NOEMÍ GARCÍA MARÍN/PEDAGOGA Y ORIENTADORA ESCOLAR

El medio natural es esencial para nuestro desarrollo, especialmente en la infancia. Ésta tiene más importancia de lo que realmente nos imaginamos… de hecho, si cerramos los ojos y pensamos en un recuerdo feliz de nuestra juventud, la gran mayoría de nosotros recordará una vivencia donde la naturaleza era la protagonista.

ImaginiaSin embargo, cada vez más, nos encontramos que el entorno en el que crece un niño/a carece de estas vivencias diarias que nosotros, los adultos, tuvimos la suerte de disfrutar (jugar todo el día en el campo, con la tierra, llenándonos de barro buscando lombrices, huesos de animales o fósiles… observar y jugar con los animales, persiguiendo gallinas, perros y gatos. Bañarnos en los ríos, las acequias y los pantanos. Ayudar a los abuelos a excavar la tierra, sembrar o recolectar hortalizas y verduras…). Por el contrario, los niños de hoy, desafortunadamente, son demasiado urbanitas, cada vez más conectados a la tecnología y más desconectados de la naturaleza, lo que hace que muchos de ellos desarrollen el conocido “trastorno por déficit de naturaleza”.

El uso excesivo de pantallas (ya no sólo como ocio y como uso habitual debido al avance tecnológico, sino también como recurso educativo imprescindible derivado de la actual crisis sanitaria), puede tener efectos nocivos en la infancia: cansancio, problemas de atención y de concentración, desajustes del sueño y la alimentación, somnolencia, insomnio, ansiedad, irritabilidad, miedos, desmotivación, adicciones, obsesión, depresión, trastornos del desarrollo, sensación de aislamiento o dificultades para socializar. Otros signos o consecuencias de este trastorno pueden ser la obesidad, el asma, la hiperactividad o la falta de vitamina D. Además, pasar demasiadas horas en un cuarto con luz artificial deriva en problemas de visión o un menor desarrollo del sistema inmunológico.

En cambio, el medio natural es un entorno donde los niños descubren y exploran libremente, de hecho, las investigaciones en Psicología Ambiental constatan numerosos beneficios para la salud, el bienestar, el desarrollo y el aprendizaje. En los niños, aumenta su actividad física, sus capacidades psicomotoras y su inteligencia espacial, reduce la ansiedad, favorece las funciones cognitivas (memoria, atención, planificación, concentración, toma de decisiones…), desarrolla su creatividad, fomenta las relaciones sociales y favorece la resiliencia. Afrontan mejor las situaciones de estrés, les aporta autonomía y sensación de libertad, mejora su salud cardiovascular y respiratoria. El contacto con la naturaleza, además, incide positivamente en el rendimiento académico ya que contribuye a una buena salud mental y según los últimos estudios, a un correcto desarrollo emocional, despertando la inteligencia naturalista en algunos niños.

Para las familias interesadas en esta forma de educar, les recomiendo la consulta de información sobre el concepto Pedagogía Verde, de la psicóloga y pedagoga Heike Freire, pues en su libro «Educar en Verde», nos aporta un conjunto de conceptos, ideas y estrategias para acompañar el desarrollo del niño cultivando su vínculo con la naturaleza. Heike entiende al ser humano como la semilla de un árbol o una planta que, para crecer y aprender necesita tiempo y calma, amor y confianza.

En definitiva, el entorno natural debe convertirse en un aspecto imprescindible para el desarrollo del niño, y no utilizar las salidas a la naturaleza como recompensa, sino crear un vínculo con ella, pues condiciona su salud, bienestar, aprendizaje y comportamiento.