Pedro Antonio Martínez Robles.

Mi padre tenía la costumbre, por vísperas de los santos Abdón y Senén, de preparar un cóctel cuya fórmula jamás desveló –a pesar de las reiteradas promesas de hacerlo algún día–, y cuya composición, según decía, se la transmitió su abuelo. El cóctel, como todos los cócteles, consistía en la mezcla de varios ingredientes que él se aplicaba en combinar, metido en la cocina, con el conspicuo misterio que solemos otorgarle a las cosas trascendentales. Lo preparaba con una gravedad y una concentración extremas, como si en aquel ritual al que se entregaba en cuerpo y alma no solo pretendiera que el resultado fuera impecable, sino que, además, y quizá lo más importante, con el gesto honraba la memoria de su abuelo y los conocimientos que aquel pudo administrarle. Una vez finalizada la operación, escogía una sandía que pudiera ofrecerle la suficiente confianza y le practicaba una pequeña incisión en la corteza en forma de cuadrado, adentrándose 1 o 2 centímetros en su carne roja, y por ahí vertía pacientemente el preparado. Finalmente, volvía a colocar el pequeño cuadrado sobre la incisión y guardaba la sandía en la nevera. Esto sucedía en el tiempo en que la vecindad aún mantenía el hábito de sacar a las puertas de sus casas las sillas, hamacas y mecedoras que ocupaban con la esperanza de consolarse con el frescor de la calle y disfrutar, de paso, de las tertulias nocturnas con los vecinos. Cuando consideraba que el momento era propicio para compartir la sandía cuya carne había empapado generosamente con el cóctel, la buscaba en la nevera y, con una solemnidad que siempre le recordaré, cortaba las tajadas y las distribuía entre los familiares, amigos y vecinos que en ese momento compartían conversación y fresco callejero, observando a cada uno con detenimiento mientras se llevaban el trozo de fruta a la boca y aguardando su aprobación, aunque solo fuera con un gesto. Eran días de feria y fiestas, en los que se disfrutaba de la sencillez de la compañía, la conversación pausada y un trozo de sandía aderezada con un cóctel de fórmula secreta, no escrita, celosamente guardada en algún pliegue de la memoria.

Pero ese tiempo pasó, como pasa todo, y de él solo queda ahora el vago resplandor de un recuerdo en una calle vacía de veranos en los que ya no se comparte tertulia, ni fresco callejero ni sandías aliñadas. Los sistemas de refrigeración de las viviendas nos recluyen en ellas, nos aíslan, como nos van aislando todas las comodidades de las que hoy disfrutamos; el embrujo anodino de la televisión ocupa ahora nuestras últimas horas del día mientras tomamos una cena frugal y, quizá, una tajada de sandía sin cóctel ni pepitas. Y quizá, también quizá, ni siquiera compartimos media docena de palabras con quienes nos acompañan en ese cautiverio insustancial ante el televisor. Pero así son las cosas y así debemos aceptarlas. En aquellos años 60, el rumor de fondo que acompañaba las conversaciones lo traía el aire desde la verbena del barrio de Los Santos, y más tarde, en septiembre, desde el recinto de la feria, en el que, además de las casetas de tiro, la noria, el tiovivo, la tómbola, las barcas del Tío Marchena, los coches de choque o el retablo de Cristobicasque hacían soñar a mayores y pequeños, todavía deambulaban por aquel espacio de tierra y bombillas pintadas de colores, chiquillos que voceaban la venta de alatones y canutes de cisca ribereña, segada en las orillas del río Argos, con los que otros tantos chiquillos se entretenían, con certera puntería de aquellas cerbatanas artesanas, reventando los sueños de helio que los más pequeños sujetaban con un hilo para que no se le fueran al cielo.

De aquellos años y sus noches veraniegas de feria y fiestas, rescato las imágenes que el capricho de la memoria haya querido concederme, y entre todas ellas, una tan simple como el de la sandía empapada del cóctel que mi padre preparaba con su fórmula secreta, me hace pensar en ese mundo inextricable de la mente que se empeña en guardar celosamente conocimientos en apariencia banales, como si con su posesión exclusiva no se pretendiera otra cosa que alargar más allá de nuestra existencia el recuerdo que nos vincula a esas pequeñas cosas.

Hace años que mi padre nos dejó para siempre, y muchos más que dejó de elaborar su cóctel secreto para bañar la carne de las sandías en aquellas noches de verano y tertulias callejeras en las que llegaba hasta la puerta de nuestra casa el sonido de la bullanga de la feria o las fiestas patronales, y a pesar de su promesa de desvelar alguna vez los ingredientes de aquel brebaje cuya composición le transmitió su abuelo, se fue de este mundo sin hacerlo, quizá por ese empeño de no entregar todos los detalles de un secreto que deseaba llevarse consigo, tal vez con el convencimiento de que, si lo hacía, el tiempo acabaría diluyendo su esencia y arrebatándonos aquellas imágenes suyas en las noches de aquellos remotos veranos, como se disuelve en la memoria todo lo que no entraña misterio.

29 de julio de 2019