Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

¿A qué teníamos miedo los niños por aquellos años? Tal vez a casi todo, porque el miedo formaba parte del aire que respirábamos cada día y era, a la vez, una herencia genética y un legado histórico y un mandato de supervivencia de la especie. Es verdad que este país salía lentamente  de una edad oscura y represora, en la que la arbitrariedad política y la violencia tantas veces desatada habían creado una sustancia espesa y despreciable de la que todos huíamos en mayor o en menor medida, pero no era sólo el temor derivado de un régimen político ilegítimo e impuesto por las armas, era otra cosa, un usufructo más antiguo, que los pequeños y los mayores respetaban como una consigna casi religiosa.

Ha escrito el filósofo José Antonio Marina que uno de los males de la educación actual es la indiferencia de la tribu, que todo el peso de la educación se lo hemos dejado a los maestros en exclusiva, mientras que en aquellos días, cualquiera podía ejercer su autoridad y reconvenirte de un  modo u otro por un acto censurable. Le temíamos a nuestro padre, que no dudaba en hacer uso de la fuerza bruta y en darnos unos azotes, muy recomendables a mi juicio, si nos pasábamos de la raya; le temíamos al maestro, que era un personaje importante, de un rigor y una seriedad incuestionables, y que tampoco le hacía ascos al verdugazo, si era preciso, aunque los mejores no necesitaban llegar a tanto, porque su palabra, su ejemplo y su dignidad bastaban.

Nos amonestaba el sacerdote, en el templo o en la calle, si nos veía por mal camino, o el médico, en la consulta, en el caso de que lloriqueáramos o nos pusiéramos impertinentes y de igual modo, lo hacía cualquier persona mayor, a quien mirábamos desde nuestra insignificancia y considerábamos tan honorable y tan cargada de razón que ni siquiera nos atrevíamos a contestar.

Estábamos rodeados por una fortaleza de normas, principios, reglas disciplinarias, modos de comportamiento y agentes controladores, que, a su vez, recibían el beneplácito de todas las autoridades y de todos los órdenes sociales, desde la familia al Estado. Hubiese sido impensable entonces que un padre le afeara su conducta a un maestro en presencia de su hijo. En realidad, si cualquiera de nosotros regresaba a casa quejumbroso por la actitud equivocada o cruel de un profesor determinado, nos jugábamos una reprimenda por parte de nuestro padre, que no dudaba en quitarnos toda la razón y en castigarnos encima con mayor dureza con  que lo hubiese hecho el maestro de turno.

Era otro tiempo, sin duda, más duro, más austero, en el que tal vez se cometieron muchas equivocaciones y los niños fuimos objeto de multitud de injusticias. Uno iba por la vida con cuidado, acompañaba a sus padres  de visita a la casa de unos amigos o de unos familiares y se mantenía en silencio todo el rato, sentado y atento a la conversación monótona y sin interés de los mayores.

Éramos más espectadores que protagonistas, más testigos que actores principales. Nos mandaban callar habitualmente e insistían en la máxima de que nos limitáramos a escuchar,  ver y, de paso, tomáramos nota y aprendiéramos algo. Aprender era importante, porque de esto dependía nuestro futuro y nuestra supervivencia.

Los que, además, trabajamos desde jóvenes con nuestros padres o al jornal conocimos muy pronto la superioridad del capataz, del patrón o del encargado y no tuvimos más remedio muchas veces que acatar sus órdenes y llevar a cabo la faena del modo en que ellos la habían previsto, sin rechistar ni oponer razones vanas.

Algunos, es cierto, se rebelaban contra este estado de cosas, pero de una manera infructuosa y, en ocasiones, desafortunada,  pues la rebeldía no era, en aquella época, una actitud bien entendida y resultaba frecuente la burla y el maltrato para los díscolos del aula, o la expulsión de la escuela para que comenzasen a trabajar a edades muy tempranas e inapropiadas. A menudo, los padres se ensañaban con ellos en casa sin que obtuvieran un provecho inmediato y la calle hacía el resto.

Reconozco que también yo pasé miedo y que, aún hoy, me estremece el recuerdo de algunos de aquellos momentos en los que experimenté muy cerca la tensión y el pánico. A pesar, de todo, fui lo bastante hábil para que apenas me castigaran en la escuela, para que nadie me reprendiera en ningún otro ámbito, y en mi casa, pese a la gran severidad de mis padres, no estuvo nunca bien visto el escarmiento físico.

Quizás es que simplemente me porté bien. Aunque, ahora que lo pienso con detenimiento, entonces no era difícil llegar a la conclusión de que el buen camino, las palabras comedidas y el comportamiento correcto resultaban más cómodos y provechosos que la desobediencia, la indisciplina y la insumisión a ultranza. Los avalaba el miedo, sin duda, y ése era un argumento inapelable.