PEPE LÓPEZ MARÍN

Gracias Belén por tus palabras… y buenas noches a todas y a todos… Como periodista que uno cree ser y si tuviera que poner un titular a las palabras que a continuación voy a pronunciar, tenía previsto uno: “Preguntas incómodas”, pero escuchando a Paco hace un momento se me ocurre un segundo: “Veinte años después”… que cada uno se queda con el que más le guste…

Concierto de la Orquesta de Cámara del Noroeste

Concierto de la Orquesta de Cámara del Noroeste

Estamos hoy aquí para celebrar un muy feliz aniversario. 

Cantaba Carlos Gardel “Que Veinte años no es nada”, pero para un periódico local como El Noroeste veinte años son casi toda una vida. 

No son muchos los periódicos que pueden presumir de tener un DNI con veinte años a sus espaldas, de modo que empecemos por reconocer que lo que hoy celebramos Sí es un hecho extraordinario. 

Lo primero que quisiera es trasladarles, trasladoros, mi agradecimiento por poder estar hoy aquí, veinte años después de asistir al nacimiento de El Noroeste y de haber tenido la suerte y el honor de compartir aquel feliz parto. 

Y también mi emoción por hacerlo en este marco, el Teatro Thuiller, una joya de la tenemos que sentirnos muy orgullosos y donde la palabra se transforma tantas veces en un arma cargada de futuro.

A lo largo de mi intervención voy a intentar hablarles sobre todo de algo que ha formado parte de mi vida y es una de mis grandes pasiones, el periodismo. Y ya les aviso, lo voy a hacer con dolor, pero espero que también con esperanza.

Vivimos, todos lo sabemos, en un mundo tan globalizado que lo que sucede aquí, en nuestro propio pueblo, muchas veces se decide a miles de kilómetros. Esto mismo, por extraño que parezca, sucede también en el periodismo. Por eso, para entender las cosas, podría ser aconsejable antes que nada echar un vistazo hacia fuera. 

Sabemos por experiencia que para intuir lo que va a pasar en unos años en este país y en esta tierra a veces solo bastaría con echar un vistazo a lo que está pasando ahora mismo en EEUU. Lo que allí sucede casi siempre acaba repercutiéndonos, para bien o para mal, pero marcándonos el camino.  

En el periodismo, y como señalaba antes, también ha sucedido y está sucediendo esto mismo. Y, seguramente, no para bien. La crisis que vive la profesión es de tal calibre que hoy los periodistas y el viejo periodismo, reconozcámoslo, somos junto con los políticos, dos de los trabajos y profesiones peor consideradas por la gente, por la ciudadanía de este país. 

Así lo reflejan machaconamente las encuestas y los estudios de opinión. Y, como siempre, esto no ocurre porque sí. Tiene sus razones y viene de lejos.

Empecemos por lo malo para intentar luego entreabrir una puerta a la esperanza. Y hagámoslo utilizando las palabras de quienes deben saber bastante de qué va el asunto.

Me van a permitir que para explicar mi pensamiento recurra a las palabras de un veterano reportero y escritor norteamericano. Su nombre es Gay Talese, una de cuyas obras inspiró la gran película de El Padrino sobre la mafia neoyorkina, y que fue, junto a Tom Wolfe, uno de los padres del nuevo periodismo americano.

 

Gay Talese es un veterano escritor y periodista que ha tenido siempre a gala vivir al margen de la vorágine de Internet, que ha seguido escribiendo sus crónicas hasta el presente con su vieja máquina de escribir y es uno de los mejores y más grandes ejemplares, permítaseme decirlo así, de esa especie en extinción que son los grandes reporteros del S. XX. 

Pues, bien, este hombre dijo en una entrevista en el diario El País que “el periodismo norteamericano había muerto”. Así lo afirmó. Sin paliativos y sin contemplaciones. Lo dijo con motivo de la presentación en España de uno de sus últimos libros. 

