Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Durante muchos años los muchachos y las muchachas del Castillo no tuvimos otras golosinas, chuches lo llaman ahora, que estas semillas naturales tostadas y saladas con las que nos regocijábamos los domingos por la tarde, que era el único momento de la semana en el que algunos nos aventurábamos Calle Mayor adelante en dirección a La Glorieta dispuestos a pasar unas horas de asueto y diversión en compañía de otros amigos. El barrio hasta una edad determinada era un territorio cerrado del que apenas salíamos, como si cruzar unas supuestas fronteras que no guardaba nadie fuese inconcebible o disparatado. Cada cual se quedaba en sus calles y no molestaba a los otros en sus dominios naturales.

Era un tiempo de grises y de frío y a veces comprábamos una bolsa de pipas en la tienda de la María del Ginés y nos la comíamos con destreza de pequeños loros sentados en una baldosa cualquiera mientras nos contábamos nuestras propias historias como hacen los personajes de las novelas de Juan Marsé, aventis las llama él, y combatíamos de este modo el aburrimiento hasta que la voz enérgica pero afectuosa de nuestras madres nos llamaba para la merienda. Yo creo que los quicos vinieron después, pero durante muchos años no hubo otra cosa para solazar el sentido del gusto más allá de los guisos suculentos de las mujeres y de los bocadillos bien abastecidos para las tardes. Pipas y quicos, al principio discriminados en pequeñas bolsas de plástico diferentes y unos años más tarde, mezclados.

Mi madre las compraba en bolsas más grandes, familiares casi, en el mercado de los sábados, y después de comer solía ponernos unos cuencos mientras veíamos la película, aunque, a su vez, ella tenía la costumbre de tostar habas secas y almendras, de mezclarlas con las nueces y de servírnoslas en las largas y agradables sobremesas de los días de fiesta.

Hoy existen infinidad de golosinas y de confites, que los niños compran cada día en los puestos de la calle o en las tiendas, de tal modo que con un euro pueden ir pidiendo un buen número de ellas, céntimo a céntimo, porque el universo del azúcar y de los colores como tantas otras cosas les pertenece en su totalidad. A veces hacemos cola para comprar la prensa mientras los chiquillos van desgranando su retahíla de gollerías cuyos secretos solo ellos conocen hasta completar la moneda que les ha dado su madre y que llevan bien apretada en su mano derecha.

Aunque siempre fui más partidario de los alimentos de sal que de los dulces, reconozco que cuando asisto a estas escenas, envidio la abundancia de la oferta y el desparpajo de la demanda; quiosqueros y zagales parecen en esos instantes una unidad indisoluble en el placer del paladar, en la ilusión de los más pequeños por halagar su boca  y miro hacia el pasado con una punta de ternura y de inocencia.

Pipas y quicos era cuanto teníamos entonces y el Ginés y la María no podían ofrecernos nada más. Habitábamos un mundo precario y elemental en el que todavía no cabían la sofisticación y los conceptos de una futura gastronomía de altos vuelos. Con una peseta podíamos gozar durante unos minutos  y combatir la espesa melancolía de las tardes de domingo, arrebujados en una esquina del Patio Campanario para protegernos del frío de febrero que nos vapuleaba y que un día de aquellos traería los primeros copos del año a las Torres.

Un placer antiguo y ya universal que el tiempo nos ha guardado en la memoria  como una reliquia de la infancia.