Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Recuerdo que antes de que naciera mi hermana y llegara a mi casa la televisión, a principios de los setenta, teníamos una radio grande como una caja de zapatos en la que apenas se sintonizaba RNE y alguna otra emisora de aquella época, en realidad, era más de lo que había en muchas casas del pueblo y en la mayor parte del campo. Tampoco es que fuéramos al cine, aunque a mi padre le gustaba mucho y las ocasiones en que acudí al Teatro Trieta fue siempre de su mano; en mi casa no entraba la prensa ni había modo de leerla salvo las veces que íbamos a cortarnos el pelo a la barbería del Agustín, aunque los periódicos de la época eran grises e insoportables y estaban diezmados, por supuesto, por una censura feroz. Aquello era todo con lo que contábamos como alta tecnología en Moratalla, bueno, también estaba la Mari Reyes de la Central, que facilitaba las conferencias telefónicas y poco más.

Es posible que estuviéramos acostumbrados al aburrimiento y a la grisura de una posguerra que no habíamos vivido pero que habíamos heredado y llevábamos en los genes. El tiempo era lento y espeso, los muchachos nos distraíamos con una pelota desinflada o unos muñecos sucios y rotos; para jugar a los pistoleros nos bastaba un palo o una piedra, y, eso sí, toda la imaginación del mundo.

Me parece que fue en el ochenta o en el ochenta y uno cuando cayó aquel nevazo que me pilló en Moratalla y ya no pude volver a Murcia donde estudiaba. Nos quedamos sin luz y sin agua, aunque teníamos bastante almacenada que traía mi madre del Cañico y así estuvimos más de dos semanas. Nos acostábamos con los últimos resplandores de la lumbre antes de las nueve de la noche y despertábamos descansados un poco después del amanecer. El resto del día lo pasábamos junto al fuego que mi abuelo se encargaba de mantener, y alrededor de la mesa donde mi abuela y mi madre iban poniendo e iban quitando los alimentos del día. No podíamos salir porque la nieve se había helado y era muy peligroso andar sobre ella. Es posible que nos las arregláramos mejor que hoy pues nos encontrábamos más cerca de la vida campesina y no habíamos perdido aún el enlace con lo primitivo.

Yo no recuerdo que me desesperara en ningún momento, sino más bien al contrario, recuperé el placer de las comidas y la aventura de ir pronto a la cama y despertar con las primeras luces. Hablábamos mucho, en realidad hablaban los mayores, como siempre, hablaba mi padre y mi abuelo porque las mujeres hablaban menos, se limitaban a ordenar el caos y a procurar la comodidad de todos.

Hoy tenemos una fantástica ventana abierta al mundo,  o mejor dicho dos. Internet y la televisión nos permiten olvidarnos de la soledad absoluta y, si a eso le añadimos la telefonía móvil, nos hallamos en el apogeo de las comunicaciones, que ni en los sueños más futuristas y felices hubiésemos imaginado  en aquellos días en los que jugábamos a veces con dos vasos de plástico de yogurt (siempre fue danone desde luego) a la ilusión de hablarnos a distancia.

Enciendo cada mañana mi portátil, pongo mi móvil en la mesa, enchufo la televisión y la dejo en silencio por si acaso y compruebo que soy dueño del mundo, que el mundo entero me pertenece, que puedo hablar con cualquiera de los centenares de amigos que se arraciman en las redes a las que pertenezco como pertenecemos casi todos.

Hoy es imposible estar solo y aburrirse, se requiere de mucha voluntad y de muy poca imaginación para desesperarse encerrado en casa, a excepción de los niños y los animales que necesitan el aire libre. Porque nuestra casa es el planeta y nuestra familia, la humanidad.

No es una frase hecha, es la puñetera verdad. Así que ánimo a todos y mucha salud.