JAIME PARRA

Con motivo de la Feria del Libro en nuestra localidad, de la publicación de Salvación, novela recientemente editada por “Gollarín”, y de sus últimos reconocimientos literarios obtenidos en el ámbito de la narrativa y la poesía, Miguel Sánchez Robles, catedrático de Geografía e Historia y escritor, nacido y residente en Caravaca de la Cruz, uno de los autores más galardonados de nuestro país, responde a nuestra entrevista.

P:¿Qué te parecen en términos generales las ferias del libro y esas actividades similares que intentan promover y difundir la lectura?

R: La lectura y la misma creación literaria son algo que necesita ser promovido y alentado. Un mundo sin Literatura sería un mundo peor, un mundo más “desolado”, más triste, más injusto, infinitamente más pequeño y desprovisto, ausente de horizontes espirituales, incluso más desvalido para las sensibilidades humanas. Imagínate eso: ¡más desvalido aún! En ese sentido todo lo que se haga para promover que la gente lea más o piense por sí misma, me parece poco. Lo que ocurre es que a veces actividades así responden a clichés superficiales, se quedan solo en la apariencia o persiguen puramente objetivos de justificación institucional, es decir sirven a esa especie de mercadotecnia político económica que se lo traga todo, que está quemando toda la cultura. Pero bien, me parecen bien. Necesarias.

P:¿Y de las redes sociales qué piensas? ¿Las consideras positivas o negativas para el desarrollo de la lectura en nuestra sociedad?

R: ¡Las redes sociales! Eso algo tan nuevo que aún no hay suficiente perspectiva como para juzgarlo. A mí me hace gracia que enseguida lo etiqueten todo, lo simplifiquen todo, lo mitifiquen todo, que metan tanto en ese saco: Las redes sociales. Me hace gracia y me exaspera a la vez que me lleguen al móvil o a mi ordenador noticias irrelevantes, varias veces al día, sobre aspectos ridículos de la actualidad, esa cosa de la Eurovisión, por ejemplo. Me hace gracia que enfaticen: “Arden las redes sociales”, como buscando una importancia fingida en algo que no la tiene. Miras, prestas atención, le regalas tu tiempo a esas polémicas banales y te quedas sin él, comprendes que no arden, que nada arde ahí, que todo es mimético, impostado, que todo es tan “interesado” y ficticio y que uno de los mayores problemas que tiene el mundo actual es que hay demasiada gente que gana muchísimos miles de euros, no por trabajar en algo, no por producir algo, sino por decir o repetir “cuatro tonterías al trimestre” en las redes sociales, y te preguntas entonces a ti mismo: ¿Pero para qué he le he prestado yo atención a esto? No sé, creo que, casi como todo, las redes sociales se están convirtiendo también en mero entretenimiento y espectáculo. Incluso pienso que ese entretenimiento resta lectores auténticos, lectores exigentes, reflexivos. Pienso que esa inmediatez genera hábitos de ansiedad de contenidos superficiales, de excesivo picoteo, y que lo que de verdad hace falta o necesitamos es serenidad suficiente para profundizar en algo, para conocer o saber de algo a fondo, incluso para comprendernos un poco más a nosotros mismos, para dominar algo con el conocimiento, en vez de ser nosotros los dominados por los dictados de eso que llaman“rabiosa actualidad”. “Arden las redes”. Eso me hace mucha gracia. Es infantil. Y luego consiste en que fulanico de tal le ha dicho algo a fulanico de cual. Yo las uso como casi todo el mundo, si redes sociales es tener un blog o estar en facebook, yo las uso. Me gusta registrar pensamientos ahí y compartirlos. A veces también encuentro en ellas opiniones de otras personas que me resultan muy interesantes y a las que sería difícil llegar por otra vía. Pero tengo que buscarlas entre demasiada nadería. Comprendo que hay muchas posibilidades en el uso de esos medios, pero sospecho que no hacen mejores lectores y que cada uno de nosotros le da más a las redes de lo que recibe a cambio. Hay gente que les entrega una parte sustancial de su vida. Tampoco sé si es buena esa velocidad en la información y en la comunicación. En ese sentido echo de menos a veces las cartas escritas a mano, con letra muy cuidada y de pegar el sobre con saliva. Eran más esenciales y entrañables. Pero eso es ya nostalgia, pura nostalgia.

P:¿Crees entonces que debería haber un cierto tipo de lector y una determinada actitud lectora?

