GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Aún sabiendo que no me gusta, mi jefe, un cachondo él, me dice «una santa teresa para la semana que viene»… y yo, incrédula… le pregunto: ¿¿ la estás haciendo?? no no… la haces tú… que para eso te pago. Total, que vivo sin vivir en mí buscando la inspiración para escribir sobre esta Santa que estuvo en Caravaca. Pienso en leerme las epístolas, pero solo lo pienso. Mejor sigo sus pasos, aunque nunca descalza, no por falta de fe, es que yo sin tacones no soy nadie. Y pensando que lo mejor sería seguir sus pasos, me cargo el móvil con canciones cristianas de una tal arpa celestial que debe ser lo más parecido a lo que suena en el cielo y me tiro a la calle dispuesta a morir porque no muero o al menos adelgazar cincuenta gramos. Busco las calles que anduvo, piso las piedras que ella pisó, miro el cielo que ella miraría buscando señales que me lleven a entenderla. Me paro en el convento que ella un día fundó, hoy tan lejos del uso del que ella le dio, y por el que luchó. Cerrado a cal y canto, como las puertas de mi inspiración, que ya sabía yo que esas solo se abren con Sabina y sus romanos y no con ninguna arpa cantora ni querubines rechonchos. Busco en su camino pistas para el mio, y esas que ella vió en sueños yo las encuentro en Google. Las de la vida, que todos saben, y las de la muerte, que pocos conocen.

Google también me informa de que la Santa no piso jamás Caravaca. Entonces para qué desde mi jefe hasta el último concejal «santa teresa por aquí, santa teresa por allá». ¿Lo sabrán ellos?
Un miércoles, 28 de marzo de hace quinientos años nacería en Ávila una pequeña hija de un judío converso de buena familia que tendría además, otros 1doce hijos. Era aventurera, alegre y bonita. Y persuasiva. Cuentan que a los 7 años convenció a su hermano Rodrigo para que se fugase con ella de casa y se fuera con ella a tierra de moros, buscando el martirio. Por entonces leía vidas de santos, pero estos pronto se acabaron y empezó con los de caballería, y sin ánimo de malicia, como antes tampoco lo tenía de martirio, aprendió a coquetear cual heroína. Su padre, sin saber de dónde le venía a la niña ese comportamiento casquivano la ingresó en el Convento de las Agustina. De allí la sacó una grave enfermedad. Durante su convalecencia, su tío don Pedro de Cepeda le dio a leer las Epístolas de San Jerónimo ( muy amenas, sin duda) que le harían decidirse por tomar los votos y entrar en las carmelitas.
En 1538 cae de nuevo enferma, no saben de qué. Su padre, que ve cómo los médicos no pueden hacer nada, la lleva a una curandera, que tampoco puede hacer nada, pues no conocen el origen. El caso es que hasta la dan por muerta, y en el Convento de la Encarnación le preparan sepultura y funeral, pero ella, cabezona, resiste y pide a su padre que la devuelva al convento. En la enfermería aguantaría 4 años, hasta que se curó, gracias a San José, decía Santa Teresa. Me lo creo. En 1542 vuelve a salir del convento para cuidar a su padre, deja la oración de lado y pasa unos años tristes, desesperanzados, hasta que en 1554, ya en la cuarentena, nace la que sería la Santa que hoy conocemos.
El 24 de agosto de 1562 el Papa Pío IV le concedió su traslado con cuatro monjas al pequeño convento de San José de Ávila. La reforma del Carmelo se ponía en marcha. Apoyada por el general de la Orden del Carmen, recorrió todos los caminos de España fundando conventos. Fueron 16 en apenas 20 años: Ávila, Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas de Segura, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada y Burgos.
No serían los caminos ni los éxtasis los que por poco acaban con ella antes de tiempo, sino la Inquisición, que la acusaba de enseñar cosas de alumbrados y hasta la manda en 1575 a encerrarse donde quiera, pero encerrada, y su reforma sufrió tal persecución que a punto estuvo de desaparecer hasta que en 1580 el Papa Gregorio XIII concedió a los descalzos una provincia separada de los carmelitas calzados.
Y llegando a su muerte, me encuentro a la Santa Teresa que más me gusta. La que no conocía. La santa moriría un 4 de octubre, pero como ese día entraba en vigor el calendario gregoriano, el día 5 pasó a ser el 15 de octubre. Y la enterraron en el mismo Convento de Alba de Torres.
Al año, pensaron que debían de trasladar el cuerpo (no sé basándose en qué) a los Carmelitas de Ávila y, tras destaparlo y encontrarselo incorrupto (no sé basandose en qué tampoco), le cortan una mano. Y como el que parte y reparte se lleva la mejor parte, el cura que ofició el rito decidió quedarse con el dedo meñique en recuerdo.
No estando tranquilos tampoco, a los tres años después del fallecimiento la Orden de los Carmelitas Descalzos mandaba llevar el cuerpo a Ávila. Vuelven a desenterrar a la pobre santa y esta vez dejaron en Alba otro brazo. Poco les pareció a los Duques de Alba, que echaron mano ( y no la que le faltaba a la santa) de su poder, y lograron que Sixto V ordenara el traslado de nuevo a Alba de Tormes. Por si alguien se ha perdido: en total se oficiaron tres entierros oficiales y le habían cortado dos manos.
Su cuerpo aún incorrupto se encuentra en una capilla de la Iglesia de la Anunciación de Nuestra Señora de Alba de Tormes, custodiado por nueve llaves, aunque poco queda de ella que no sea su alma. Mucho me temo que la pobre penaba en vida lo que le iban a hacer en muerte. Así, sepa, quien quiera rezar a la Santa, que está esturreada de la siguiente manera: En Alba de Tormes tienen los relicarios con el brazo izquierdo y el corazón, un pie y parte de la mandíbula se encuentra en Roma, la mano izquierda en Lisboa y el dedo del recuerdo en París. Y para remate las carmelitas de Ronda conservan la otra mano, que tras la Guerra Civil se la llevo Franco como un talismán hasta su muerte. En su dormitorio del Palacio del Pardo hizo construir un altar para venerar la reliquia. Si pensaba Carmen que Evita era una rival importante… ni quiero pensar qué pensaría de tener que dormir con aquella mano entre ambos.
En 1614 fue beatificada por Paulo V y en 1622 el Papa Gregorio XV la canonizó. Aunque sin duda el título que más me gusta, y que no le llegó hasta 1970, fue el de Doctora de la Iglesia, junto con Santa Catalina de Siena.