PASCUAL GARCÍA

En esta ocasión llegamos hasta el Río Guadalmena, en los confines de la sierra de Jaén, huyendo de la sequía y de la escasez de guíscanos, que Moratalla anuncia cada otoño desde hace algunos años como consecuencia no solo de la ausencia de lluvias, sino también y sobre todo, del ritmo y de la ocasión en que deben suceder las aguas para que esta especie micológica aparezca  en abundancia sobre la faz de nuestra tierra.

Yo venía de Murcia y me esperaban mis amigos, Diego, Paco y Paco Suárez, en las inmediaciones de las Casas Baratas, junto a la magnífica confitería de Mariano Roch, pero aún nos quedaban dos largas horas, montados en un todoterreno, por carreteras estrechas y precarias en dirección a un destino que presumíamos abundante, aunque no las teníamos todas con nosotros, porque el guiscanero es optimista por naturaleza pero se debate, como el poeta Luis Cernuda, entre la realidad y el deseo y la primera no siempre satisface al segundo. Luego nos encontramos una valla metálica y ya fue necesario aparcar el coche y seguir, con los cestos en la mano, por el empinado camino de grava hasta el lugar exacto donde nos internaríamos en el monte a probar suerte, como aquellos buscadores de oro en los arroyos de la California afiebrada de mitad del siglo XIX.

En el camino nos cruzamos con otros aventureros del monte, que presagiaban la catástrofe, pues desistían de su empeño de seguir adelante y no llevaban demasiadas piezas en sus respectivos cestos. Se mascaba el fracaso y ésta es una impresión, que los que hemos disfrutado tanto con el duro ejercicio de cruzar el monte, agacharnos a cada rato bajo los pinos, los lentiscos o las chaparras y agotar nuestras fuerzas en busca de un tesoro casi mineral, conocemos muy bien, la sensación de un vacío que se instala en los ojos y en el vientre y que termina por marearte.

Aun así, el buen guiscanero, insisto en ello, no pierde la esperanza nunca hasta el último minuto, y todavía ahí, se obstina en seguir un rastro que depende más de su buen olfato y del azar que de cualquier otra evidencia. Pero a veces el trabajo, la insistencia y el optimismo no son suficientes y, como nos pasó el otro día a nosotros, continuamos subiendo cuestas, cruzando ramblas y barrancos, siguiendo las huellas invisibles de esta  joya única de la naturaleza, pero todo esto de un modo infructuoso, tan inútil como saber que no se han dado en el final del verano y en el principio del otoño las condiciones climatológicas y que en la corteza del monte nada pronostica el hallazgo anhelado, al menos en las cantidades con las que venimos soñando todos los años.

Aun así, consumimos las horas obcecados en la labor casi idealista de encontrar lo que al parecer ni había salido ni, quizás, iba a salir nunca, porque los que estábamos allí no éramos novatos en esta tarea y llevábamos muchos años al pie del cañón, veíamos los guíscanos y casi olíamos su presencia en las temporadas en que la cosecha era más propicia y la naturaleza nos proveía pródiga de ese regalo otoñal por el que cometemos la barbaridad de madrugar en nuestros días de asueto, viajar durante horas y andar una mañana entera hasta que el hambre y la sed nos conduce de nuevo a la civilización de vuelta, exhaustos y felices como críos, con un cesto de guíscanos que aquella tarde llevaremos a casa para que nuestras esposas los limpien con sumo cuidado y los frían en aceite de oliva virgen como manjares bíblicos que llenan la casa del aroma natural de los pinos y de la tierra.

Pero alguna vez ocurre que no hay guíscanos en el monte, porque no ha llovido a tiempo, porque ha llovido tarde y no ha hecho sol en los días señalados o porque las heladas han acabado con ellos o por un sinfín de causas, pero entonces, resignados y rendidos de fatiga, regresamos a casa, con los pies doloridos y unos pocos ejemplares en el cesto, pero felices como niños y dispuestos a olvidarlo todo y a volver cualquier otro día.