R: Ese es un asunto sobre el que he reflexionado mucho. Un buen lector siempre tiene etapas. Yo como tal comprendo que las he tenido. Todos los libros que he podido leer a lo largo de mi vida me han servido para ser como soy, me han moldeado, me han ayudado a vivir, a ser más feliz y a saber estar en La Tierra, eso es muy importante saber estar en el mundo y encontrarle un sentido a esto;y sobre todo me han dado el aliento suficiente para poder mantener viva esa la pasión de seguir creando y escribiendo. Pero ahora sería incapaz de ponerme a leer muchos de esos libros, me parecerían ingenuos, faltos de contenido, no me servirían para seguir iluminando ese sendero hacia algún sitio al que quienes leen o escriben siempre se dirigen. Digamos también que la lectura te reconcilia con la realidad, y que la realidad es muy dura, vista con lupa es terrible. Entonces hay dos maneras de afrontar eso. Una es huir, evadirte a través de lecturas divertidas llamadas “trepidantes” donde pasan muchas cosas sin cesar, asesinatos, naves espaciales, vampiros, alien, misterios de tumbas que son siempre los mismos misterios de tumbas… esas peripecias. Y otra es leer asumiendo un compromiso personal con el conocimiento y la verdad, la gran Verdad, con mayúsculas. Esta última actitud también produce “felicidad lectora”, no tiene por qué llevarte a lo triste, a lo que los partidarios de la evasión llaman “lo existencial”. Buscar en los libros la conmoción o el hallazgo es también positivo y a la larga muy útil para hacerte “persona”, para enfrentarte a los grandes reveses que te da la vida. Bueno, pues yo creo que en esto va ganando por goleada la otra actitud, la literatura fácil, la literatura de piscina que no te cubre, como la llama Lobo Antunes, de piscina donde el agua te llega por la rodilla, de “piscinita de riñón”, frente a la otra actitud de búsqueda, de intensidad, de subir escalones o de que te cubra el agua al sumergirte en un libro. Ese tipo de lector que busca explicaciones últimas o belleza expresiva o “shock” emocional no encaja muy bien en la actualidad. Pero volverá, estoy seguro de que volverá como vuelven las cosas que siempre son eternas o densamente humanas.

P: Háblanos de edición, de cómo es un proceso de edición, de las autoediciones, de las dificultades de editar en aquellos que empiezan.

R: Participar en el proceso de la edición de un libro es algo verdaderamente sublime. Produce una serie de satisfacciones personales muy gratificantes, empezando por decidir el título y terminando por tener la obra en tus manos y poder incluso disfrutar de ese olor especial que tiene un libro nuevo. Es siempre una aventura llena de decisiones y sorpresas. Hay ocasiones en las que el editor cuenta mucho contigo y existe un vínculo especial a la hora de elegir la portada o el tipo de letra, incluso pequeños detalles llenos de significado. Existe un placer especial en ir viendo cómo se va plasmando cada aspecto hasta llegar al final. Es como si sonara una música. El trabajo de editor para mí es uno de los más hermosos que hay. Me hubiera gustado mucho ser editor. Si vuelvo a vivir, me gustaría serlo. Aún, si me da tiempo, lo sería.
El mundo de la autoedición no lo conozco bien. Hasta la fecha he podido publicar todos mis libros gracias a premios recibidos que, además de la dotación económica, llevaban consigo la edición de la obra premiada. Sé que están creciendo muchísimo los libros autoeditados y me parece una forma muy digna de publicar, teniendo en cuenta que los grandes grupos editoriales sólo aceptan editar literatura comercial escrita casi exclusivamente por gente que sale en la televisión, ese empalagoso famoseo inexplicable al que por lo visto el gran público responde muy bien. Las grandes editoriales ni tan siquiera tienen en ese sentido la curiosidad necesaria para interesarse en qué hay de nuevo “bajo el sol”. No me importaría alguna vez autoeditarme un libro especial, un libro contracorriente, raro, escrito desde la más absoluta libertad, un libro que diga cosas de otra manera, que rompa, que agriete algo por donde pueda entrar alguna luz “no usada”, un libro como “Trilce” de César Vallejo, lleno de audacia semántica y sintáctica, uno de esos libros que ninguna institución esté dispuesta a publicar porque lo considere “extraterrestre” o algo así. Hay tantos libros iguales a otros libros. Pero me parece sano que la gente escriba y se autoedite, como me parece crucial que existan las librerías de barrio, las pequeñas editoriales y los editores con vocación.

P: Librerías. ¿Crees que hay un futuro para ellas?

R: Yo creo que sí. Cuando nos hartemos de ser manipulados y tutelados por la “mercadotecnia universal”, cuando el hombre reaccione a toda esta banalidad reinante, y tendrá que hacerlo alguna vez si no quiere morir de intrascendencia, las librerías volverán a ser lo que eran, lugares de encuentro y de asesoramiento al lector, lugares llenos de “biodiversidad”, donde poder auscultar un poco los libros, hablar con el librero y pasar un rato agradable, echar en paz la tarde entre cientos de libros y conversación. Aquí, en nuestra comarca, hay ya librerías que están empezando a funcionar también como verdaderos centros de animación cultural. Realizan actividades preciosas, muy próximas a la gente, se convierten en lugares encantadores en donde hallar algo valioso.

