Juan Antonio Sánchez Giménez.

El martes 17 de octubre el premio nacional de narrativa de 2017 recayó en el escritor donostiarra Fernando Aramburu por su último libro, Patria. Precisamente cuando me enteré tenía ya casi terminado este artículo para El Noroeste sobre el libro que me acompañó en el pasado mes de agosto, que me cautivó y que es sin duda los éxitos editoriales del año en España. Magníficamente redactado y organizado en 125 capítulos cortos que le dan un ritmo trepidante es un maravilloso y también crudo fresco de una sociedad vasca desgarrada por el terrorismo hasta hace muy poco tiempo y cuyas heridas aún perduran. La historia tiene como eje a dos familias de una pequeña población de Guipúzcoa sin determinar, que bien podría ser cualquiera de los que forman parte de los feudos de la izquierda abertzale. Ambas familias, que en principio compartían una amistad íntima se separan cuando uno de los protagonistas (el Txato) recibe amenazas de ETA. Y es que el hijo mediano de la una de estas dos familias de amigos íntimos ingresa en la banda terrorista, claramente influenciado y llevado por el entorno del pueblo donde el mundo proetarra impone su orden y la omertá y el miedo son tan omnipresentes como la lluvia o el verdor de los montes.

Abundante en escenas costumbristas y dando saltos en el tiempo recrea como nadie los diversos ambientes en los que se mueve la trama; desde el casco viejo de San Sebastián a las fiestas de los pueblos que sirven como escaparate a la banda criminal, pasando por la Bretaña francesa, Mallorca o Zaragoza. Ambientes y momentos plasmados con tal certeza que pueden causar al lector un nudo en la garganta de tristeza o indignación, amen también de una media sonrisa ante situaciones en las que aparece el rostro humano y amable de la vida, sea cual sea la situación.

Pero motivo por el que considero Patria como una obra muy recomendable es la necesidad del reconocimiento y de no olvidar a las miles de personas que han sufrido esta barbarie. Afortunadamente el terrorismo ha cesado y aunque se habla de la derrota de ETA, la impunidad y el blanqueo de la barbarie parece abrirse paso en medio de una amnesia colectiva. Quedan aún 300 casos sin resolver (Iñaki Arteta ha dirigido recientemente un documental con dicho nombre que es un grito por la justicia), por no hablar del éxodo de los aproximadamente 200.000 ciudadanos vascos que han tenido que dejar su tierra debido a la presión de la banda y su entorno. Y es que las amenazas, pintadas, miradas de odio, insultos diarios incluso profanaciones de tumbas de víctimas (por ejemplo la de Gregorio Ordoñez) tuvieron algunos de los efectos que sus autores deseaban; es decir, la limpieza ideológica de la sociedad vasca y buena parte de la navarra. Con la alteración censo electoral se lograría conformar una sociedad completamente nacionalista tal y como el propio Arnaldo Otegi afirmaba con gran desazón cuando se anunció en 2013 la reforma que permitiría votar en las elecciones vascas a las personas huidas por la persecución y acoso de la banda “Claro, ¡todos los txakurras pueden votar! Claro ¿Qué va a venir, la Guardia Civil aquí?… y todas sus putas familias. Sí, claro, claro”. He aquí una auténtica declaración de intenciones de este criminal que ahora pretenden desde ciertos sectores ideológicos hacer pasar por político respetable y represaliado por el Estado español. Hacia la misma línea (y es solo otro ejemplo entre muchos) iban las declaraciones de la vergonzosa entrevista realizada por el diario El Mundo en octubre de 2014 al terrorista Josu Zabarte llamado El carnicero de Mondragón (condenado a 29 años de cárcel por 17 asesinatos); Cuando pasas la vida en prisión, la duda es cómo encontrarás la calle y cuando llegas a la calle, te das una vuelta por aquí y por Navarra, y piensas ¡qué satisfacción!.

Con la lectura del Patria y su cotejo con estas y otras noticias uno se pregunta muchas cosas; si esta son las sensaciones del terrorismo etarra aparte de estar en las instituciones, ¿de qué derrota se habla?. ¿En cuantos lugares se rinde homenaje a estos asesinos impunemente como si fueran héroes? En cuantos lugares han logrado llegar gobernar (y siguen gobernando) sus marcas blancas gracias a esta limpieza étnica?. ¿Por qué hay gente que tiene la vileza (y no solo en el entorno abertzale) de poner a la misma altura a una víctima que a un asesino etarra?. ¿Cómo llevan el día a día las víctimas que viven en lugares donde se pueden cruzar en la panadería al asesino de su padre, por ejemplo?.

Es en definitiva Patria una lectura más que recomendable no solo por el mismo disfrute de su narrativa tremendamente ágil y adictiva, sino para conocer aquella realidad que es una buena parte de la Historia reciente de España, situaciones en las que nos podemos sentir identificados y reflexionar acerca de lo que es capaz de engendrar el fanatismo, el odio ciego y el adoctrinamiento, y sobre todo si realmente ha terminado bien esta siniestra historia que en mayor o menor medida nos afectó y nos afecta al conjunto de la ciudadanía española.