José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

El doce de mayo de 1887 se inauguró el telégrafo en Caravaca uniendo así la ciudad con el resto del mundo, según frase de la época. Aquello tuvo lugar gracias a las gestiones del diputado a Cortes por la circunscripción a que pertenecía la ciudad José María Faquineto, quien un año antes, durante un mitin en el Thuillier, se había comprometido a hacer realidad la vieja aspiración local.

Daniel Serrano, en el despacho de telégrafos

Daniel Serrano, en el despacho de telégrafos

La generación de mis padres conoció la oficina de Telégrafos en la C. del Colegio. Luego se ubicó en la antigua C. del General Mola, hoy Cuesta de las Herrerías, y posteriormente en Rafael Tejeo 23, terminando su existencia, ya fusionado con Correos, en la vieja ubicación de aquel, junto a la Telefónica, frente al Hotel Bernardo, en el edificio de la Compañía.

También la generación de mis padres conoció como telegrafista a Vicente Laborda, y la mía y sucesivas a Daniel Serrano (hasta 1957), Leandro Salinas, Juan Torralba y Pedro Cánovas, a quien tocó hacer la fusión citada con Correos.

Primitivamente los aparatos que integraban el equipo: manipulador y receptor, se ubicaban en el domicilio del telegrafista, quizás por su obligación de estar siempre pendiente de la llegada de mensajes. Con el tiempo funcionó como una oficina más de servicio público, con empleados y horario, aunque con una horquilla de atención al público muy amplia y guardias los días festivos, prolongándose los laborables en dos turnos de 8 a 15 y de 15 a 22 respectivamente y el de festivos de 9 a 14.

La oficina a que me refiero es la que abría sus puertas en Rafael Tejeo 23, donde también tenía su domicilio el jefe de la misma Daniel Serrano López en los años del ecuador del S. XX y siguientes, frente al conocido taller de venta y reparación de bicicletas de Luís. A ella se accedía por dos peldaños que salvaban la diferencia de altura respecto a la calle. En el zaguán del edificio a la derecha y separada del resto de la superficie por un tabique, se encontraba Telégrafos, debidamente anunciado por señalización callejera. En la oficina, en mesas diferentes, el jefe, los aparatos emisor y receptor y una tercera con el papel, goma de pegar etc. Una gran ventana proporcionaba la iluminación natural a la estancia, y por una ventanilla al zaguán se atendía al público. Como se sabe, el funcionamiento de la maquinaria era a base de cuerda mecánica y baterías eléctricas y, con un sistema de golpes que transmitían letras del denominado Alfabeto Morse, a base de puntos y rayas. El telegrafista evidentemente debía conocer a la perfección el sistema, era empleado público y para acceder a la carrera había de sufrir la correspondiente oposición. Junto al telegrafista trabajaba el repartidorquien, tan pronto se recibía un texto en cinta de papel blanco, lo pegaba en característica base de papel azul, y lo entregaba al destinatario, desplazándose para ello en bicicleta por las calles de la ciudad, incluso en condiciones climatológicas adversas.

El usuario se presentaba ante la ventanilla y rellenaba un impreso con el texto a enviar, siempre muy breve y conciso pues se cobraba por palabras, incluida la dirección. El envío era inmediato, haciendo uso frecuente de él comerciantes y empresarios para confirmar o hacer pedidos, y por el resto de la población para enviar mensajes urgentes de felicitación o pésame. La llegada de un telegrama no esperado siempre era motivo de sobresalto, pues a través de él se solían comunicar fallecimientos generalmente antes de la entrada en vigor el servicio telefónico automático. A partir de 12 letras la palabra se consideraba doble a la hora de cobrar. En 1967 cada palabra costaba 40 céntimos.

Había centrales territoriales y Caravaca era una de ellas, con cobertura geográfica determinada. La nuestra recibía señal a través de Murcia y emitía a Nerpio, Puebla de D. Fadrique y Cehegín.

Aunque tanto telegrafista como repartidor tenían como secreto profesional el contenido del telegrama, a veces el destinatario no sabía leer y había que leérselo en el momento de la entrega en su propio domicilio. El repartidor tenía que entregar en mano el telegrama a su destinatario, quien firmaba su recepción. Si se encontraba ausente del domicilio se dejaba aviso y se volvía a entregar al día siguiente.

La plantilla de Telégrafos estaba integrada por el jefe, el repartidor, el capataz y los celadores, trabajando en la oficina los primeros y en el mantenimiento y arreglo de baterías y líneas los demás. El último jefe antes de la fusión con Correos fue, como se ha dicho, Pedro Cánovas, trabajando con él, como auxiliares y repartidores Jesús Martínez Giménez y José Melgares. Como capataces Francisco Cánovas, el Tío Torero, Felipe Méndez y Segundo Marín, y como celadores Francisco López y Paco Puertas.

También se utilizaba el Telégrafo para el envío de dinero en efectivo, a través del denominado jiro telegráfico(tal como sucede en la actualidad), utilizándose generalmente por su rapidez. El mismo repartidor del telegrama se encargaba de hacerlo con el jiro, disponiendo para ello de efectivos suficientes en caja fuerte instalada en la oficina, y usando los servicios de BANESTO cuando era preciso.

El morse como sistema de comunicación se sustituyó por el teletipo en los años setenta, aunque el aviso para recepcionar mensajes siempre siguió siendo por morse y baterías. Se abandonó la cinta de papel blanco pegada con goma arábiga a la base azul, y se impuso el mensaje en papel de tamaño convencional hasta la generalización del FAX.

Tras la implantación en España del nuevo régimen político a partir de 1975 se produjo la fusión entre Correos y Telégrafos, integrándose todo el funcionariado en un único cuerpo de telecomunicación. Fue entonces cuando se abandonó el viejo y obsoleto emplazamiento ubicado en el no menos viejo edificio de La Compañía, esquina a la Cuesta del Cinema, trasladándose al edificio construido de nueva planta donde hoy se encuentra, en la C. de Maruja Garrido.

Aparejado a Telégrafos perviven recuerdos inolvidables como el uniforme gris que los funcionarios vestían, con ostentosa identificación en el bolsillo exterior de la chaqueta. El guardapolvos azul usado por Leandro Salinas. El sonido característico emitido tanto por el emisor como por el receptor al golpear el telegrafista su mensaje cifrado, que trascendía a la calle, sobre todo en verano, cuando se abrían las ventanas para ventilar la oficina, o las cintas de papel inservible que acababan llegando a las manos de los niños, quienes lo utilizábamos en hacer cadenas.

En la era de las comunicaciones instantáneas quizás sea para algunos complicado imaginar aquella comunicación por morse, a base de baterías, maquinaria de cuerda y golpes que, en la distancia se convertían en letras. El tiempo ha corrido rápido, con la misma rapidez que han ocurrido y se han perfeccionado los inventos a lo largo de la segunda mitad del S. XX y primeros años del nuestro.