Sagrario Ruiz Baños

“Las cosas hay que hacerlas bien. Apretar el gatillo fue fácil, apenas un segundo” (p.171) Onofre nunca estuvo preparado para la vida, siempre fue un inadaptado que albergaba un rencor sordo hacia ella en la que siempre y de la que siempre se sintió un desertor, pero él no culpaba a nadie, ni siquiera a sí mismo, culpaba a la vida por no ser lo que él quería que fuese a cada instante. El trataba a la vida como a una amante y la vida se reía de él a carcajadas. Él lo sabía, por eso se mató. Fue su venganza. Las dos mujeres que poblaron su existencia, Irene y su madre; la primera era la vida, la segunda, la culpable y enloquecida y por ello muerta, de haberlo transportado desde el limbo hasta el infierno.

Esta es una novela que describe el triunfo de un hombre sobre la vida porque la vida es asentimiento, aceptación, optimismo, lucha, fuerza y coraje, valentía, decir no a lo que oprime y decir sí a lo que se desea y entregarse por completo. Onofre triunfa de la vida con su desamparo, su impotencia, su incapacidad manifiesta para entregarse, por eso se aleja y se venga de ella, triunfando con la muerte, una muerte que es el propio orden de la vida donde todos están muertos desde que nacen, porque su vida es un ir naciendo hacia la muerte, hacia los infiernos, ad inferos, porque la madre desde que pare muere con la muerte paulatina que es la vida del hijo y todo en él, en sus actos, pensamientos y voluntades, corre como un arroyo límpido hacia la muerte porque todos muertos están desde el principio y la novela es un viaje así hacia la nada, hacia la mar final que es el morir donde todos los que estaban muertos ratifican su muerte para toda la eternidad. Por eso no importa que desde la primera frase sepamos los lectores que el protagonista está muerto como sabremos al final que la madre lo estaba ya también y lo estará definitivamente como todos, porque el orden de la vida es el orden del sueño de la muerte y todos en la novela viven, en realidad un suelo que es muerte y no viven una vida sino una suerte de muertes que tanto da se inscriban en un tiempo o en otro porque la técnica de la novela corresponde en su desarrollo temporal no al tempus fugit sino al tempus vacui, tiempo vacío, ya que el tiempo no existe en la muerte, tan solo en la vida, el tiempo es el orden de la vida, el destiempo o acronos, el orden de la muerte.

El título de la obra es curiosamente el envés de la sustancia de la novela, atmósfera sin temporalidad, apenas unos hechos velados por la neblina, por la última neblina de la mortaja que matiza de principio a fin la novela. El título es el espejo velado del halo de la obra, pues nada hay velado en la vida sino las largas sucesiones de difuntos, que resultan ser Onofre, su madre y todos los que circundan su muerte anunciada. La vida no tiene orden, tan solo puede tenerlo la muerte. Onofre es un fue, un es y un será cansado. Para qué hablar de técnicas narrativas temporales en la novela, aburrir con los conceptos de flacbak, prolepsis, analepsis, anticipación, etcétera y demás blasfemias de la crítica literaria, en una obra maestra de Pascual García, para qué. Para qué hablar del dibujo psicológico de los personajes, si en ellos no hay vibración psíquica. Para qué hablar de acciones, si estas resultan lastradas por un ritmo macabro e impulsivo que rige lo marchito y son perfumadas por la podredumbre de la tierra que espera al difunto, muerto en vida, marchitándose en cada respiración. Para qué hablar de posibles intrigas relacionadas con la mafia de la droga y pesquisas policiales que involucran a Gerardo, el inspector cínico y acerico que muestra un extraño brillo de hoja de navaja refulgiendo en algunas páginas de la novela. Para qué hurgar donde solo hubo una pulsión de muerte y una vida en la que las cosas había que hacerlas bien desde la perspectiva del condenado en el corredor de la muerte.

Todo en esta obra de circularidad perfecta de Pascual García es un hálito lírico, un poético polvo en suspensión sobre una prosa pincelada con hermosura no usada de lo mortal y ceniza. El disparo del protagonista contra sí mismo no es otra cosa que el modo de zanjar por parte de Onofre la mera veladura  de la muerte para ingresar como miembro de pleno derecho en la secta adictiva de la todopoderosa, de la señora, del ama de todos los tiempos y espacios y personajes de la novela, de la emperatriz de la nada, la muerte soberana.

Aunque no nos engañemos, el escritor, un magistral Pascual García, en su plenitud creativa, sabe muy bien cómo hacernos intuir y vislumbrar incluso que el color de su satánica majestad no es el negro, vibrante, intenso, profundo, sino el ceniciento y mate. sfumato y gris, polvo y humo de lo que jamás tuvo vida y tan solo  apariencia fue de ella. Onofre no murió porque jamás había vivido. Incapaz para la vida, se acogió al orden automático de la muerte y así consumió un tiempo que ni siquiera le fue otorgado, porque el ser que no se rebela contra el silencio sordo de lo aparente jamás tendrá una segunda oportunidad sobre la tierra, sino bajo ella, y jamás sentirán sus oídos yertos el aura vibrante de lo que le fue negado y no supo conquistar por derecho propio. Mortal y ceniza. Un Pascual García en plenitud.