PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

De críos y hasta muy entrada la adolescencia era habitual el cambio de pantalones a estas alturas del año, aunque no tuviéramos más que dos pares: unos para la huerta y el trabajo duro, y los otros para los domingos y las fiestas de guardar; pero el término de la primavera y el principio del verano constituían espacios de fiesta y de algazara, pues nos liberábamos de los pantalones largos y de las camisas y rescatábamos los viejos pantalones cortos de la temporada anterior y salíamos a la calle como liberados, ingrávidos y nuevos, con las piernas blancas y al aire, que previamente nos habíamos lavado de forma concienzuda con estropajo y jabón casero siguiendo las severas instrucciones de nuestras madres.

PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

De críos y hasta muy entrada la adolescencia era habitual el cambio de pantalones a estas alturas del año, aunque no tuviéramos más que dos pares: unos para la huerta y el trabajo duro, y los otros para los domingos y las fiestas de guardar; pero el término de la primavera y el principio del verano constituían espacios de fiesta y de algazara, pues nos liberábamos de los pantalones largos y de las camisas y rescatábamos los viejos pantalones cortos de la temporada anterior y salíamos a la calle como liberados, ingrávidos y nuevos, con las piernas blancas y al aire, que previamente nos habíamos lavado de forma concienzuda con estropajo y jabón casero siguiendo las severas instrucciones de nuestras madres.
Nos movíamos por aquellas calles escarpadas del Castillo como almas ligeras, desposeídos de la prisión de la tela y absueltos de su opresión, aunque, pensándolo bien, a veces era contraproducente tanta liviandad, pues el verano traía sus accidentes callejeros y en cada caída nos dejábamos la piel de las rodillas, mientras iba creándose una costra protectora que nos duraba hasta el otoño. Jugar a la pelota, al burro, a la zócola o a la vaca, por poner algunos ilustres ejemplos, conllevaba un mayor índice de peligrosidad, desprotegidas como estaban nuestras rodillas y nuestros muslos, pero la libertad tenía sus servidumbres y, de momento, éramos felices triscando en pantalones cortos por aquellos terraplenes de Las Torres como criaturas de un mundo más inocente y más cruel.
La infancia no puede tener un símbolo más adecuado ni más exacto de lo que debería ser, aunque los muchachos y las muchachas del Castillo teníamos nuestros propios dramas y un futuro no demasiado halagüeño para algunos, para la mayoría.
Recuerdo que salíamos a dar una vuelta los domingos por la tarde, pues en aquel tiempo todavía no había llegado el fin de semana (weekend, ese fabuloso invento anglosajón) y los sábados eran laborables hasta el mediodía. Recuerdo que me paseaba por la Calle Mayor y por La Glorieta en pantalones cortos, los de fiesta, claro, los que me pondría también para las noches de la vaca, y con los que había tonteado en muchas ocasiones con la muchacha de mis sueños, aquella de los ojos claros y el pelo castaño que me llevó de cabeza durante un tiempo y de la que ya he escrito en algún momento sin desvelar su nombre.
El verano era una época larga y dulce a veces (cuando me dejaba mi padre en casa y no me llevaba con él a la huerta o mi abuelo con el ganado) y aquellos pantalones cortos fueron el símbolo de unos años que se marchaban a una velocidad trepidante, aunque nosotros, descuidados como estábamos en nuestras cosas, teníamos la sensación de que la vida era un día inmenso, parado para siempre y una noche corta y una sucesión sosegada de días tormentosos y jornadas soporíferas, de mañanas luminosas de primavera y tardes de un noviembre que nos conducía irremediablemente a la Pascua.
Ese círculo de los años repetidos era un laberinto que no parecía tener salida, pues todo estaba muy lejos y sucedería muy tarde; la existencia real con sus trabajos, sus lamentos y su ventura no terminaba de llegar y nosotros jugábamos a la bola o al zompo en la cornisa del terraplén de Las Torres o nos contábamos nuestras cosas en la baldosa del Rogelio, en el Patio del Campanario, como si no hubiera un mañana, atentos solo a nuestros propios apetitos, a la sed que saciaba con gusto en la casa de mi abuela Rosa donde se guardaba en una tinaja prodigiosa el agua más fresca y natural o al hambre que satisfacía mi madre con aquellos apetitosos bocadillos de la merienda que hemos perdido todos, por desgracia.
Me veo corriendo y feliz, mientras el viento me golpea en el rostro como la caricia de una manta ligera de terciopelo y muy pronto me veo en pantalones largos cada mañana de camino al instituto, a Caravaca, en dirección al lugar donde me encuentro ahora.
Tempus fugit