BASILIO PUJANTE CASCALES/@elsursumcorda

Ejerce Japón una poderosa fascinación en muchos occidentales. Sus tradiciones milenarias, la educación de su gente, su proteica cultura, su gastronomía y su tecnología cautivan a muchos europeos que idealizan el país y lo toman como un referente ético y estétPortada Un Viaje llamado vidaico. Sin embargo, la literatura de esta nación oriental no se encuentra entre las que mayor repercusión posee en España, salvo excepciones como el aclamado Murakami o el premio Nobel Yasunari Kawabata. Por ello, es encomiable la labor de la editorial asturiana Satori, que publica en exclusiva traducciones de libros japoneses, muchos de ellos recientes.

Dentro de su colección Satori Contemporánea, acaba de editarse este peculiar volumen de la exitosa escritora Banana Yoshimoto, publicado en su versión original en 2006. Esta peculiaridad a la que aludimos reside en la dificultad para ubicarlo dentro de un cauce genérico concreto, algo que, seguramente, sólo nos preocupa a los críticos literarios. Un viaje llamado vida se mueve entre el diario, la crónica de viaje y el ensayo (así es como lo define la autora en el epílogo) sin encajar en ninguno de ellos. La obra incluye una serie de reflexiones y anécdotas de Yoshimoto ordenadas temáticamente en tres secciones y escritas como a vuela pluma, con un estilo desenfadado y sin afán de trascendencia.
La primera parte del libro se centra en la temática del viaje, narrando historias o sensaciones que percibe en las visitas a países extranjeros. Varios de estos fragmentos están protagonizados por Italia, país con el que la autora posee una conexión especial y cuya vegetación, gastronomía o estilo de vida destaca frente a la japonesa. Es éste uno de los rasgos más atractivos del libro para el lector español: la visión, desde una perspectiva oriental, de la cultura europea. Lo mismo ocurre con los fragmentos sobre el país de la autora: se nos descubre un Japón alejado del cliché turístico y en el que se echa en falta la sencillez de los barrios de antaño frente a la vorágine actual de la capital tokiota.
Las otras dos secciones ofrecen una panoplia de temas relacionados con la vida de Yoshimoto, de especial interés para los seguidores de la escritora pero que, en algunas ocasiones, no despiertan la atención del lector. Hallamos en estas páginas reflexiones sobre la maternidad, sobre su estrecha relación con sus mascotas, referencias a los restaurantes a los que acude, etc. Posee el libro cierto carácter impresionista, justificado por la autora en el epílogo, que se matiza un tanto al unir textos de similar temática pero que provoca que algunas de las anécdotas contadas estén un tanto descontextualizadas o incluso repetidas. Este es el caso de la historia sobre la camiseta de Benetton que compraron Yoshimoto y una amiga en la India, que aparece contada tanto en la página 50 como en la 86.
En definitiva, Un viaje llamado vida gustará a los aficionados a la cultura japonesa que, además, se sientan atraídos por las reflexiones entre filosóficas y sentimentales de la autora. El libro está lleno de sus pensamientos y sensaciones y a veces no logra evitar cierta cursilería, lo que lastra bastante el conjunto de una obra que ofrece una visión original y desprejuiciada del Japón de comienzos del siglo XXI, pero en la que echamos de menos una mayor elaboración.