En aquellas declaraciones recuerdo que afirmó que el gran peligro del periodismo americano, esa honorable profesión que había sido capaz de forzar la dimisión de presidentes como Richard Nixon, el mismo periodismo que está detrás de esa gran película como es Spoplight, donde se relata la lucha titánica de un grupo de periodistas por destapar una red de pederastia, uno de los crímenes más execrables que puede realizar el ser humano, y que afectaba a una parte de la jerarquía eclesiástica de Boston…  

Pues bien, este hombre –Talese– dijo solemnemente que ese periodismo simplemente había muerto. Y que lo había hecho por un exceso de complacencia. 

Y dijo también que su muerte no había sido consecuencia de la irrupción de Internet y de las redes sociales como Facebook, Twitter y demás, como muchos quieren hacernos creer, allí y aquí, sino que su agonía venía de la complacencia con el poder, con el Stablisment que llaman ellos. Esa misma complacencia que los grandes medios americanos habían mostrado desde los años finales del siglo pasado.

 

Gráficamente lo explicó de esta guisa: el periodismo americano dejó de ser lo que era el día en que aceptó que sus corresponsales de guerra se empotrasen en los carros de combate de la II Guerra de Irak. 

Y al aceptar también, sin rebelarse, las reglas que emanaban de aquellos generales que suponían mirar los conflictos a través de los ojos de esos mismos tanques y de la censura impuesta por los generales del Pentágono que dirigían aquella guerra que nunca tuvo que suceder. 

Y dijo más: el periodismo dejó de ser periodismo en la medida que dejó de hacer y de hacerse las preguntas que incomodan al Poder en mayúsculas. 

Ésas, las preguntas incómodas, son y tendrían que ser siempre la esencia del buen periodismo.

Vino a denunciar finalmente Talese que los medios americanos cambiaron una porción de su libertad por una apariencia de seguridad y que en esa decisión cavaron su propia fosa de credibilidad.

Ese fantasma, la falta de credibilidad, es el que les persigue desde entonces. Y ha sido, en gran parte, el que ha hecho posible que un personaje tan histriónico y peligroso como es Donald Trump haya llegado a la presidencia del país más importante del mundo como son los Estados Unidos. Esto es algo que puede parecernos muy lejano pero que al final acabará por contaminarnos a todos.

Algo así, y salvando las lógicas distancias, puede que esté pasando en España, si es que no ha pasado ya. Así, vamos viendo con una extraña normalidad que cada día que pasa nos vamos dejando peligrosos jirones de libertad a cuentas de una falsa seguridad. 

La libertad, amigos, tiene sus riesgos, sin duda, pero la seguridad no puede ser nunca la otra cara de la misma moneda. Ambas, libertad y seguridad, viajan en vagones diferentes.

Aquí, más cerca, en nuestro propio país, otro periodista más próximo a nosotros como es Iñaki Gabilondo, lo dejó escrito en uno de sus libros al poco de jubilarse en la Cadena Ser.

 

A propósito de la gran crisis de credibilidad que, como en EEUU, también han sufrido los grandes periódicos españoles y que afloró con crudeza con lo que algunos insisten en llamar crisis económica pero que ha sido en realidad una GRAN ESTAFA, Gabilondo denunció, y yo estoy muy de acuerdo con él, que el pecado capital del periodismo español había sido vivir demasiado cerca del PODER.

Hasta el punto de que muchos periodistas creyeron que formaban parte de ese mismo poder. Y creyeron que podían comer en su misma mesa sin que pasara nada. Pero pasó. Y ¡VAYA SÍ PASÓ! Se empieza compartiendo mesa y mantel y se acaba compartiendo casi todo lo demás. 

Como señalamos antes y a propósito de la libertad y  de la seguridad, los políticos y los periodistas tampoco deberían, deberíamos, viajar en el mismo tren. Eso lo creo firmemente. Su mezcla y cercanía no solo es indecorosa, sino que es tóxica para la salud democrática de cualquier un país, de cualquier sociedad.