P: He leído tu última novela, “Salvación”, me parece un libro distinto, original. No lo considero literatura de consumo. ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?

Salvación es esa clase de novela que siempre quise leer. Es como un tributo a mí mismo. Creo que la escribí para poder leerla. La he leído y releído muchas veces, despacio, muy despacio y cada vez que lo hago hallo en sus páginas una especie de gratificación y serenidad renovadas. El mismo nudo argumental de la obra me ha permitido escribir con una cierta pulsión de libertad poética que siempre he añorado. He tardado tiempo en dar el texto por definitivo. Ha sido un libro al que he ido volviendo por etapas. Una de esas obras en las que el autor se refugia como salvándose de algo, como anhelando eso de: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”,esas verdades íntimas y auténticas que a veces pide el alma. En esta novela hay más prosa poética que narrativa y también un intento de construir un universo verbal coherente. Eso es lo que más me ha costado: dar coherencia a las partes, construir una confesión realizada en una especie de “presente continuo” fuera del marco de la realidad, saliéndome de ella. Y, sobre todo, este libro surgió de esa amputación bestial que sucede en tu alma cuando pierdes a tu madre de joven como es mi caso. En esa situación uno se queda siempre debiéndole palabras a ella y a la vida. En ese sentido esta novela tiene también mucho de sutura en el alma para seguir viviendo.

P:”Salvación” está escrita en primera persona y desarrolla también vivencias y recuerdos como muy llenos de realidad ¿Hasta qué punto es autobiográfica?

R: Aunque no lo parezca al principio, Salvación es una obra optimista, una novela de redención y de agradecimiento a la existencia, pero no es una novela autobiográfica ni una novela religiosa en sentido estricto. Digamos que es una novela del alma, del corazón humano. Aunque en cada libro que uno escribe hay siempre algo de lo que de verdad has vivido. Tuve la tentación de hacer una obra biográfica al uso tradicional, hubiera podido hacerlo, incluso hubo un momento en que empecé a darle esa forma, pero me dio mucho pudor el hecho de desvelar mi vida, mi auténtica vida a los demás. Por lo tanto, salvo algunas coincidencias en los nombres y en los pequeños hechos, incluso algunos fragmentos entrecomillados de poemas míos inéditos o publicados a lo largo del tiempo que he incluido a modo de testimonio literario personal, no existe una correspondencia directa con mi propia biografía. Eso sí, toda la poesía, todo el sentimiento y toda la conmoción literaria que puede haber en ella forman enteramente parte de mi visión personal y poética del mundo. De alguna manera he querido llevar a cabo esa máxima de Seamus Heaney que dice: “El único material que un escritor necesita es su sentido del mundo”, y esa otra de José Emilio Pacheco: “Mi desolado tema es ver qué hace la vida con la materia humana”.

P: ¿Antes de esta novela, qué otras obras has publicado últimamente y nos recomiendas?

R: El pasado año publiqué “Las palabras oscuras” en Hiperión. Es un libro que ganó el Premio Internacional de poesía “Claudio Rodríguez”. Un poemario que aconsejo a quienes les guste la intensidad y el hallazgo expresivo. Y en novela también publiqué a través de la Fundación Siglo de Castilla y León “Nunca la vida es nuestra”, premio a la “Creación Literaria Fray Luis de León”. Esta novela es una hermosa historia de amor ambientada en el medio natural del Noroeste murciano. Es una obra con la que me siento muy agradecido porque he recibido multitud de felicitaciones personales de lectores a los que les ha encantado. La recomiendo totalmente y espero poder volver a reeditarla en un futuro no lejano.

P: Por último¿ Cuáles son tus proyectos literarios?

Tengo muchos, creo que demasiados proyectos en mente que seguro no podré cumplir, que tendré que dejar para otra “ocasión”, me gusta creer que todos tendremos siempre “el eterno retorno”, otra ocasión en la que volver a vivir. De momento estoy tratando de terminar una novela corta, extraña, filosófica, llena de audacia expresiva y de ciencia ficción. Es otro de esos textos que es muy difícil dar por definitivos. También depuro sin cesar dos libros de poesía que a mí mismo me asombran a veces. Uno de ellos quiero que sea mi gran obra lírica, por eso lo perfecciono hasta la extenuación. Y también tengo algunos relatos pendientes de terminar con los que quiero dar forma a un libro. Y sobre todo seguir leyendo mucho y escribiendo. La lectura y la escritura son siempre un proyecto en sí mismo para no correr el riesgo de conformarse con eso de vivir una sola vida.