Pedro Antonio Martínez Robles

Ya lo he mencionado en alguna ocasión: hay una imagen anclada en mi memoria, quizá ocurrida entre los años 65 y 68. Yo era entonces un crío y veo a mi madre junto a la pila de lavar del patio, frente a la tapia medianera que se alzaba para dividir nuestra casa de la casa de nuestra vecina Fuensanta; una tapia tapizada por la florescencia del jazminero y los rosales trepadores en las estaciones de bonanza y desnuda en los crudos inviernos donde el  frío y las nieves, más frecuentes entonces, bajaban su mano de hielo hasta nosotros. Y veo sus brazos arremangados y aplicados sobre la tabla de lavar, encarnados por el rigor del agua helada. Es una imagen que no la asocio entonces a la congoja; no al menos con la misma desazón con que la recuerdo ahora. En aquel tiempo de dificultades todavía faltaban algunos años para el advenimiento consolador y general de las lavadoras automáticas que tanto facilitan hoy esa penosa labor. Sin embargo, a pesar de esas adversidades, mi madre debía sentirse afortunada de poder lavar con el hilo de agua corriente que manaba de los grifos de la casa desde siempre, desde que mi abuelo la mandara construir a principios de los años 30 y en la que ella vivió toda su vida, hasta que la entregó con una tranquilidad admirable el 11 de noviembre de 2012. Ella me contaba, sin dramatizar, cómo las mujeres cargaban sobre sus cabezas los barreños colmados con la ropa que debían lavar y caminaban hasta las riberas del río Segura o las del Argos para entregarse a esa cruda faena, y lo hacían con alegría, no con la pesadumbre que hoy podríamos suponerles por ese ingrato trabajo, por esa costosa tarea de transportar la colada en la cabeza y en las manos durante kilómetros hasta llegar a las orillas del río, lavarla en verano y en invierno, hincadas de rodillas sobre la tierra húmeda y pedregosa, y regresar de nuevo a sus casas, fatigadas pero jubilosas, con el peso del agua y de la ropa por secar. Cuentan que podía respirarse en aquellas tandas de lavado un aire casi festivo en el que las mujeres se contaban sus cosas y se ayudaban con ese gesto de camaradería que aflora en las épocas de mayores dificultades. Y que el cansancio y la penuria no arredraba su voluntad de vivir con alegría aquellas horas compartidas en las riberas del Argos o del Segura. Me gusta imaginar que aquellas mujeres cantaban en el río mientras lavaban sus ropas, del mismo modo que alguna vez oí cantar a mi vecina Felipa, la esposa de José María el de Hidroeléctrica, en la soledad silenciosa de aquellos huertos vecinales al atardecer, mientras se afanaba, también ella, sobre su lavadero de cemento. Me acuerdo todavía de la voz profunda y atractiva de aquella mujer que llenaba con su melodía todo el aire quieto de aquellos crepúsculos sobre mi huerto. A mi madre, sin embargo, jamás la oí cantar, no sé si por pudor o porque no supiera hacerlo. Pero tengo la plena seguridad de que en su interior algo cantaba también con la belleza de un mirlo, que hacía ligeras aquellas faenas suyas. Aunque nos parezca penosa –y en verdad podría serlo– aquella manera de hacer la colada, no había en ello drama alguno, pues no hay mejor modo de combatir la adversidad que admitirla con naturalidad, como un elemento más de los muchos que nos acompañan cada día y al que debemos enfrentarnos con la mejor disposición de ánimo.

14 de mayo de 2021