía como su marido a los bares por la noche y que siempre se la veía, en los días de fiesta, junto a sus hijos y a su compañero.

Era una gran cocinera, que combinaba la tradición, el buen gusto y la economía, tenía la casa como los chorros del oro, que era un símil casi renacentista, no consentía que él hiciera nada de las tareas domésticas, porque para eso estaba ella y, por supuesto también, para satisfacer los apetitos de la carne (fundamentalmente los de él, ella tenía menos  claro, apenas si se los podía permitir) y festejar, al menos un día a la semana, el suceso  de la vida y su inexcusable júbilo.

Tampoco era moco de pavo lo del hombre; protegía la casa de cualquier enemigo extraño, dirimía los conflictos domésticos, traía el  dinero para mantener a la familia y no debía retroceder ante cualquier peligro que la acechara, porque era él el encargado de defenderla, también era el que imponía los peores castigos a los hijos, sobre todo los físicos, y el que a la larga habría de despertar en ellos cierta antipatía, pese al cariño paternal.

Una mujer de su casa era el pilar de la familia y un hombre trabajador era el motor, la espoleta y el detonante de la existencia diaria, aunque no supieran bien por qué hacían todo aquello, por qué copiaban al pie de la letra los comportamientos repetidos de sus mayores, buenos o malos, adecuados o inadecuados, hasta que la vejez los confinaba en las sillas de anea junto al fuego de la cocina en invierno y junto a la puerta de la casa en verano, eso para él, el patriarca, porque ella no pararía de bregar hasta el día en que cayera enferma en la cama  o la muerte se la llevara de repente.