Pedro Antonio Martínez Robles

Algunas veces, de manera caprichosa, me viene a la cabeza aquella imagen de la nevera   que había en la despensa de mi casa. No era grande, no al menos como lo son ahora esos frigoríficos para los que hay que utilizar una escalera para quitarle el polvo del techo, ese espacio al que no solo no alcanza la vista de los más espigados, sino tampoco la mano y la bayeta si no es con el auxilio de algún peldaño. Aquella nevera –entones la llamábamos así– que había en la despensa de mi casa no mediría más de un metro treinta o un metro cuarenta, porque siendo yo casi crío no me rebasaba en estatura, eso lo recuerdo bien; pero sus dimensiones eran más que suficientes para colmar las necesidades de la época, en la que no solían almacenarse tantos alimentos perecederos como ahora, y, dicho sea de paso, su funcionamiento se reducía prácticamente a los meses calurosos del verano. Era un armario sólido que tenía más de madera que de metal, o eso al menos me parecía a mí, y en él se guardaba, en esos meses tórridos de junio a septiembre, las verduras y las frutas del día, algún pescado ocasional, un filete de carne, la leche fresca del día hervida –esa que acumulaba una generosa capa de nata en su superficie– y poco más. La comida, quitando alguna lata de conserva que no dejaba de ser casi un lujo, se compraba entonces en pequeñas porciones y, prácticamente, solo para el gasto del día; por ello, aquella nevera que funcionaba de junio a septiembre, cubría sobradamente los menesteres de conservación que los alimentos más delicados necesitaban durante el verano. Pero aquella nevera que tanta nostalgia me produce hoy, para estos días de ahora sería un terrible engorro, pues no tenía cable para conectarla a la corriente, ni motor que mover con ella; era, sencillamente, un armario decentemente hermético, en el que teníamos que poner casi todos los días un duro de hielo (algo así como 3 céntimos del actual euro) para mantener fresco el habitáculo. Aquel duro de hielo me tocaba a mí ir a recogerlo con bastante frecuencia, con una capaza de perfollas, a la fábrica de Perico el de las Gaseosas, y me acuerdo que nada más  entrar en aquel edificio de la calle San Abdón me envolvía el consuelo de su frescor, su alivio cierto tras la caminata bajo el sol veraniego de media mañana. Y era un placer demorarme allí, viendo cómo Pedro sacaba de sus fundas metálicas aquellas inmensas barras de hielo, le retiraba la cascarilla de arroz que las envolvía, calculaba la porción que debía cortarme y la ponía en mi capaza de perfollas, con la que regresaba a mi casa doblado por el peso de aquella piedra helada.

Aunque todo este rito parezca hoy una nimiedad, estoy seguro de que ahora sería incapaz de recordarlo si no fuera por aquella manera pausada de vivir de entones, la aceptación feliz de la precariedad que nos rodeaba, la importancia que le concedíamos a cada instante de nuestra existencia, no por lo que poseíamos, sino por lo que éramos capaces de admirar.

Aquella nevera era uno de los pocos lujos (hoy convertidos en necesidad) que teníamos en la casa (ni coche, ni tele, ni casa de campo, ni barca en la playa, ni equipo de alta fidelidad, ni home cinema…), y el camino diario para comprar el duro de hielo una aventura de la que siempre sacaba algún provecho.

Aquella nevera… Aquella nevera… ¡Cómo la echo de menos!

 

 

 

6 de marzo de 2020