Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

A los once años me di cuenta de que me estaba haciendo mayor y sufrí mi primera crisis, aunque en mi descargo debo decir que los años no me importunan lo más mínimo porque la juventud es un estado transitorio y erróneo del que deberíamos salir lo antes posible. No sé con exactitud lo que me ocurrió entonces, pero cada día iba siendo más consciente de la rémora del tiempo.

Entonces las cosas eran muy diferentes, y en aquel barrio más. Los muchachos nos hacíamos mayores demasiado pronto y apenas si nos permitían jugar lo suficiente; estábamos en una constante entrada en la madurez, donde nos esperaban los otros, los mayores para recriminárnoslo todo.

Pasé por los veinte con desparpajo y solvencia y, aunque no la considero mi mejor edad, reconozco que descubrí muchas cosas, como si me estuvieran esperando ahí, agazapadas y dulces, para cambiar mi visión del mundo. Nunca me agobió cumplir años porque cada aniversario era una suma de vivencias donde nofaltaron los dones de la vida, el amor y los libros, la amistad y la literatura. Con los treinta hubo de todo, lágrimas y risas, dolor y alegría, vinieron mis primeros libros y conocí la ventura de los hijos, aunque el amor no me abandonó jamás en sus muchas facetas.

Claro que pensaba en la vida y en su sombra, pero ni una ni la otra me abrumaban, la primera porque no me iba mal y la segunda porque ya la había vencido una vez y podría hacerlo en cuantas ocasiones fuese necesario, aunque empezaba a entender, como cantaba el poeta, que las cosas ya iban en serio. Los treinta llenaron mis días de páginas escritas, algún libro feliz y muchos abrazos clandestinos. Aprendí tanto que imaginé cerca el final de todo, pero nunca aprende uno bastante. El amor y la literatura me seguían sonriendo y yo me dejaba llevar hasta que los cuarenta me despertaron, me zarandearon un poco y caí en la cuenta de que la otra orilla me esperaba a unos metros apenas. Mi optimismo irracional y persistente me   ha conducido hasta donde estoy, tal vez porque he visto la tristeza y el fracaso muy cerca y he sabido librarme a tiempo de ambos.

Los cuarenta me alcanzaron serios, solemnes y amenazantes pero la vida persistió con ganas y yo cedí en cada embate, atento como estaba a no perder ni un ápice de la ilusión por todo, y me protegí del desánimo otra vez con el amor y la palabra. Mis hijos seguían cerca y nunca me faltaron los amigos ni las caricias, las palabras de aliento ni los besos de fuego.

Los cincuenta no quería ni verlos, era un mal número y me arrastraron a mi pesar, aunque persistían los libros, los amigos y el amor, y el trabajo no me abandonó nunca.

Y en el último año de esa década la conocí, pero ya me había enamorado de ella mucho antes y supe de repente que la vida no se acabaría nunca, que me quedaba tanto por hacer y por sentir, que la eternidad era posible y que ya no me preocuparía el tiempo, tal vez porque enamorarse como yo lo hice era un modo de salvación perfecto.

En estos días me ha llegado el dudoso regalo de los sesenta, a mí que jamás pasé de los catorce, y lo he acogido de buen grado, aunque con cierto recelo. Me acompañan el amor de una mujer inteligente y bella, el cariño de unos hijos impecables y de unos amigos imprescindibles, el respeto de un puñado de lectores y de unos pocos alumnos. A esta edad debería saber ya cómo es la vida y haber aceptado su término, en cambio ignoro lo uno y lo otro, como ignoro tantas cosas, pero sé que la muerte aún no ha podido conmigo y eso me da bríos y me fortalece.

¡Bienvenidos todos los años!