El lugar de trabajo de un periodista es la calle o la redacción, nos recordaba Gabilondo en ese mismo libro. Ahí está su salvaguarda, su escudo. Allí se está seguro. Fuera de ese espacio, el periodista está perdido. Sea dicho esto de forma real y metafórica.

Y es que en este país, reconozcámoslo, demasiados periodistas han aceptado comer en la misma mesa de los poderosos, hasta el punto de que muchos de ellos se han creído que formaban parte de ESE PODER cuando su misión, la nuestra, la de los periodistas, es la de controlarles y hacer de guardianes incómodos de sus posibles desvaríos y de sus corruptelas. 

Estos días lo vemos con cierta claridad a propósito del mas famoso máster del que se haya informado nunca en este país y del que llevamos ya hablando varias semanas. Me refiero, claro está, al máster fantasma de Cristina Cifuentes, la presidenta de la Comunidad de Madrid.

Otra vez David contra Goliat. Curioso que este affaire haya sido denunciado por un pequeño diario digital como es eldiario.es, cuyo gran valor y patrimonio son sus periodistas y sus socios; como curioso resulta que otro pequeño digital, elconfidencial.com, sea el que haya cogido el testigo de las informaciones relevantes del caso. 

Pero no nos engañemos: este saludable ejercicio de buen periodismo es aquí y hoy en día la excepción, no la regla ¿Dónde están y dónde han estado los grandes medios de prensa, radio y televisión en este tema? Ya os digo lo digo yo si me lo permitís. Muchos de ellos han estado compartiendo mesa y mantel con el Gran Poder. Mirando el conflicto empotrados en los grandes tanques mediáticos que diría Talese.

Criticar, cuestionar, denunciar, desenmascarar todas las zonas de sombra de los poderes, de todos, sean éstos POLÍTICOS, ECONÓMICOS, RELIGIOSOS o MILITARES, pongamos por caso, era, es y deberá seguir siendo la función del buen periodismo, como, en parte, lo es también del arte y de la cultura en general. 

Porque lo cierto y verdad es que toda forma de poder alberga en su seno la semilla de la corrupción dispuesta a ensuciarlo todo. 

Si nos fijamos BIEN esta palabra, la palabra PERIODISMO, casi ha desaparecido de los manuales al uso. Hoy, las universidades, eso que algunos llaman pretenciosamente La Academia, prefieren utilizar ese otro termino más inocuo de COMUNICACIÓN. 

Un termino este que es más aséptico, digerible y manipulable, menos combativo, un término bajo cuyo paraguas se pueden esconder más fácilmente los intereses oscuros e inconfesables de quienes en realidad solo quieren y pretenden su beneficio personal. 

Porque, si nos paramos a pensar, COMUNICACIÓN es todo: incluido el marketing, la publicidad, los argumentarios de los partidos políticos…, pero PERIODISMO es, debería ser, otra cosa muy distinta. 

Por eso, reivindicar hoy palabras como periodismo, reportero, corresponsal, independencia, ética profesional… casi es revolucionario en un mundo en el que prevalecen eso que tan vulgarmente llamamos comunicadores. 

Esto lo vemos sobre todo en LA TV, en la radio, en Internet, donde el ruido acaba ocultando el mensaje. No importa lo que se dice y lo que se cuenta, sino quién lo dice y quién lo cuenta. Los famosos influencers, esos personajes de los que muchos hablan, proceden de esta peligrosa transformación y confusión. De este ruido. De esta mezcla tan venenosa para la necesaria salud del buen periodismo.

Por todo esto que les he comentado, tener aquí, en nuestro pueblo, en nuestra comarca, una herramienta como este periódico, El Noroeste, que hoy nos convoca, que además ha ido creciendo poco a poco, hasta el punto de que hoy navega por internet con descaro y soltura, y que de alguna manera ha parido una pequeña editorial cuyo nombre, Goyarín, tanto nos evoca a la gente de aquí, y que en su corta existencia ya ha apadrinado la publicación de 14 libros, todo ello es toda una realidad y una gran suerte. Es, debería ser, un motivo de orgullo también para todos nosotros. 

