ANTONIO F. JIMÉNEZ/FOTOGRAFÍA: ANTONIO PÉREZ ABRIL
En cualquier idioma se podía haber dicho que Marcos y los Bubba Gump se entregaron y triunfaron la pasada nochSatisfechos (Antonio Pérez Abril)e del 23 de agosto, pero la música emplea su propio idioma universal y la gente respondió con aplausos enfervorecidos y a una chica hasta se le hizo un callo y un poco de sangre en la mano de tanta efusión. Pero es que era para eso. El éxito de los músicos fue algo incuestionable a la salida de la Casa de Cultura de Bullas, «pero no hay que parar, después del concierto siempre hay una sensación extraña; hay que seguir trabajando y luchando por lo que uno más sueña», comentó Marcos García, en la penumbra del escenario, cuando los aproximadamente 150 asistentes ya se habían marchado con las sonrisas y el ritmo de la noche en sus caras. La joven banda trajeada sonó, como dijo un bullero de raíz, muy de cojones.
Y es más, el músico caravaqueño Ángel Ninguno, amigo y maestro de Marcos García, que estaba por allí con su mochila y su barba, fichó a Alfonso Miguel López, el batería de los Bubba, para su banda de Folk: «Eres el batería que busco», y Alfonso, con su sonrisa ya más navarra, pues, que bullera, respondió: «Me voy a Pamplona dentro de una semana y media», pero a Ángel, deslumbrado, fue como si se le hubiera aparecido un ángel: «No, no, no. Tú no te vas».
Pero hubo más ángeles. A mitad del concierto, la luz se atenuó y Jesús Caparrós se quedó sólo en el escenario, con su bajo nuevo, de un negro fuerte como el de la piel de Bubba, tocando y cantando Drifting, un clásico de Jimi Hendrix, para el que lució una voz que sorprendió gratísimamente al público. Momento angélico también fue el de Tears in heaven, con ese ambiente azuleo de las luces, el vibrato del bajo, los punteos bohemians y celestiales de Maxi, el Baudelaire de la banda; la voz y los acordes acogedores y sentimentales de Marcos, los chasquidos con las escobillas de Alfonso Miguel, como si estos ángeles se hubieran subido al cielo de verdad. Pero a veces, ay, se bajaban a los infiernos del rock. The Band, Supertramp, Led Zeppelin, The Beatles. Y por supuesto el arcángel Marcos García, con un estilo tan suyo, llevando el timón del barco Bubba Gump, humorizando un acople: «Buenas noches, aquí estamos Jesús Caparrós, el acople y yo», notándosele el magisterio de algunos de sus músicos españoles que más le han influido: Pepe Risi, Loquillo, Los Platero, Leño. Luego, en los cambios de canción o al afinar un instrumento, imitaba la voz de Woody Allen: «Ehh, ¿conocen ese chiste? Dos señoras de edad…», o la de Fernán Gómez: «Estaba deseando que viniera usted para acá, ¡señoriiitooo!». Y Maxi dijo: «Si no estamos en silencio, no podré afinar». Y el auditorio estalló en risas. También las canciones de Marcos tienen ese regusto a la bohemia de Quique González; canciones tan profundas y exquisitas como Volverá la verdad, La reina del mar, Tengo frío y una que el título es toda la letra de la canción: La tristeza de la lluvia púrpura, instrumental.
En definitiva, todos disfrutaron, a todos se les pasaron las dos horas de concierto como dos segundos livianos. Todos canturrearon, todos dijeron algo, hasta un bebé que emitió algo ininteligible. Y Marcos le contestó: «¡Yeah!»