Pedro Antonio Martínez Robles

Yo no tendría más de ocho o diez años cuando entré por primera vez en la almazara de doña María Velázquez. Era el tiempo del frío y de la oliva, en los años de las calles húmedas y lóbregas, con bombillas amarillas y desnudas que pendían del centro de un cable. Me acuerdo que el aire estaba cargado de ese helor inconsolable que se mete en la caña del hueso y te encoge el cuerpo hasta el dolor.

Mi padre había llevado El Caramelo,—que terminó siendo un camión hecho con trozos de muchos camiones: cabina Leyland, motor Perkins, caja de cambios Víper, chasis y remolque de madera—hasta la puerta de la almazara para que los operarios lo fueran cargando con carretilladas de chepa, que es, para quien lo ignore, como llamamos en esta tierra nuestra al orujo molido y prensado de la oliva. Yo lo acompañé en aquella noche helada de diciembre, atravesando las calles estrechas y quebradas de San Abdón, Sartén (hoy Goya), hasta llegar a la de Los Santos, donde abría su puerta poderosa, de madera fuerte y vieja, tachonada de clavos grandes, la almazara de doña María Velázquez. En el interior, que tenía la altura de dos pisos, las pilastras, las paredes y el suelo estaban impregnados de una pátina caliente y aceitosa que al entrar te envolvía en un abrazo confortable. Mientras veía faenar a los operarios, abrazados por aquel hálito untuoso y cálido que contrastaba con el frío duro del exterior, descubrí las lágrimas que resbalaban de los cofines, en la prensa, camino del foso en donde burbujeaba de manera imperceptible el aceite denso, verde y oscuro. Un foso que me produjo, desde el principio, cierta prevención, pues se ofrecía casi al paso, a ras de suelo, y supuse que una caída accidental en él podría resultar muy comprometida. Cuando los operarios terminaron de llenar el camión con el orujo humeante que vaciaban de los cofines, llenaron un lebrillo con bolas de tomate en conserva, rodajas de cebolla, pimiento asado, pedazos de bacalao, olivas negras y un generoso chorro de aceite de oliva virgen, recién ordeñado como quien dice. Hicieron luego un corro alrededor del lebrillo al que fui convidado, y, como no quiero ser demasiado prolijo en las explicaciones, diré sólo que el sabor de la miga de pan que mojé en aquel aceite y luego me llevé a la boca, se me quedó flotando muchos años en la memoria. No sé por qué. Tal vez sea porque en aquel tiempo en el que todos éramos pobres, el bocado, a pesar de ser simple, no dejaba de ser exquisito. Por eso me pregunto si hoy, que vivimos tiempos de mayor abundancia, no estaremos algo equivocados buscando sabores extraordinarios donde quizá no los haya, y descuidando sabores que una vez dejaron huella y ahora despreciamos por sencillos.