FÉLIX MARTÍNEZ MARTÍNEZ/ASOCIACIÓN ESPACIO DE ALCOBA

El pasado día seis de febrero se cumplió el treinta aniversario de la muerte de la filósofa María Zambrano. En su memoria se inscribe esta leve nota.

Nació un veintidós de abril de 1904 en Vélez-Málaga. Fue profesora auxiliar en la Universidad Central (Madrid), cuya titularidad de metafísica estaba ostentada por José Ortega y Gasset. Además, fue profesora de filosofía, tras su exilio, en varias universidades de la América de lengua española (México, Cuba, Puerto Rico). Recibió una fuerte influencia de Ortega y Gasset y desarrolló de forma propia algunas de sus ideas. Entre ellas cabría destacar la elaboración de la distinción entre ideas y creencias que le condujo a la afirmación de que hay un sustrato todavía más fundamental en la vida humana que en el del conjunto de las creencias vitales: la esperanza. María Zambrano trabajó, también, en la relación entre la filosofía y la poesía (o, mejor, el tema de la vida filosófica y la vida poética), destacando de entre su labor en qué sentidos se oponen y se complementan dichas “vidas”.

También trabajó en la relación entre la filosofía y el cristianismo, y en el problema de la razón como «razón mediadora», patente, a su entender, en los estoicos. Finalmente se consagró en el examen de lo divino, no como un tema sociológico, sino metafísico y, desde luego, religioso. Lo divino podría ser descrito como un temor que embarga al hombre y a la vez le sostiene. Característico del pensamiento de María Zambrano, ya desde sus primeras páginas acerca del «saber del alma», es el del tomar el problema filosófico como un problema exclusivamente técnico en lo que a la instrumentación de la razón se refiere. La filosofía, por lo tanto, sería un acontecimiento -y aun un acontecimiento radical- en la vida humana, tanto más interesante cuanto que resulta, a la postre, insuficiente para colmar la abertura total de su esperanza -una esperanza que hay que concebir siempre unida a una desesperación-. Por eso los temas de la filosofía para Zambrano son misterios y no problemas.

Otro de los términos fundamentales de la pensadora española es el del exilio. Llegando a afirmar que el exilio consistió en su verdadero hogar. Este es debido porque prácticamente toda su vida vivió en el exilio. El veintiocho de enero de 1939 cruzaría la frontera francesa, estando en una multitud de países, no sólo en América, sino también en europeos. María Zambrano regresaría a España el veinte de noviembre de 1984, tras cuarenta y cinco años de exilio y coincidiendo con la muerte del dictador F. Franco. Antes de esto, en 1981 fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias en su primera edición. En 1982, su ciudad natal la nombraría Hija predilecta, así como otros premios y reconocimientos como en 1985 ser nombrada Hija Predilecta de Andalucía o la concesión, en 1988 del Premio Cervantes, siendo así la primera mujer en obtener dicho premio.

El seis de febrero de 1991, la luz de María Zambrano se apagó llevándose con ella uno de los pensamientos más fecundos y preclaros de toda la historia en lengua hispana.