Disponer de medios locales dispuestos a hacer preguntas incómodas, no solo es necesario, sino que siempre será una garantía de salud democrática, una mejor manera de encauzar el siempre incierto futuro. 

En un mundo donde predomina el gratis total, el mero gesto de pagar un euro y medio por un ejemplar de El Noroeste, o rascarse el bolsillo con 20 € para comprar uno de sus libros, es toda una garantía y salvaguarda de ese mismo futuro que todos queremos mejor.

Hace ahora veinte años creo recordar que en el acto de presentación en sociedad de El Noroeste, que tuvo lugar en el salón de actos de la Casa de Cultura, expresé mis lógicos deseos de larga vida a una publicación que nacía con la mejor de las intenciones, aunque si he de serles sincero tengo que reconocer algo que no dije entonces: pensaba que aquella empresa periodística difícilmente sería un proyecto que fuese a durar más de uno o dos años. 

Afortunadamente, como sucede tantas veces en la vida de uno, me equivoqué. Y la prueba es, como decía antes, que estamos aquí hoy para celebrar estos VEINTE años que son mucho más que nada. 

Han sido, a buen seguro, veinte años de una travesía que ha tenido que superar tormentas y embates, que han podido hacer naufragar el proyecto, porque así es también casi siempre la vida.

Pero si hoy estamos aquí es porque un grupo de personas valientes han logrado aguantar todas las penalidades, todas las dificultades y superar los muchos palos en la ruedas que han intentado hacer naufragar el proyecto. 

De tal forma que si hemos llegado hasta el puerto que hoy nos cobija es, en parte, pero no solo, por ese grupo de personas que han empujado y dedicado esfuerzos a la empresa. 

Entre ellas, claro está, su editor y hoy anfitrión, Paco Marín, que dedica parte de su tiempo y entusiasmo a que la travesía continúe viva.

Esta realidad ha sido también obra, sin duda, de los periodistas que han pasado por su redacción, los que ya no están y los que siguen. 

Habría que dar también las gracias, cómo no, a la larga lista de los colaboradores que forman, formáis, parte de este proyecto y con cuyas opiniones y análisis de la realidad se amplían miradas y horizontes, se abren debates, en una sociedad necesariamente diversa y plural.

Y también, cómo no reconocerlo, gracias a los comerciales y a los anunciantes, pues sin ellos, sin vosotros, nada sería viable y los números nunca cuadrarían. 

De todos ellos, de todos vosotros, es parte del mérito, pero hay algunos más que lo hacen posible. 

Me refiero aquí y en primer lugar a los hombres y mujeres de APCOM que, al modo y manera de la vieja usanza, vocean y distribuyen cada nuevo número por las calles y plazas de nuestros pueblos y que se han convertido en la cara más visible y humana de este proyecto. 

Vaya para todos ellos mi felicitación más sincera porque a ellos, seguramente, les corresponde también una parte no menor de esta historia de éxito. 

Pero si hemos llegado hasta aquí es, sobre todo, porque vosotros, lectores anónimos, lo habéis hecho posible. No hay proyecto periodístico que dure veinte años si no cuenta con la complicidad de sus lectores. Vosotros, cada uno de los lectores, sois también y sin duda alguna los héroes de este ya exitoso camino.

Bien es verdad que vivimos momentos confusos, llenos de miedos y sobresaltos. Es cierto que vivimos en un mundo en el que y en palabras robadas a un escritor tan próximo geográfica y culturalmente a nosotros como es ANTONIO MUÑOZ MOLINA, ya casi nada de lo que pisamos es o nos parece sólido. 

Estamos rodeados, o así nos lo parece a muchos, de arenas movedizas. El suelo no es firme. Nuestros hijos se van fuera porque su país no sabe qué hacer con ellos y los expulsa. Es como si viéramos un horizonte lleno de niebla donde lo que nos parecía sólido y fuerte dejó de serlo hace tiempo… y ahora no supiéramos qué nos espera detrás de esa espesa neblina que nos rodea.

