PASCUAL GARCÍA

Mi madre, como las madres de entonces y de aquellas calles altas del Castillo, tenían la virtud de transformar la Cuaresma, ese débito de la conciencia con un prejuicio religioso irracional como todo lo religioso, en un festín de sabores nuevos que la costumbre nos traía cada año. Para la víspera del Miércoles de Ceniza se hacían fritas, una especie de tortas de masa de pan, cocinadas en la sartén con aceite de oliva del año, que luego empapábamos en azúcar y nos comíamos con ansia, porque a partir de aquel día cumpliríamos con el protocolo del ayuno cada viernes, que no era otra cosa que cambiar la carne por algún otro alimento, como el pescado, las verduras, las legumbres y las hortalizas; y eso, bien mirado, era lo que hacíamos cada semana, porque el arroz con pollo o con conejo se comía los jueves y los sábados, y el cocido de cerdo era en mi casa un manjar de los domingos, y la ternera no era de aquel mundo.

Recuerdo aquellas fritas de buen tamaño y su olor a harina de pan con aceite, que con el paso de los días se iban apelmazando, perdían esponjosidad y ternura, pero no por ello dejábamos de comérnoslas, porque mantenían el gusto maternal de los alimentos primitivos y seguían apeteciéndonos a pesar de todo.
En Calasparra conocí una versión reducida, no en balde ellos las llaman fritillas, que se diferencian de los buñuelos sólo en el agujero del centro, pero que son, asimismo, muy sabrosas y que allí suelen servirlas con chocolate caliente. En este principio misterioso de la primavera, cuando menudean los mirlos y las lluvias ocasionales, aunque de vez en cuando vienen unos días de frío, como huidos del invierno, es un placer reunirse con la familia o volver a las imágenes que la memoria conserva de aquellas tardes todavía frías de finales de invierno, en que uno regresaba a casa de la escuela y se encontraba a su madre con el rostro enharinado y envuelta en el aroma del pan y del aceite. Sobre la mesa una fuente o un barreño repleto de fritas, aún humeantes, junto al azucarero, nos invitaba al goce del paladar.
Aquella noche era la noche del reventón, así con ese aumentativo con regusto a posguerra, que tal vez llegaba de los oscuros años del hambre en los que comer hasta hartarse constituía una celebración de la vida. Al fin y al cabo, comer ha sido siempre una fiesta, una prueba de salud y un despilfarro que no todo el mundo ha podido permitirse.
De allí en adelante cada viernes mi madre, de prodigiosa memoria y fiel a los hábitos de siempre, eludiría la carne en las comidas y, a cambio, elaboraría unos excelentes potajes de albóndigas, unos guisados de habas y alcanciles, unos arroces de verduras tiernas y unas espléndidas tortas de bacalao o aquellas fenomenales fuentes de tomate frito con pimientos, que nos harían olvidar el resto de las viandas prohibidas. Quizás por esto nunca sentimos en las casas, donde la madre cocinaba bien y con amor, ese tiempo de abstinencia, que ha impuesto la Iglesia, en ocasiones, para ser justos, solo a unos pocos, pues los que tenían dinero podían comprar una bula, como se cuenta en El Lazarillo, y comer hasta hartarse, porque hasta el año 1966 la dispensa de la Santa Cruzada permitía librarse de los rigores de la penitencia, del ayuno y la vigilia a cambio de dinero.
La noche del Reventón era épica y los muchachos comíamos con ansia aquellas fritas apetitosas como si se acercara el fin del mundo y nunca más fuésemos a probar bocado.