Pascual García

Seguramente la mejor parte del día la pasamos echados sobre un colchón. Aunque duermo apenas seis horas por la noche, reconozco que soy un adicto a la vieja costumbre de la siesta, en invierno y en verano, al menos una hora, como lo hacían mis dos abuelos y lo ha hecho siempre mi padre. Ahora bien, sobre un colchón se me ocurre alguna otra cosa de mayor enjundia y gozo. He preferido incluso leer acostado, con el libro abierto sobre el rostro, o apoyado en alguno de mis hombros. Luego llegaban los pésimos instantes de la enfermedad, las largas convalecencias de la infancia, cuando la gripe o los catarros me abrumaban con toses, pitos y mocos; y más tarde fue peor —con el paso del tiempo todo es peor—, pues que me desperté de pronto sobre la cama de un hospital donde había pasado casi dos meses, aunque seguía vivo. Además, parece impepinable que alguna vez sobre un colchón también nos despidamos de este mundo para siempre.

Mientras tanto, la memoria me concede las imágenes de mis primeros años, cuando mi madre me arropaba cada noche en la pequeña cama que había colocado en su propio dormitorio. Me compró un colchón relleno de copos de espuma, blando y delicado como una nube. Allí se fraguaron mis primeros sueños hasta que hube de ocupar otro cuarto y otro lecho, esta vez con un colchón de lana que era preciso mullir todos los días para que se esponjara. Cada noche de mi adolescencia caía en aquella gloria tan natural como las ovejas a las que habían esquilado para confortar mis noches. Allí sufrí la fiebre del deseo, las pesadillas de la carne y el paraíso del amor furtivo y solitario. En la casa también había colchones de borra, más duros y ásperos, de más baja calidad que de un modo paulatino fueron desapareciendo. Eran los vestigios de una edad pasada, casi legendaria, cuyos restos nos parecían penosos y precarios. En ese viaje hacia el pasado escuchaba los relatos de mi abuelo que referían yacijas de perfollas o de paja, en las que no faltaban las chinches y las pulgas. Esas leyendas eran escalofriantes sin duda. A mi abuelo no lo espantaba nada ni nadie, pues más de una noche la pasó al raso, debajo de una atocha o junto a un lentisco, mientras las ovejas descansaban a su lado. De manera que poseía una espalda dura y en cualquier sitio hallaba su descanso.

No tardaron en llegar los bloques de espuma en un falso alarde de modernidad, que con el paso de los meses acababan arqueándose y se combaban finalmente. Entonces echaba de menos la frescura de la lana en verano y su calidez en los meses del frío. Los bloques eran rugosos, de material plástico y un punto desagradables. Claro que por aquellos años la televisión anunciaba la revolución Flex y ya fue un no parar en esta materia, mientras en mi casa continuábamos con los colchones de lana, los bloques de espuma y la memoria trasnochada de mi abuelo. Reconozco que no resultaba sencillo subirse al tren del progreso y del consumo. Nos consolaban, eso sí, aquellas imágenes irreales que procedían de un mundo tan diferente, poblado de mujeres rubias y altas, coches rutilantes, largas avenidas y fastuosas mansiones. Luego, cuando apagaba el aparato, me salía a la calle Castellar donde jugaban mis amigos y me reencontraba con el mundo verdadero, bastante menos lujoso

Si no recuerdo mal, en algún momento tuvimos uno de aquellos colchones que la publicidad ponderaba como inmejorable. No debía de ser tan bueno, pues muy pronto comenzaron a saltar los muelles y tuvimos que deshacernos de él, pues nos arriesgábamos a quedar insertados en sus púas repentinas.

El nacimiento y la muerte suelen suceder, asimismo, sobre un colchón. En el de mis padres nacimos mi hermana y yo. No debe de ser tan baladí esa golosina de la espalda que acoge nuestras grandes aventuras amorosas del mismo modo que nos tortura en las horas del insomnio o no deja de dar vueltas en las noches de farra cuando abusamos del alcohol en exceso. Juan Carlos Onetti decidió meterse un día en la cama y quedarse en ella los últimos diez años de su vida, servido y mimado por su última mujer, Dolly, que le llenaba continuamente el vaso de wisky, mientras él continuaba soñando con Santa María y escribía sus últimos dos libros.

Es posible que el único paraíso posible sea ése, el que nos permite tumbarnos para soñar con los ojos abiertos o a oscuras sobre un colchón de perfollas, borra, lana o bloques de goma. Por si acaso, mi mujer y yo nos compramos uno estupendo antes de nuestra boda y muy pronto nos haremos con uno de látex, de última generación, no sea que nos llegue la vejez y nos sorprenda con dolor de espalda.