Y es verdad también que estamos lejos, muy lejos, del mundo de hace veinte años, que nos parecía entonces lleno de supuestas certezas, un mundo en el que Internet era una entelequia casi de ciencia ficción. 

Cómo no será el asunto si hasta hace veinte años un presidente de este país no tenía reparo alguno en decir que él hablaba catalán en la intimidad y hoy, triste y dolorosamente, andamos como andamos, otra vez peleados, disgustados, enfrentados, con el miedo y la rabia en el cuerpo.

Seguramente si muchos periodistas, españoles y catalanes, hubieran hecho las preguntas que debieron hacer entonces, no hubieran aceptado ser complacientes con algunos, autocomplacientes con el poder a un lado y otro del Ebro, seguramente las cosas no serían como hoy en día parece que son. Allí en Cataluña y aquí, en el resto de España. 

Para eso sirve, debería servir, también el periodismo, el buen periodismo. Para vacunarnos contra la intolerancia.

Y es por todo esto, porque necesitamos certezas, certezas tangibles y palpables a las que asirnos, como lo es esta pequeña joya del Teatro Thuiller que hoy nos acoge y acuna. 

Y es verdad también que necesitamos sentirnos protegidos, saber que nuestros gobernantes y autoridades están sobre todo para defendernos. Y  necesitamos también confiar en que alguien va a hacer la pregunta incómoda que hay que hacer en cada momento, para crecer en democracia, en justicia social, en igualdad real y efectiva entre mujeres y hombres, en solidaridad con el diferente y desvalido. Todo eso debería ser el buen periodismo

En esta batalla de esperanza y futuro que tenemos por delante un periódico como El Noroeste está obligado a ser un eslabón más de esa cadena que nos tiene que hacer más fuertes y solidarios, más felices y más justos.

Hace unos días, pensando en las palabras para este acto, le preguntaba a un amigo, a Indalecio Pozo, si él conocía la razón de que este teatro llevase el nombre de Emilio Thuiller, pues buscando por aquí y por allá no había logrado una  respuesta satisfactoria. 

Me comentó Indalecio que, según parece, todo fue un cúmulo de casualidades. Resulta que Emilio Thuiller llegó con su compañía a Caravaca, a este mismo teatro recién construido y que aún carecía de nombre, y que tal fue su éxito que alguien propuso dedicárselo al actor y compositor malacitano. Dicho y hecho.

Casi cien años después de aquel acontecimiento, y esto no puede ser una mera casualidad, estamos hoy aquí, en el mismo teatro, para celebrar un feliz cumpleaños como es este veinte aniversario de otra gran obra, la del periódico El Noroeste. 

Y, sobre todo, imagino que también para disfrutar de uno de los mejores espectáculos musicales que se pueden dar en esta tierra como es un concierto de la Orquesta de Cámara del Noroeste que será, a buen seguro, el mejor colofón de este acto. 

Así que, y ya para ir terminando, quisiera dar las gracias a Paco, por invitarme a formar parte de este acto, de esta fiesta y de este homenaje. 

Y gracias también a todas vosotras y a todos vosotros, por la paciencia de escuchar estas palabras emocionadas que solo han pretendido ser una continuación de mis palabras de hace veinte años y que desearían ser el pórtico de, al menos, otros 20 años más de exitosa travesía.

De suceder así, eso no solo será bueno para quienes trabajáis y colaboráis en El Noroeste, seguro que también lo será para esta tierra y sus gentes, tierra a la que tantas veces nombramos con el corazón encogido porque la queremos y porque nos duele.

Y eso sí, pediros una cosa: exigirnos a todos los periodistas, también a El Noroeste, que nunca dejemos de hacer las preguntas que más incomodan al Poder. Posiblemente nos va en ello y la cohesión social de este país.

Y muchas gracias a todos y a todas.