PASCUAL GARCÍA

En Moratalla un hombre corriente es un hombre como tiene que ser, no es vanidoso, es accesible y tiene amigos, pero además cualquier persona puede interpelarlo para hablar con él, porque no es pedante ni engreído ni soberbio ni se considera más importante que nadie. Un hombre corriente es un hombre del pueblo de toda la vida, que saluda a sus amigos y a sus conocidos, se para en mitad de la Calle Mayor, si es preciso para hablar con ellos porque no se esconde de nadie, y va con la cara alta, erguido, sin pudor, porque no le debe nada a nadie, y si alguien quiere algo de él, no tiene más que pedírselo, decírselo en público y sin reparos, porque nunca se oculta, no tiene por qué ocultarse en ningún lugar oscuro, no ha hecho nada malo a nadie y no tiene intención de huir a ninguna parte.

Ser un hombre corriente en Moratalla es toda una virtud, aunque la palabra corriente en otras partes tenga connotaciones de excesiva sencillez o incluso simpleza, pero en nuestro pueblo la sencillez no es un defecto, en absoluto y la grandeza de un hombre se mide también por su cordialidad y su facilidad de trato.

Es posible que Moratalla, siendo como es un pueblo excepcional, sea también y por añadidura un lugar corriente donde se valora a las personas campechanas, afables y accesibles y se abomina de la impostura, del artificio y de la pedantería. La tierra fría y agreste de la sierra, los modos de vida, difíciles y duros de sus habitantes requieren de un talante franco y humilde, porque ahí residen también la certeza y la autenticidad. Es posible que en ocasiones parezcamos un tanto bruscos o destemplados, pero es que para vivir aquí es necesario a veces tener la piel un tanto dura y soportar los embates del clima, de las circunstancias adversas, y tal vez también a veces de la mala suerte. Golpea la sequía, el frío, el pedrisco y las calamidades y Moratalla levanta la cabeza como lo ha hecho siempre y pone buena cara al mal tiempo, como lo haría un hombre corriente, un hombre o una mujer que se levantan al amanecer, despiertan a sus hijos y comienzan las tareas del día. Recuerdo a mis padres hablando por las mañanas en la cama; él contaba que debía ir a la huerta porque tenía cosas que hacer y ella, que se acercaría al Cañico a traer unos cántaros y unos pozales de agua para el uso doméstico de la casa en aquel tiempo en el que todavía no había llegado el agua corriente.

Porque las cosas corrientes entonces eran buenas y necesarias y nadie desconfiaba de ellas y todo era más sencillo, más cercano y más cálido. Las cosas empezarían a complicarse después, cuando llegara la tecnología y nos costara horrores comprar en Internet, recordar todos los códigos de nuestras tarjetas y los números que debíamos memorizar. La vida había sido sencilla hasta entonces; mi madre volvería del Cañico con el agua a media mañana y empezaría a hacer de comer y mi padre se regocijaría en su secano con los almendros que él mismo había plantado y que ya daban su fruto hasta la hora de volver a casa. Tendrían siempre el dinero justo para sobrevivir porque habían aceptado que eran humildes pero honrados y que no debían nada a nadie.

Un pueblo y su gente suelen compartir el carácter. Un pueblo noble y generoso donde solo tira para adelante el que trabaja y no aspira a más de lo que tiene, el hombre noble y llano que no se considera más de lo que en realidad es ni se esconde de los otros ni los elude, el individuo que mira al frente y asume su labor cotidiana con la dignidad propia de un hombre valeroso y mesurado, no se queja apenas y acoge a sus amigos suele vivir en un espacio afectuoso, en una tierra de bien, bajo un cielo indulgente y abnegado.

Moratalla responde con fidelidad a ese retrato humano y presume de enarbolar esas virtudes que en otros sitios pasan desapercibidas o al menos yo no las he encontrado.

Y no es orgullo de tierra. O sí.